Hora 25 — III

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     Héctor no concebía la imposibilidad de que ningún taxi circulara por aquellas calles de la ciudad, aún no entraba en desesperación, pero comenzaba a impacientarse. Miró el reloj de manecillas fluorescentes y se dio cuenta que ya llevaba un rato esperando encontrar el vehículo. Echaba de menos su automóvil, entrañablemente, aunque cada reparación le costara una pequeña fortuna, deseaba en ese momento, estar sentado frente a su sólido volante y relajarse en la frescura de su interior climatizado. Le picaban las axilas y los zapatos empezaban a castigarle a cada paso. No echaría a caminar hasta su casa, estaba aún muy lejos de ella, aunque no descartaba la posibilidad de hacerlo, tenía que estar con los suyos en estos momentos tan inusuales. Deseó también llevar consigo un radio portátil o uno de esos walkman por los que sus hijos enloquecían cada vez que los miraban en algún anuncio, podría escuchar las noticias y pormenores acerca de la sorpresiva caída de meteoritos. No había ni un alma en las calles, pareciese que toda la gente estuviese refugiada en sus casas, tal vez atentas a la pantalla del televisor o a sus receptores de radio con una refrescante bebida en la mano.

    La moneda se le escabulló de los dedos casi cuando la iba a introducir en la ranura. Asombrado escuchó el tono de llamada en la bocina. Aquello solo pasaba en situaciones de emergencia: desastres naturales o cosas así. Marcó el número de su casa y al segundo tono alguien del otro lado de la línea levantó el auricular.

     — ¿Hola? —dijo una voz desmodulada por la preocupación—. ¿Quién llama?

    —Hola amor, soy Héctor, ¿cómo están todos en casa? —Trató de dar a su voz un tono casual, de jovial tranquilidad.

    —Héctor… Amor ¿Por qué tardas tanto? ¿Estás bien? —interrogaba con ansiedad Lucía.

   —El bús, tuvo que detener su corrida, estoy tratando de conseguir un taxi, estoy cerca de… —Volteó a ver a su alrededor y distinguió a unas calles el edificio del observatorio—, del observatorio, pronto estaré en casa, no te preocupes, tarde pero llegaré —intentó infundir una disimulada calma a su esposa.

    —Ten mucho cuidado, hay policías y soldados por todas partes, los vecinos me han dicho que cayó un meteorito en la procesadora de alimentos y en otros sitios de la ciudad y del país ¡y todo es un caos!

   —Sí, amor, tendré cuidado, un beso, llego en un rato.

     Colgó la bocina con lentitud, ahora sí estaba preocupado. Tendría que pensar rápido como llegar a su casa. Se le ocurrió caminar hacia el observatorio, allí habría más afluencia de autos y de personas. Se puso en marcha al paso que le permitían sus pies. Cuando llegó a la explanada, los pies le punzaban, se acomodó en el borde de una jardinera, puso el portafolio a un lado y se quitó los zapatos para darse masaje. Mientras lo hacía, miró en derredor y la explanada estaba igual de desierta que las calles de la ciudad. No te desesperes, pronto pasará un taxi, se repetía mentalmente, como un mantra tranquilizador. Sintió odio hacia sí mismo por haber pensado en la loca fantasía con la becaria, la preocupación que demostró su esposa le causó remordimiento de conciencia. El ruido de motores le llamó la atención hacia la rampa del estacionamiento del edificio, pensó que era posible que alguno de los empleados fuese por el mismo rumbo que él. Apuró a colocarse los zapatos y tomó su inseparable portafolios. Los primeros ocho autos, ni siquiera redujeron la velocidad cuando Héctor les hizo señas para que se detuvieran. El noveno, un Maverick de colección, se detuvo unos cuantos metros adelante.

     — ¿Podría llevarme? Voy hacia el sur, ¿le queda esa dirección? —preguntó sin más rodeos Héctor.

    —Suba, voy hacia ese rumbo. ¿Qué hace por aquí? ¿No ha visto o escuchado las noticias? —interrogó el conductor.

   —No del todo. Escuché sobre el asteroide y los meteoritos, solo un poco, voy saliendo de trabajo y parece que hay un complot en mi contra: calles cerradas, no encontré un taxi, el autobús en el que viajaba tuvo que detenerse… ¡Uf! —exclamaba Héctor, arrellanándose en el asiento del copiloto.

     El conductor lo miró por unos segundos, buscaba la manera más fácil y directa de decirle lo que en realidad pasaba. No lo conocía, sin embargo el sentimiento de solidaridad ante un hecho de tales magnitudes le obligaba a ser un poco más sensible.

    — ¿Tiene familia? —rodeó un poco más, antes de soltar de lleno.

  —Sí, dos chicos, mi esposa, ya sabe…—Héctor sintió como el automóvil cobraba más velocidad, al tiempo que contestaba la pregunta del chófer, quien con la mirada fija en la avenida, se sujetaba al volante y el rostro se tornaba a un gesto solemne y las palabras se escuchaban con misma seriedad:

   —Tenemos que llegar pronto.

Continuará…

Un comentario sobre “Hora 25 — III

    melbag123 escribió:
    29 noviembre, 2015 en 21:46

    ¡Ah, que bien…! Pues continuaré leyendo…

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