Hora 25 — I

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     No terminaba de oscurecerse el cielo, aún conservaba esos matices dorados y violetas que colorean las nubes, antes de que el sol se oculte del todo. El bullicio de las calles se intensificaba a medida que la oscuridad avanzaba sobre la ciudad. Fantasmas eléctricos aparecían ipso facto, en señal de que nunca se habían marchado de ahí y tampoco tendrían algún motivo para hacerlo. La temperatura subía junto con la humedad en el aire, el viaje en autobús hasta casa, sería una experiencia bochornosa —hablando en términos climáticos—, echando de menos la frescura del aire acondicionado del auto. Se aflojó la corbata, empezaba a sentir como la camisa se adhería como pegatina a su piel por la transpiración. Encontró un lugar para sentarse, colocó el maletín sobre sus rodillas. Eran los días de más alta temperatura de todo el verano, la canícula. Después de todo, el viaje en autobús era un método —aunque poco común— de desconectarse del estrés laboral provocado por la actividad cotidiana en la oficina. Se relajó tanto como le permitió el vaporoso y sustancial clima del vehículo público. Trató de no pensar en las 400 semanas de cotización a la seguridad social que aún le faltaban para alcanzar una buena pensión después de retirarse. Se le ocurrió pensar en la causa principal que le hacía mirar más de una vez a la becaria que cumplía con sus horas de servicio social: ¿era el perfume cítrico o el cadencioso movimiento de sus piernas y caderas al pasar? El pensamiento le tiró las comisuras de la boca hacia atrás, la sonrisa le modificó el semblante. La clásica fantasía del hombre maduro con la jovencita, teniendo sexo bestial sobre el escritorio, cuando todos ya se habían ido.

     El autobús inició su marcha con un escandaloso esfuerzo, a medida que avanzaba iba tomando potencia. Héctor, en el asiento de ventanilla, se aburría con la incesante proyección de anuncios en neón: una interminable pausa publicitaria. El cielo de esa calurosa noche de verano, era tan oscuro como atrapante.

     Jamás hubiese atribuido los últimos acontecimientos a una racha de mala suerte como decían los aficionados a las cábalas. Estaba consciente de que la edad empezaba a cobrar el alquiler. Problemas con la próstata, la rutina diaria de abrir los ojos al despertar, los constantes olvidos que derivaban en grandes problemas. No faltaba mucho para alcanzar su jubilación, entonces tendría todo el tiempo necesario para atender todo lo que había dejado pasar. Sus hijos adolescentes eran una de esas tanta cosas desatendidas; no es que fuera un mal padre, solo que no había estado el tiempo necesario con ellos, sin embargo los amaba. Amaba a su esposa, aún después de treinta años de estar juntos. Amaba la vida en sí.

      La inercia del frenazo lo obligó a salir de sus cavilaciones. Echó un vistazo a la ventanilla para ubicar en qué parte del trayecto se encontraba. El transporte había avanzado más allá de la zona comercial principal, ahora estaba frente a establecimientos oscuros y de menor categoría.

     Antes de que el camión iniciara con su penosa marcha, alcanzó a observar un corrillo frente a los empañados cristales del aparador de una tienda de electrónicos; la gente se agrupaba para ver las pantallas en la exhibición, sintonizadas todas en el mismo canal. Una película de catástrofe natural, seguramente. Las personas alimentaban su morbo con las tragedias con las que especulaban los guionistas de cine, acerca del inagotable tema de la extinción de la humanidad. No pudo más que soltar una risa mientras decía para sí: «las he visto todas».
El conductor del autobús aminoró la velocidad, y en un tramo muy reducido aplicó los frenos de aire, provocando un bufido estentóreo que torturó los tímpanos de los pasajeros. Un retén militar impedía el paso desde ese punto con barricadas y personal armado.
—No puede continuar por esta avenida, utilice otra vía —dijo el soldado con el tono de voz más autoritario de su repertorio.
—No puedo ir por otra vía, las calles de esta zona son muy estrechas para dar vuelta —contestó fastidiado el conductor.
—Entonces regrese por donde vino, no es mi problema.

   En el interior del autobús, las preguntas murmuradas, no se hicieron esperar. El operador anunció el final de la travesía, obligado por las circunstancias, terminaría su turno con anticipación. Héctor bajó del autobús y se dirigió con el soldado a preguntar el motivo del corte de circulación.

   —Hubo una explosión a la altura de la bodega de alimentos enlatados —contestó puntual el militar.

   Ese lugar quedaba como a dos o tres kilómetros más adelante, lo que significaba que había sido de gran magnitud.

  —¿Sabe usted qué la ocasionó? —preguntó Héctor.

  —Negativo, señor. Circule por favor —respondió el soldado con la hosquedad característica de la milicia

     Héctor echó un vistazo a su alrededor; a pesar de que no era muy tarde, aquella zona de la ciudad estaba desierta. Se encaminó por la estrecha calle para iniciar la frenética búsqueda de un coche de alquiler. El aire era espeso, parecía que la temperatura aumentaba cada vez más y en un lapso breve. La bocina del teléfono público se sentía pegajosa debido a la condensación, giro el dial de aquel aparato, no sin sentir un poco de asco.

    —¡Hola, campeón! ¿Qué hay? —saludó con tono entusiasta y cariñoso a Hugo, su hijo menor.

 —¡Papá! ¿En dónde estás? Algo ha pasado, apúrate a llegar a casa —dijo el chico, nervioso y con urgencia contagiante.

 —¿Qué pasa? ¿Tu hermana está bien? ¿Dónde está tu madre? —preguntó Héctor, intentando ocultar su preocupación.

  —Daniela está aquí, mamá aún no ha llegado… Papá están cayendo meteoritos en muchos lugares en el mundo…

    ¿Meteoritos? Se preguntó Héctor. Las imágenes en las pantallas de la tienda no eran de una película, quizás las explosión en la bodega tenía relación con los meteoritos, por eso el hermetismo del soldado.

  —¿Qué han dicho en el noticiario?

  —No mucho, hum, solo que son desprendimientos de un asteroide que está acercándose a la tierra.

     ¿Asteroide? ¿Acercándose? ¿Por qué no había alertas de emergencia?

  —Papá, ya llegó mamá

  —Bien, no tardo en llegar, solo estén tranquilos.

    Colgó la bocina y apresuró el paso, dobló en la siguiente esquina con la esperanza de ver la señal de «TAXI» brillando en el toldo de un vehículo. La calle era más ancha que las otras perpendiculares, esperaba que hubiese más tránsito. Pensaba mientras, en el asteroide y los fragmentos. ¿Por qué no lo habían detectado las agencias espaciales? ¿El asteroide chocaría con la Tierra? ¿Sería este el guion de una película de tragedia llevado a la realidad?

Continuará…

Un comentario sobre “Hora 25 — I

    melbag123 escribió:
    29 noviembre, 2015 en 21:53

    Empecé al revés. Pero que bueno que lo agarré en el tercer episodio. Está bueno.

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