Papá

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Esperaba a que llegará por la noche después de trabajar. Siempre aguardaba detrás de la puerta para darle una sorpresa justo cuando entrara a la casa. Recuerdo cómo me elevaba con sus fuertes brazos y su cara se iluminaba con esa sonrisa de anticipada complicidad porque ya sabía que lo recibiría de esa manera y me devolvía la sorpresa cuando sacaba de su bolsillo un caramelo, una paleta, un yoyó o un trompo de colores.

Le daba un gran beso a mi madre y le preguntaba acerca de la cena. Invariablemente pedía su té de canela sin azúcar que bebía distraídamente mientras miraba el televisor. Yo miraba sus grandes manos llenas de callos, sus fuertes brazos marcados por los músculos que solo aquellos que hacen un trabajo físico pueden tener.

Después de la cena, era hora de ir a la cama, de recibir la caricia que alborotaba el pelo, de que me arropara y apagara la luz. Por la mañana lo despedía con un beso, colgándome de su cuello, sintiendo como me raspaba su barba y mi nariz se impregnaba con aquel olor tan familiar a Old Spice. Lo recuerdo así: sonriente, decidido, protector, amigo, cómplice, mi superhéroe.

Una noche de octubre, mientras esperaba detrás de la puerta, atento a escuchar el motor de su camioneta, con las ansias de saber con qué me sorprendería esa noche, no me daba cuenta que se había demorado más que de costumbre, mi madre nerviosa, cambiaba de posición en su sillón favorito, se asomaba una y otra vez por la ventana para mirar si ya iba llegando. No supe cuando me venció el sueño, lo que sí supe fue que mi papá no me llevó a la cama y por la mañana mi madre, quien no había dormido ni un minuto, tenía el rostro maquillado con lágrimas y la cabeza peinada de incertidumbre.

Difícilmente a esa edad podría haber comprendido qué fue lo que ocurrió con mi padre.

Mi madre me respondía que no llegaría, que ya en ningún momento entraría por aquella puerta porque se había ido de viaje. Yo miraba sus ojos cansados de tristeza y veía algo muy distinto a lo que me decía. Los días pasaban y las cosas en casa cambiaban: mi madre tenía que ausentarse algunas horas por la tarde mientras una vecina cuidaba de mí. «Falta el dinero hijo», decía mi madre cuando le preguntaba a dónde iba por las tardes. Y no sólo era el dinero, era también la compañía de mi papá. Años más tarde caí en la cuenta de la enorme soledad que tuvo que soportar mi madre. Fueron muchos años difíciles, años de carencias económicas, de crecer sin un apoyo, de ver cómo los vecinos murmuraban, de no festejar el día del padre cada año, de no verlo entrar por la puerta cada noche después del trabajo.

Fue difícil para mí crecer sin su consejo, sin su orientación, sin su liderazgo; qué difícil para mi madre partirse en dos, educarme por ratos y buscar el sustento, regresar a casa a continuar con sus quehaceres.

Mi papá se fue. Mientras crecía me enteraba en la misma proporción cuanta falta me hizo. Me imaginaba cuántas charlas hubiésemos tenido, cuántos juegos hubiésemos jugado, cuántas cosas me pudo haber enseñado y compartido, cuántas veces me hubiese escuchado decirle: «papá, te amo».

Ahora lo digo, pero sólo para mí. Lo hago mientras tomo distraídamente una taza de té de canela sin azúcar y miro el televisor.

Y un día de febrero, cuarenta años después, me enteré que papá se había ido por segunda vez y en esta ocasión fue para siempre.

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