Aetherius

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Luego del escándalo en que se vio envuelto el Vaticano y que diluyó por completo la fe de un todo un país, ya no le quedaba mucho por rescatar al país europeo.

A lo largo de toda su historia, el catolicismo se había visto inmiscuido en los más atroces casos, que iban desde la tortura hecha oficio, hasta la fabricación de milagros. Así fue que las tribulaciones alcanzaron el paroxismo cuando la tradición guadalupana se vino abajo después de un engaño que había durado casi quinientos años, hasta que algún clérigo decidió filtrar en internet un video en donde se presentaron pruebas de que el ayate de San Juan Diego en realidad, se había venido restaurando por una facción por sucesión durante casi medio milenio. La teoría no era compleja. El manto nunca tuvo vigilancia estrecha ni siquiera después del atentado de bomba que sufrió en 1921. Una voz en off en el video, relataba grosso modo la manera en que el obispo en turno nombraba en una ceremonia secreta, a los guardianes que debían preservar la integridad del ayate. Este custodio debía nombrar a su vez a un restaurador que debía aprender el arte de su antecesor. Bajo juramento, y con la fe de millones sobre sus hombros, encaraban la difícil misión de conservar viva la tradición guadalupana: uno de los más productivos negocios de la iglesia.

La iglesia católica ya había sobrevivido a las condenas de la Santa Inquisición; a la competencia del protestantismo; a las denuncias por pedofilia y otros escándalos sexuales. Sin embargo, aunque había librado todos los obstáculos tan solo con asumir una postura evasiva y apelando a la misericordia de Dios para alcanzar redención, el obispo no pudo contra la propagación del video. Los especialistas, —incansables detractores—, acechaban la Basílica de Guadalupe, cual si fueran hienas en busca de carroña. Coadyuvó en gran medida la opinión pública y los mismos fieles, inclusive que no dudaban en absoluto de la no autenticidad del milagro.

Las pruebas a las que se sometió el ayate, —esta vez sin oscuros arreglos—, concluyeron que el pigmento y el mismo manto no databan del siglo XVI, sino de unos pocos años atrás. La noticia desquició a todo el mundo católico, no solo a los mexicanos. El papa, desde su balcón en la Basílica de San Pedro, hacía esfuerzos en vano para apaciguar a las masas indignadas ante la magnitud de la tomadura de pelo. Ese año la afluencia de fieles cayó a niveles inauditos. Ya no hubo ese fervor ni devoción para visitar el Tepeyac. Fue un golpe mortal para la iglesia.

En el interior de la basílica, una monja se secaba las lágrimas que escurrían por sus mejillas. Lloraba con el sentimiento que solo la ausencia de un ser amado puede provocar. Apretaba con una mano un pañuelo bordado, en la otra, un rosario, pero en su corazón no podía controlar el desborde de la angustia.

—Padre nuestro… —decía sin poder continuar la plegaria y su voz fenecía en un sollozo. Rompía a llorar. Desde lo más profundo de su ser, emergía la tristeza eclipsando sus sentidos.

Se acercó otra monja con un hábito distinto a los acostumbrados. En sus ojos se veía la compasión. Su piel era muy blanca y bondadosa, le ofrecía sus manos.

La monja recién llegada en un acto de solidaridad se hincó y pasó un brazo por encima del hombro de su abatida compañera. Con la intención de reconfortarla le dijo:

—Hermana…, —hizo una pausa—. La fe es lo único que nos queda y no pasa. Mantengamos viva la llama que el Espíritu Santo ha puesto sobre nosotras; que arda en nuestro corazón y transforme nuestra desolación en lo que Dios quiere para sus hijos: amor.

—¡Me duele tanto, hermana! —dijo la atormentada monja—. No hay otra cosa que mi alma desee que fortalecer mi vocación ante toda esta desventura.

—Encontrarás esa fuerza, hermana, pero no aquí. Este lugar ha sido corrompido por la ambición —dijo volteando a mirar el marco vacío donde una vez estuvo el ayate—. Únete a nuestra orden y reencuéntrate con el amor de una forma distinta y auténtica.

»Él está ahí solo para nosotras. Nunca nos abandonará y se encargará de darnos todo lo necesario para que nuestro espíritu trascienda hasta volver a estar con él, compartiendo su reino y gloria eternos.

—No sé, hermana. Dios me ha de perdonar, —dijo santiguándose—. He pensado en dejar los hábitos, ¡Tengo tantas dudas! No encuentro consuelo sin la bondad de su mirada, sin su suave rostro ni sus manos juntas; toda cubierta con un manto de estrellas.

—De ninguna manera. Apacigua tu espíritu impulsivo. Las bendiciones de nuestro señor te cubrirán como un manto en una noche fría y encontrarás la resurrección prometida —dijo esto levantándose y ofreciendo la mano para ayudar a el alma caída a levantarse.

Viajaron durante tres horas para llegar al convento que se encontraba casi escondido en la espesura del bosque al pie de la montaña. Llegaron por un camino vecinal serpenteante y solitario. Fue un viaje solemne, sin platicas. El silencio se rompía cuando a alguna de las cuatro monjas que viajaban en el vehículo, de le escapaba un amén suspirado.

Las altas paredes lucían carcomidas por el paso del tiempo; del color de la tristeza. A la hora que llegaron, la montaña proyectaba su sombra en la totalidad del convento, dándole un aspecto tétrico como una pintura surrealista. Por encima de un paredón se alcanzaba a ver la cúpula de la capilla, apenas asomándose como un espía. Se abrieron las puertas de arco chirriando de viejas y apolilladas. Una monja pálida les invitó a pasar mostrando una sonrisa fantasmal. Las cuatro monjas entraron intentando acostumbrar su vista a la insondable oscuridad. Daban pasos inseguros y alguna de ellas pegó un brinco cuando las puertas de madera se cerraron con un ruidoso golpe del cerrojo.

* * *

—Y en unos momentos más, tendremos aquí en el estudio al Dr. Braun quien nos platicará sobre las últimas investigaciones acerca de todo lo que rodea a la Secta Etérea. Hay nuevos hallazgos, bastante reveladores. Todo esto después del corte —dijo con entusiasmo fingido el presentador de noticias del horario estelar. Fuera del aire volteó a ver a su productora y sin moverse de su sitio le dijo:

—¿Es en serio? ¿Por qué no lo entrevista alguien más en otro programa? Y, además, en vivo ¡Carajo! —protestaba con el tono ególatra de quien se sabe una estrella de alto rating.

—Solo haz lo que sabes hacer. Si las cosas no van bien cortamos, ¿entendido? —dijo la encargada de la producción con dejo de fastidio.

El jefe de piso hizo la señal para que todo el equipo técnico se pusiera atento. Dio las últimas indicaciones al Dr. Braun y se aseguró de que el presentador tuviera el guion para la entrevista. Todo el estudio guardó silencio, a la cuenta de cinco, el engreído periodista entraría a cuadro.

—¡Buenas noches! Soy Iván Castro, presentando las noticias en Última Edición. Hoy me acompaña el Dr. Jorge Braun, especialista en el tema de las sectas religiosas. Charlaremos con él para conocer su punto de vista acerca del escándalo que está poniendo otra vez en aprietos al Vaticano: la secta de los Etéreos.

»Dr. Braun, le doy la bienvenida a este espacio. Rápidamente descríbanos de qué va este asunto. ¿Cuál es la responsabilidad del Vaticano? ¿Cómo se ha pronunciado el papa? ¿Otra vez negarán todo? ¿Cuál es su opinión profesional?

El Dr. Braun seguía atento la dinámica voz de Iván. Sabía que sería una entrevista difícil por lo inverosímil del tema, mas no se sentiría amedrentado por la chocantería de Iván.

—Señor Castro, —inició el doctor—, mi presencia en este estudio es excluyente a la autoridad del Vaticano. Los estudios antropológicos y teológicos que he realizado son patrocinados por la iniciativa privada. No represento a ninguna religión ni a ninguna ideología política. Los informes son para dar a conocer la verdad.

—Platíquenos la naturaleza de esa verdad, doctor. —dijo Iván rozando el sarcasmo. El doctor Braun, se aclaró la garganta y comenzó la explicación:

—La Secta Etérea o los Etéreos como se les conoce en los medios, tiene su origen en paralelo con el cristianismo, es decir, el fenómeno se presenta —según los escritos apócrifos—, en la fecha aproximada en que nació Jesús, pero en diferentes latitudes y en otro significado teológico: para los cristianos, el nacimiento de Jesús viene a iniciar la profecía del mesías, del redentor, del rey de los judíos. Mientras que, para los etéreos, el advenimiento de Aetherius, no solo representa salvación, sino un nuevo concepto de la fe para sus seguidores.

—Aetherius es el anticristo —declaró Iván.

—No necesariamente. De hecho, no se puede determinar la naturaleza en extremo de esta entidad. Hasta se podría afirmar que su constitución recae en la ambivalencia, en una mezcla homogénea del bien y del mal.

—Según se sabe que la secta practicaba más cosas malas que buenas —apuntó el presentador.

—Lo que se descubrió en el Convento de las Hermanas Piadosas, fue una disyunción del sentido dogmático. Hemos dicho que no todo era bondad en Aetherius, por lo tanto, para sus creyentes no estaba fuera de la normalidad, digamos que era una realidad alterna a la que ahora está viviendo el catolicismo.

—Entonces ¿estos acontecimientos son exclusivos de los católicos? —dijo Iván simulando interés y continuó—: ¿Cómo sabemos que en otras partes del mundo no está pasando lo mismo que en el Convento de las Hermanas Piadosas? O en su defecto, ¿en alguna otra agrupación religiosa, digamos Testigos de Jehová, adventistas, evangélicos, etcétera?

—Es que no hablamos de fusión de cultos. Es una doctrina como cualquier otra, solo que como peculiaridad deben manifestar su conjunto de creencias en cuerpo y alma. En el catolicismo no es otra cosa que la primera de las tres virtudes teologales propuestas por la iglesia. En semejanza a la eucaristía, los etéreos se transustancian de manera física, omitiendo el simbolismo de la oblea y el vino consagrados.

—Pero ¿no esto lo que demerita la religiosidad que pudiera mantener el culto como uno más? —interrumpió Iván. Echaba miradas furtivas a la productora y al jefe de piso.

—Es muy subjetivo, Iván. Cada devoto de cada religión en el mundo tiene su propio concepto al respecto. Los Etéreos no son la excepción. Han practicado el culto durante milenios. Al igual que todas las religiones conocidas.

—Eso no justifica las atrocidades que se han cometido con las monjas —repuso Iván.

—Por supuesto que no. Ningún acto atroz en nombre de un dios es justificable. En muchas religiones se han cometido; ninguna está exenta. Las acciones bacanales en el Convento, fueron como entre muchas otras situaciones a la sombra de las autoridades del Vaticano —dijo Braun, sin querer justificar.

—¿Quién es Aetherius? ¿Hay imágenes como las de Jesús? —inquirió Iván.

—Si pudiéramos expresarlo en términos sencillos, Aetherius es un mal experimento de Dios.

—¡Por favor! Se está saliendo de su contexto científico doctor Braun —dijo Iván mientras buscaba sonrisas de complicidad entre los técnicos del foro ante la declaración del doctor.

—Aetherius domina en una dimensión intermedia; entre lo blanco y lo negro. La parte gris del universo. En las entrevistas que hicimos a las monjas —las que quisieron hablar—, mencionan a un ser asexuado, de una complexión física perfecta. En términos coloquiales, un ángel. Mas no pudieron describir su rostro. Para algunas es la exacerbación de un ser de luz que viene del etéreo; para otras, es un cruento demonio que proviene de un agujero de oscuridad insondable. Todas coinciden en que el encuentro directo con él es una experiencia extática indescriptible.

—Claro. Un alienígena con superpoderes —dijo con tono burlón Iván.

—Señor Iván, no tome esto a la ligera. Está tratando de echar abajo un hecho que es trascendental en la historia de la humanidad. Un suceso que cambiará muchos aspectos en nuestra vida. A nivel histórico establece un punto de referencia…

—¡No me diga! Ahora diremos antes y después de Aetherius —dijo Iván. No quería seguir con la entrevista, sin embargo, el jefe de piso le hacía la típica señal de que alargara.

—Debería sentir un poco de respeto —prosiguió Braun—. Estamos frente a un hecho sin precedentes. Los Etéreos aseguran que no hay otro mesías ni ninguna profecía que pueda demostrar que Aetherius no es el elegido.

—Solo quiero presentar la verdad. Pero veo que nuestras verdades se oponen, doctor Braun. Hasta parece que usted ha caído en la trampa y le han convencido de que esta falacia es una revolución religiosa. Me declaro un escéptico ante todo este asunto —puntualizó Iván con toda la certeza.

—El escepticismo es obsoleto. Vienen grandes cosas y grandes cambios: sociales, económicos y políticos. Ya verá usted que lo que he expuesto aquí tiene una razón. Vendrá un nuevo orden.

—Bien. Muchas gracias al doctor Braun por esta charla paranormal. Buenas noches a todos. Soy Iván Castro y esto fue Última Edición. Hasta mañana.

El doctor Braun se despidió de mano. Iván se portó desdeñoso y no dirigió una palabra más al entrevistado.

—¿Usted tiene fe, señor Castro? —interrogó el doctor Braun. Iván giró para mirarlo de frente y con mirada intimidante contestó:

—Lo voy a parafrasear doctor. La fe es obsoleta. Y eso del nuevo orden, —hizo una pausa de risa burlona— es solo una de esas estúpidas teorías de la conspiración al igual que Aetherius y esas monjas lujuriosas. Con todo respeto, doctor Braun, déjese de pendejadas.

El doctor se quedó inmóvil ante la actitud soez de Iván. No dijo nada más, solo miró cómo se alejaba hacia una oficina desatando el nudo de su fina corbata.

* * *

Las cifras que observaba en la gráfica le alimentaban el ego. Nadie en ninguna cadena de televisión podía vencer su popularidad. Apagó el ordenador. Con la corbata al cuello, cerró la oficina y se dirigió al estacionamiento. Lo esperaba su auto de modelo y marca que solo una estrella como él podría darse el lujo de tener. Balbuceó algo al encargado de la limpieza; no tenía por qué hablar con él. En todo acto de su vida mostraba una personalidad displicente, ególatra y soberbia. El staff lo toleraba solo porque los asuntos del trabajo lo requerían. La opinión en general coincidía en la antipatía de Iván.

Mientras manejaba a su residencia ubicada en una zona exclusiva de la ciudad, meditaba sobre la información generada en el convento: las monjas practicaban un extraño ritual que consistía en alcanzar la catarsis mientras caminaban en círculo en torno a un altar, despojadas de conciencia y de sus hábitos. El informe decía que alcanzaban el punto álgido cuando Aetherius se materializaba en medio de una luz blanquísima que se derramaba en un agujero de oscuridad absoluta y poseía, de manera simultánea los cuerpos de las monjas que buscaban comunión. La reacción de ellas era semejante a un orgasmo múltiple. «¡Vaya pretexto para tener sexo lésbico!» dijo para sí. No creía en ninguna de las declaraciones que intentaban justificar los episodios vividos al interior del convento. Todo parecía una historia de un charlatán investigador paranormal. No obstante, la morbosa necesidad de mantener su fama se mezcló con una descabellada idea para disparar su puntaje de popularidad más allá de lo que la historia televisiva había experimentado. Más audiencia que los Beatles en el show de Ed Sullivan. «Soy un genio», se dijo para premiar su audaz ocurrencia.

La coreografía estaba armada: un par de modelos que hacen cualquier cosa por destacar en el mundillo de la televisión; las tomas de la entrada al convento junto con los quejidos dramáticos de los gonces, iniciaban el reportaje. Iván se lamentaba no poder hacerlo en directo. Desmentiría al doctor Braun y a todos los locos fanáticos que creían en Aetherius. Estaba de moda echar abajo las religiones. Aunque el ambiente en el altar era sobrecogedor a Iván no le afectaba en lo mínimo: en los tiempos en que no era más que un reportero, había sido corresponsal de guerra.

El camarógrafo se ubicó de manera que la toma abarcara en su totalidad el retablo improvisado en el convento; al fondo las modelos interpretaban una frenética danza moviendo sus cuerpos desnudos al compás de una alienante melodía imaginaria.

—Estoy en el Convento de las Hermanas Piadosas —dijo Iván sin aparecer totalmente a cuadro para no estorbar la toma de las supuestas monjas en pleno ritual de adoración—. Hoy desvelaremos el secreto que encierran estas paredes. Llevaré hasta usted la verdad de la secta Etérea.

Las mujeres que danzaban alrededor del altar comenzaron a emitir sonidos de índole sexual. «¡Buenas chicas!» pensó Iván, ufanándose de haber hecho el casting él mismo. Todo estaba resultando a la perfección. El baile improvisado atraía sobremanera, se estaba formando una atmósfera mezclada de lujuria y misticismo.

—No sabemos si las mujeres que están haciendo el ritual hayan tomado algún tipo de droga —continuaba explicando Iván—. Ver estas escenas me recuerda las ceremonias con peyote que hacen algunas tribus del norte de México.  Continuemos observando para saber hasta dónde puede llegar esta falacia.

Los cuerpos de las danzantes brillaban por el sudor provocado por los movimientos. Los débiles gemidos pasaron a ser fuertes expresiones de placer. Ellas tocaban sus cuerpos entre sí. El operador de la cámara miraba asombrado y trataba de indicarle a Iván que tendría que cortar. Iván le hizo una seña para que siguiera grabando. En medio del éxtasis, las chicas se tiraron al suelo besándose y sintiéndose invadidas por una lasciva necesidad sexual.

Un zumbido intenso interrumpió la escena: sobre el altar apareció una luz de un blanco puro, un tono incógnito que lastimaba las pupilas de los presentes. Los gemidos se convirtieron en gritos y los cuerpos de las mujeres se arqueaban como gimnastas. El haz de luz fue absorbido por un agujero de absoluta oscuridad y en una explosión sonora apareció Aetherius.

Iván y el camarógrafo se quedaron en una pieza al observar la figura de la divinidad: enorme, majestuosa y perfecta. Miraba a las modelos que seguían retorciéndose en el suelo. Hizo un pequeño movimiento con sus manos y quedaron inmóviles, parecían maniquís de aparador. Volteo a mirar a Iván. En un movimiento poderoso, lo tomó del brazo y lo atrajo hacia sí. Una parte de él se desmaterializó para penetrar el cuerpo de Iván, sostenido como un muñeco por la mano del dios. Iván sintió la invasión de sus células, mejor dicho, sintió de qué forma fue poseído y explorado hasta el último átomo de su organismo. Después de la experiencia, no podía pensar con claridad, había sido un choque de materia tremendo. El enorme Aetherius volvió a moverse y se escucharon truenos: su mirada fue directa al lente de la cámara, el operador apenas si podía sostenerla y se estremeció aún más cuando escuchó el potente rugido de Aetherius seguido de las proféticas palabras:

—Soy su nuevo Dios. Haz llegar este mensaje a todos. —Giró y se arrojó junto con el cuerpo flácido de Iván al agujero en el suelo en dónde la luz se perdía en una oscuridad insondable.

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