En la carretera

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Era asombrosa la escena que encontró al bajar de su coche. El cuerpo de una mujer yacía sobre la cinta asfáltica en la solitaria carretera que rodeaba la montaña. Raúl miró en derredor buscando alguna posible explicación de lo que estaba viendo. Por instinto dio un paso hacia atrás cuando advirtió que el cuerpo se movía como si estuviese desperezando. Las luces de los faros del coche iluminaron el rostro de la mujer. La vio contrariada, como si no supiera en dónde estaba.

—¿Estás herida? ¿Qué ha pasado? —preguntó Raúl mientras se acercaba con precaución. La mujer lo miraba e intentaba incorporarse.

—No te muevas, puedes estar lastimada —dijo Raúl.

—Estoy bien —dijo ella—, solo que no sé cómo he llegado aquí.

Raúl calculó que aquella mujer no rebasaba los treinta años. Su piel era pálida, no era gruesa ni delgada y llevaba puestos unos pantalones que no eran de su talla; una camiseta blanca y zapatos deportivos. La ayudó a incorporarse. La condujo para que subiera al asiento del copiloto.

—¿Quieres hacer una llamada? —preguntó Raúl—. Tengo una botella de agua por aquí, si quieres beber. Le ofreció el celular y el agua. La chica miraba desconcertada ambas cosas.

—¿Puedes llevarme? —dijo—, ¿llamar? No lo sé…

Volvió a mirar el celular dudando. Raúl le acomodó el respaldo del asiento, le colocó el cinturón de seguridad y aseguró la puerta.

—Estamos como a 40 minutos del próximo poblado. Puede ser que haya un médico que te revise. ¿Te sientes bien?

Ella asintió. Se recargó en el respaldo cuando Raúl puso en marcha el auto. Su rostro no expresaba alguna emoción. Estuvo en silencio durante algunos minutos. Raúl tampoco la presionó. Estaba consciente que quizá la chica hubiese atravesado por un evento traumático. O quizás estaba drogada. No lo podía saber, sin embargo, no le podía negar la ayuda.

—Bety —dijo ella con un hilo de voz.

—Cómo… —dijo Raúl—. ¿Qué dijiste?

—Soy Bety —repitió.

—Ah, Raúl, Raúl Vázquez —dijo extendiendo la mano—, mucho gusto, Bety.

Ella le tomó la mano. Raúl se estremeció al sentir la baja temperatura corporal. Encendió la calefacción. Pensó que la chica tendría hipotermia. «¿Cuánto tiempo llevaba allí tirada?», se preguntó. Iba a encender la radio a continuación, pero cambio de idea cuando escuchó a Bety hablar:

—En ocasiones dejamos de sentir el paso del tiempo y es porque durante algunos momentos habitamos otra dimensión, aunque estemos en el mismo lugar. Muchos nos catalogan de locos; que no pertenecemos a este mundo. En realidad, no nos entienden, no logran descifrar nuestro lenguaje. Si somos diferentes es porque fue nuestra elección serlo. El mundo es binario, ¿sabes? Es sí, es no. Blanco o negro. El mal y el bien.

Raúl trataba de llevar el hilo de lo que decía Bety. «Está drogada, seguro», pensó.

» Siempre, debes elegir un extremo. Guerra, paz, amigo, enemigo. Odio y amor. Prefiero el amor cuando hay que elegir. Me siento cómoda con esa elección. Me da libertad y me hace sentir satisfecha. No busco otra cosa, solo amar.

Raúl pensaba en las palabras de Bety. Se percató al salir de una curva que a unos cientos de metros iba una ambulancia. Bety también la vio y se enderezó con excesiva curiosidad. El avistamiento del veloz vehículo quebró el monólogo de Bety. Un aviso le hizo saber a Raúl que faltaba poco para llegar al pueblo, agradeció. Llegarían junto con la ambulancia. Pisó el acelerador para acortar distancia, aunque estaba prohibido hacerlo, seguiría a la ambulancia, así no batallaría para encontrar el hospital y dejar a Bety para que le dieran atención. En menos de un minuto Raúl le dio alcance, justo cuando la ambulancia tomaba una salida.

—Creo que ya casi llegamos, Bety. No sé qué decirte, todo ese discurso ¿a qué ha venido? —dijo—. Disculpa que no haya entendido lo que has querido decir. En verdad estoy preocupado por ti.

—No hay cuidado. Eres una buena persona. Me has ayudado y eso te pone de parte de los raros —dijo Bety con seguridad y agregó—:  Ha sido un acto de amor el tuyo.

A poca distancia se podía ver el neón en las letras de «Hospital». Raúl disminuyó la velocidad para aparcar el auto y dijo:

—No tienes que agradecer. Era mi deber no negarte la ayuda

—Gracias por traerme. Ahora voy a reunirme con alguien —dijo Bety y señaló con el mentón hacia la ambulancia. Las puertas traseras estaban abiertas de par en par y los paramédicos bajaban con cuidado la camilla. Raúl miró una primera vez y volteó a ver a Bety, de inmediato regresó su mirada a la camilla y lo que observó le puso la piel de gallina: con un equipo para venoclisis yacía en la camilla una chica idéntica a Bety. Abrió la boca para decir algo, pero no pudo. En el asiento del copiloto ya no había nadie.

La adrenalina le jugaba una mala pasada y decidió esperar a que cesara el temblor de sus manos. Sentía que los vellos de sus brazos no dejaban de estar erizados. El vértigo le hacía cerrar los ojos, quería evitarlo, creía que cuando los abriera estaría Bety ahí otra vez hablándole de los seres diferentes. Sintió pánico cuando recordó que aún le faltaban doscientos kilómetros de carretera para llegar a casa. Iba a ser un largo camino.

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