5 de octubre

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Esto ocurrió hace algunos años.

Sí, lo recuerdo bien, era de noche y estaba lloviendo. ¡Ah!, esa noche del 5 de octubre del 97, ¡qué noche la de aquél día! Mientras caminaba por la calle principal, sumido en mis pensamientos, algunos extraños ruidos procedentes de mi estómago me obligaron a dejar de lado mis profundas conjeturas acerca de lo que había vivido en las últimas 17 horas; hasta ese momento me percaté que no había probado alimento alguno desde que saliera de mi casa. Levanté la mirada hacia el cielo poco estrellado y nublado, lo recuerdo muy bien, dije:

   —¡Oh cielos, cuanta hambre tengo!, ¡Dios por favor, haz que encuentre una taquería lo más pronto posible!

   Me dolían los pies, y empezaba a sentir mis dedos como cubos de hielo que ansían sumergirse en alguna etílica bebida. Mi mirada buscaba afanosamente alguna luz amarillenta en algún lugar concurrido por personas y perros; eso me indicaría que ahí estaría el Sagrado Alimento. Mis pasos retumbaban en mis oídos y el rugir de mis tripas también. Al doblar la calle, ahí estaba una mugrosa taquería que me aliviaría este suplicio.

  Me acerqué percibiendo el olor característico de la grasosa carne y las insalubres salsas contenidas en recipientes un tanto mugrientos, así como el olor de los limones y el calorcillo del fuego en donde se cocían las carnes lentamente. Con mi boca transformándose en agua, inseguro de qué era lo que debía degustar esa noche del 5 de octubre del 97, titubeé un poco mientras el taquero me clavaba su mirada inquisitiva e insinuante que me decía: «apúrate a pedir güero». No recuerdo qué fue lo que ordené, pero en un parpadeo, ya tenía frente a mí un plato de plástico colmado de tortillas con carne, cilantro mal picado y olorosa cebolla.

   Decidí rápidamente ponerle salsa verde y un poco de limón por aquello de las tifoideas. Llevé el taco a mi boca y en un momento el intenso sabor agridulce me lastimó salvajemente las papilas gustativas, de inmediato noté que el taquero me miraba haciendo gestos, mentándome la madre y quizás también se burlaba un poco de mí. Me giré hacia otra parte mientras ya degustaba de otro suculento taco.

     Sentía como iban apaciguando su furia mis intestinos. Bajé un poco la mirada y vi a un perro callejero que con la cabeza de lado me veía suplicante, le tiré un trozo de carne para que comiera, pensé que al igual que yo estaba hambriento, pero inusualmente el perro retrocedió y se sentó sobre sus patas traseras volviendo a mirar con un dejo de tristeza, de nostalgia, de profunda pena. Con el pie volví a acercarle el trozo de carne y volvió a tomar la misma actitud. Por el otro lado un pequeño gato se me había acercado restregando su lomo contra una de mis pantorrillas, me agaché un poco para ver más de cerca al perro y cuando lo tuve lo bastante próximo, abrió su hocico y me dijo:

      —¡Te estás comiendo a mi hermano, hijo de la chingada!

    No había terminado de decirlo cuando aventé el plato con lo que quedaba y corrí desesperado unas 15 calles, me detuve en el quicio de un portal, atrás de mí, el gato que andaba merodeando por el puesto, llegaba también presuroso y con el lomo erizado.

   Intentaba estabilizar mi respiración y mis pensamientos. Totalmente desconcertado, volví a repasar lo que había ocurrido con el perro, se me erizo la piel de inmediato, bajé la mirada y el gato que se relamía los bigotes junto a mis pies, me miró a los ojos y me dijo:

     —Qué pinche susto nos pegó ese pinche perro, ¿verdad?

    Después de esto no recuerdo más, creo que me desmayé y recobré el sentido en la Cruz Roja. Cuando me interrogaron que había pasado, los paramédicos y enfermeras me miraban con bastante incredulidad, salieron del lugar y me quedé dormido. Cuando desperté dos tipos intentaban ponerme una camisa de fuerza.

     Me encerraron en un manicomio. Ahora todos los días el terapeuta me repite muchas veces con su voz suave y casi afeminada: «los perros y los gatos no hablan, sólo son mascotas». Yo me quedo pensando, casi me convence, pero me hace dudar todo el tiempo un ratón que sale debajo de la mesita de noche y con voz chillona me dice:

     —No le hagas caso, te quiere terapear.

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