El jardín

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Regresar no era echarse en reversa, menos cuando el tiempo se había encargado de hacer su trabajo, así que sabía a la perfección que las cosas no iban a ser fáciles a partir de ese momento.

    Encontrar el lugar vandalizado, fue el primer incidente con el que se topó: cristales rotos, muros pintarrajeados, basura, despojos y un jardín perdido entre todo ese olvido.

   Conseguiría herramientas para ponerse a trabajar. Pensó que lo mejor sería hacerlo de adentro hacia afuera, habitación por habitación. Aunque sabía de antemano que se llevaría un buen rato en hacerlo, no le preocupaba tanto: su ausencia había servido para tener otro punto de vista acerca del tiempo. Supo, por ejemplo, que no volvería a usar ropa de color naranja, a no contarse las canas (ya había perdido la cuenta), a deshacerse de ciertos hábitos y a no esperar nada.

  Mientras trabajó en el interior, la gente a su alrededor apenas si le notaba; se escuchaba el ruido de las herramientas, pero no se percibían los cambios. Las personas fisgonas, a veces, se detenían a ver, sobre todo cuando comenzó los trabajos en la fachada. Solo curiosidad, se detenían, miraban encontrando algo quizá familiar y se iban. Otros, en cambio, ni siquiera le tenían cuidado.

   Fue cuando empezó las labores en el jardín, que todo cambió. Los que pasaban frente, ponían más atención. Esto significó que tuvo que escuchar los consejos, recomendaciones, opiniones y juicios de muchos de ellos. Algunos le miraban, y cuando estaban a punto de decirle algo, se arrepentían y se alejaban del lugar. Unos pocos, le quisieron sorprender con trilladas terapias, muy a pesar de que él se esmerara trabajando en el remozamiento del jardín.

   Hubo que ir por capas: los escombros, la basura, hierbajos, cascajo y deshechos. Todo hacinado por el paso del tiempo. También había que remover la tierra, abonarla, hidratarla antes de plantar algo nuevo. Estaba casi satisfecho de su enorme labor, de no ser por un montículo que, si bien no se apreciaba a simple vista, estaba ahí desproporcionando el nivel del suelo. Tuvo que escarbar para quitar los excesos de tierra y demás cosas que se habían amontonado en ese lugar. Conforme iba avanzando en la tarea, se convencía de que estaba haciendo lo correcto, hasta que de tanto escarbar dio con algo que lo dejó inmóvil y desconcertado. Ahí, sentado sobre sus piernas, miraba aquello sin saber qué hacer. Se quedó tanto tiempo en estado contemplativo, que, los transeúntes se acercaron a ver cuál era la causa. Se formó un corrillo: las señoras cuchicheaban con rostros agraviados; los señores miraban con gestos ásperos y algunos movían la cabeza desaprobando lo que veían. Una niña de coletas detuvo su bicicleta para acercarse a mirar, de inmediato, montó de nuevo y huyó del lugar. Los jóvenes miraban con morbo, se tomaban selfies o grababan vídeos con sus sofisticados teléfonos móviles. Un sacerdote intentó un sermón con un argumento demasiado hipócrita al que nadie puso atención. Entonces comenzó un bombardeo de discursos en todas las formas. Juicios, prejuicios, opiniones y declaraciones.

   Llamado por el tumulto, un patrullero bajó de su vehículo, se abrió paso entre la gente hasta llegar a la excavación. Echó una mirada evaluativa, después miró al fallido jardinero, se llevó la mano a la barbilla y asentía como si estuviese sacando conclusiones.

   El hombre levantó su rostro, con la mirada buscaba arrepentimiento y le preguntó:

          —¿Ahora qué hago?

          —¿Enterrarlo y olvidarlo? —contestó el policía.

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