Hora 25 — IV

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     Leonardo se quedó muy pensativo, en un estado en el que no se sabe qué es lo que se siente por el cúmulo de ideas, sensaciones y pensamientos que se manifiestan sin obedecer la línea normal de tiempo. Estaba convencido que la reciente información que había recibido el observatorio, desvelaba en su totalidad y no solo eso, confirmaba sus sospechas. Poco a poco su mente buscaba la palabra exacta que sirviera de título para exponer y confirmar su teoría. Ojalá no hubiese pasado por su cabeza, pero la realidad era ya inaplazable.

     —Invasión. Es una invasión. —pronunciaba las palabras con el énfasis necesario para convencerse a sí mismo de que lo que acababa de decir era una verdad absoluta. La parte racional de su cerebro no podía aceptar tan descabellada afirmación. Nadie en el mundo entero había probado la existencia de vida en otros sistemas de la galaxia, aunque tampoco se había probado que no existieran en el inacabable e inexplorado resto del cosmos. El Dr. Herrera y un auxiliar que se encontraba en la mesa de trabajo, voltearon a mirarlo con gesto de quien no entiende un chiste malo y tiene miedo de volver a preguntar o estallar en risa.

     — ¡Vamos, Leonardo! Creo que no es tiempo para bromas, aunque bien nos vendría relajarnos un poco —dijo de modo condescendiente el director. Miraba a Leonardo y las comisuras de su boca volvían a la posición de seriedad. El auxiliar pasaba de la sonrisa tonta al temblor para mantener la compostura.

     —Están por cumplirse 24 horas desde que inició la caída de meteoritos. No es una lluvia de estrellas como las que acostumbramos a ver en las madrugadas, es una caída planeada. Con base en la densidad de población del lugar, el número de fragmentos aumenta o disminuye. Mire, los datos indican que en zonas montañosas o desérticas no ha caído ningún fragmento, en cambio en las ciudades o en donde sabemos que hay concentración de habitantes, el número de fragmentos es exponencial. En 24 horas va a pasar algo para lo que no estamos preparados. —Hizo una pausa— Si ponemos los reportes sobre coordenadas en el mapa, se dará cuenta de que no es una invención lo que estoy planteando.

     — ¿Por qué 24 horas? ¿Por qué concluye que en ese lapso ocurrirá algo? —preguntó con tartamuda curiosidad el auxiliar.

     —Simple. —respondió Leonardo y comenzó a marcar en rojo los puntos geográficos de los que se tenía reporte hasta ese momento—, el asteroide suelta fragmentos calculando el movimiento de rotación, la fuerza gravitatoria y la altura a la que se encuentra, así como la fricción que se genera al entrar a la atmósfera, eso explica la precisión del aterrizaje. Descartamos que sea coincidencia.

     Sorprendido, el Dr. Herrera aceptaba que era creíble la teoría de Leonardo, solo se escapaba un detalle: los extraterrestres no existen.

     — ¿Invasión? ¿Extraterrestres? ¿Eso estás diciendo, muchacho? No puedo aceptar tu teoría… Haré unas cuantas llamadas para saber cómo va la situación en otros lugares. El Ejército, las Fuerzas Especiales, Seguridad Nacional, alguien ya debe saber  algo acerca de este fenómeno. El Dr. se dirigió a su despacho, casi decepcionado de Leonardo.

     El auxiliar, con menos bases férreas sobre la posibilidad de habitantes de otros planetas, miraba a Leonardo calculando lo que iba a decir:

     —Si es lo que dices, me refiero a la invasión… es decir… ¿qué vamos a hacer?

     —Buena pregunta —contestó Leonardo, sabiendo que la respuesta era, defendernos.

       Más tardó en salir el Dr. Herrera de su oficina que la torturadora jaqueca que le taladraba la cabeza de sien a sien, iniciara. Las llamadas realizadas a los altos mandos, le habían puesto la cabeza hecha un laberinto. Nadie sabía a ciencia cierta cómo debían proceder ante tal episodio. Bien lo decía Leonardo, no estaban preparados.

    Las operaciones militares ya estaban en curso, los pelotones vigilaban el comportamiento de los meteoritos, algunos expertos geólogos analizaban el tipo de elemento, una composición tan oscura que daba miedo tocarla hasta con guantes. No había indicios de radiación ni tampoco de bacterias conocidas o presencia de cuerpos extraños, esto lo habían puntualizado los expertos de la agencia espacial y confirmado con los análisis preliminares de los biólogos. Destacaba la adhesión del material al suelo, parecía haberse fundido con la materia negra, el meteorito estaba totalmente «encajado» al suelo terrestre por lo que los intentos de trasladarlo a un laboratorio habían sido en vano. Las muestras obtenidas presentaban una masa y un peso específico distinto a cualquier materia, una pizca equivalía a muchos gramos de la terrestre. No mostraban indicios de calentamiento por fricción, en resumen, todos los datos recabados eran inauditos.

    Leonardo se servía el tercer cono de agua. Qué desesperantes son estos vasitos cuando uno tiene mucha sed, pensó, dejando de lado por un instante todo lo que le daba vueltas sin parar en la cabeza. Todas las interrogantes no podían ser despejadas: ¿Cómo se le ocurrió lo de la invasión? No se le había ocurrido, no era resultado de conjugar los datos y obtener la respuesta en automático; no, más bien sintió que eso era lo que estaba pasando, un presentimiento encontrado, algo dentro de él mismo le decía que eso pasaría, así, sin más. No era partidario de las historias de ciencia ficción, pero algo le decía que la vida real en ese preciso momento rebasaba cualquier imaginación inventiva. De repente se vio a sí mismo, de una manera tan honesta que le causó vértigo. Solo en el mundo, desde que sus padres fallecieran en un incendio. Se había abierto paso a pulmón como se decía, muchas cosas de la vida dejaron de sorprenderle, mas no la aborrecía. Se sentía satisfecho de lo que había logrado por propia cuenta, eso era meritorio. Buscó entre sus recuerdos, el más bonito que tenía de su exnovia Denisse: aquella tarde en que ella usaba un primaveral vestido blanco, el verde de sus ojos saltando de su cara y su perfecta sonrisa. Denisse ya no estaba. Se fue por su culpa, por darle más tiempo al trabajo y no reservar un poco para ella. Aunque su reputación como analista era incuestionable, las condiciones de su vida privada y amorosa eran deplorables. El Dr. Herrera interrumpió el autoanálisis:

     — ¡Leonardo! He hablado con el ministro de gobernación, debemos irnos de aquí. Hay nuevos datos, hace unos pocos minutos el asteroide ha dejado de tener desprendimientos, no se ha movido de lugar, sin embargo los últimos cayeron a unos kilómetros de donde se registraron los primeros. Creo que el ciclo que mencionaste de 24 horas se ha cumplido. Todas las dependencias están evacuando sus instalaciones. Debemos irnos a casa y esperar los comunicados oficiales. Daré el aviso, espero que no haya ataques de pánico y podamos marcharnos tranquilamente. Estaremos en contacto por teléfono. Avísame si deduces algo más, cualquier cosa, házmela saber. Nos retiramos, este asunto queda en manos de Seguridad Nacional.

    Leonardo no dijo nada, el silencio era elocuente. Se despidió del Dr. con un apretón de manos, el director le dio una palmada en el hombro antes de darse media vuelta y enfilar hacia su oficina. Leonardo se dirigió presuroso al estacionamiento, bajó las escalerillas de a dos peldaños y llegó hasta su automóvil, un Maverick que él mismo había restaurado en sus tiempos libres.

Continuará…

 

2 comentarios sobre “Hora 25 — IV

    melbag123 escribió:
    13 diciembre, 2015 en 12:32

    Me gusta mucho, Carlos. Me tienes intrigada con esta historia. Continuaré…. leyendo….

    Le gusta a 1 persona

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