Relato

Dos veces uno

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Participación para la convocatoria «Recuerdo» de Salto al reverso.

SALTO AL REVERSO

De repente todo le pareció tan familiar: el dolor en los hombros, el ardor en las muñecas, el olor a orín y polvo. Quiso hablar, pero la cinta americana le impedía hacerlo. Tenía cubiertos los ojos y sentía la textura de una tela burda y tiesa en sus dedos. Tampoco podía mover las piernas, estaba atada de los pies. Todo le resultaba en un recuerdo; no como un dèjá vu que ofrece el beneficio de la duda, sino como algo ya vivido, algo que había estado oculto en su memoria y regresaba en ese momento. Quiso abrir la boca de manera que la cinta se despegara, pero fue en vano; tenía varias capas que se lo impidieron. Intentaba jalar más aire, sentía una de sus fosas nasales tapada. El terror le acometió cuando escuchó una voz. Esa voz que odiaba porque tenía el control sobre ella y no por mandato…

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El balón de soccer II

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A Mo le inquietaba mirar en la vitrina, durante el tiempo que pasaba en la tienda, un balón idéntico al de su hermano. La inquietud se transformaba en un peso que le oprimía el pecho. Sentía que no había sido una buena idea donar el balón de Nathan. El viernes por la tarde, cuando recibió su pago, compró el balón; lo llevaría de vuelta al cuarto de Nathan. Era más un sentimiento concreto que un impulso emocional. Al llegar a casa, subió muy rápido a dejar el balón: no quería que su madre se diera cuenta; no quería seguir alimentando su dolor con tan tristes recuerdos.

    Mo iniciaba su rutina después del trabajo: sentarse frente a la computadora y consultar páginas de alertas de personas extraviadas, además de, seguir compartiendo en sus redes sociales la foto de Nathan con la esperanza aferrada a su corazón. Hacía búsquedas en Google para encontrar sitios web en donde publicar la petición de ayuda. Fue una de esas búsquedas la que la llevó a un encabezado que decía: «Niños perdidos, objetos y leyendas — Creepypastas». Mo frunció el ceño y dudó un poco antes de dar clic en el enlace. El navegador cargó la página con el artículo, sus lindos ojos se pasearon por el texto y estuvo a punto de cerrar la ventana si no es porque vio la palabra «juguetes». Comenzó a leer con detenimiento:

    «Hay cientos de leyendas que se relacionan en mayor medida con objetos de uso común y hechos sobrenaturales, para ejemplo basta un botón: la industria cinematográfica ha sacado provecho de ello atribuyéndole poderes malignos a muñecas y muñecos, inocentes juguetes que alojan en su interior despiadados espíritus y que a la menor provocación hacen daño a sus dueños solo por venganza. Existen muchas leyendas acerca de otros juguetes con estas características. Esta creepypasta, como muchas otras, ha pasado de boca en boca y se ha dispersado por el mundo haciendo temblar a muchos niños puesto que se relaciona con un balón de fútbol y su extraño origen». Mo abrió los ojos más de lo normal, los vellos de su nuca se erizaron y sintió un escalofrío incontrolable. Continuó leyendo.

    » «Cuenta la leyenda que la historia se origina en España durante la copa mundial de fútbol en 1982. Había un hombre de extraña apariencia que vivía solo en un apartamento. Los vecinos suponían que era jubilado porque no salía a trabajar ni tampoco se veía enfermo, solo lucía raro y siempre estaba solo. No hablaba con nadie ni soportaba que los niños jugaran soccer en el pequeño patio; siempre les gritaba “que se largaran de ahí”, a lo que los niños respondían con burlas. Un día, aquel hombre salió con un balón reluciente en las manos, era exactamente como el reglamentario de la Copa del Mundo. Dijo a los chicos que, si se iban a jugar a otro lugar, les regalaría el balón. Ellos aceptaron y se movieron a otro de los patios. El grupo se fue vitoreando por el obsequio y el hombre entró a su apartamento; en su cara se podía ver una línea maliciosa dibujando su sonrisa. Cerró la puerta tras de sí. A partir de ese momento, en el conjunto de apartamentos, hubo muchas desgracias. Para empezar, el día que el grupo de chiquillos obtuvo el balón, atropellaron a uno de ellos que quiso alcanzar la pelota sin advertir que estaba en medio de la calle; el chofer no pudo frenar y lo embistió matándolo. Otro chico tuvo un accidente doméstico derramándose aceite caliente en la cara. No murió, pero quedó ciego. Otro de los chicos cayó desde la ventana del apartamento en el quinto piso; uno más resbaló en las escaleras lesionándose la columna y quedando parapléjico. Todos estos acontecimientos tenían algo en común: todos habían jugado con el balón que les había regalado el extraño hombre. Nadie notó este detalle. El balón se mantenía intacto por cada desgracia que ocurría en el grupo de chicos, era como si se renovara con cada muerte. El balón se extravió por mucho tiempo y cuando volvió a aparecer, lo hizo en América. Dicen que el balón está poseído por las almas de los niños que murieron en España y que, con el paso del tiempo, devora las almas de los niños que escoge para que formen parte de su interior».

 

    Mo estaba atónita por lo que acababa de leer. Juntó las palmas de sus manos a la altura de su boca, como si estuviera diciendo una oración en silencio. Tomó la laptop y fue corriendo a donde estaba su madre. Miriam leyó una y otra vez el texto. Eran demasiadas coincidencias, era algo inaudito, pero albergaba alguna esperanza. En el cuarto de Nathan, ambas revisaban el balón: lo miraban centímetro a centímetro con el anhelo de encontrar una señal. Después de un rato, sentadas en el piso del cuarto, en silencio, no dejaban de pensar en lo que decía el texto: un balón maldito, almas, niños… Miriam miraba cada cosa que había en el cuarto de Nathan: unos guantes de Batman, algún animalito de peluche, la puertita del compartimento en la parte baja de la cama donde Nathan solía jugar, la guitarra. Tomó la guitarra y se sentó en la cama. Rasgó algunos acordes y las lágrimas se dejaron venir sin sujeción, de su corazón hasta sus ojos. Mo estaba cabizbaja, escuchando los melancólicos acordes que tocaba su madre. Reconoció la tonada y al principio en voz baja, comenzó a cantar la canción:

Little brother

I remember you first came home

Then came another

Little brother of our own

Even when you break my toys

You will always be my

Little brothers

Cause you’re younger

We’re related

And you are boys

Even when you making too much noise

You we’re always be my

Little brothers

Cause you’re younger

We’re related

And you are boys

Little brothers, little brothers, little brothers…

    Al terminar la canción se abrazaron sollozando. Madre e hija compartiendo el mismo dolor, extrañando con todas sus fuerzas a Nathan.

    —¿Mamá? ¿Mo? —Se escuchó una voz ahogada como encerrada en algún lugar—. ¿Mamá? ¿Mo? —dijo la voz por segunda ocasión. Miriam y Mo desconcertadas miraban en el cuarto tratando de localizar de dónde venía la voz.

  —¡Nathan! ¡Nathan! ¿Dónde estás? —dijo con nerviosismo Miriam. Mo miraba horrorizada el balón. Voltearon al mismo tiempo cuando unos golpecitos se escucharon en la pequeña puerta del compartimento debajo de la cama de Nathan. Miriam corrió a abrir la puerta y en cuanto la luz penetró vio la figura de Nathan sentado en el interior. Llevaba puesto un pijama y parpadeaba por la intensidad de la luz. Miriam lo sacó del lugar y lo abrazó con todas sus fuerzas. Mo no lo podía creer, su pequeño hermano estaba de vuelta. Lo habían echado tanto de menos y ahora los tres se volvían a abrazar. Un acto de amor siempre estará por encima de cualquier maldad.

***

    —Aquí está bien —dijo Miriam, deteniendo el auto. Se estacionaron en el arcén en un paraje desértico. Bajaron los tres y caminaron unos cuantos metros. Pusieron el balón en el suelo arenoso y lo rociaron con líquido inflamable, del que se usa para encender leña para los asados. Juntos contemplaron como las llamas iban consumiendo el material sintético del balón. Nunca volvería a hacer daño a nadie.

    Cuando quedó reducido a una masa negruzca y empezó a humear Nathan dijo:

    —Se acabó. ¿Qué tal si vamos por una hamburguesa con doble carne?

    Miriam y Mo se echaron a reír. Los tres subieron al auto y regresaron a la ciudad felices, con el sol a sus espaldas.

El balón de soccer I

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Nathan no paró de hablar durante todo el trayecto en auto hasta la tienda de deportes. Su madre había previsto anotarlo en el equipo local de fútbol soccer con la esperanza de pasar un verano más tranquilo sin el enorme derroche de energía de Nathan; el chico era muy inquieto y necesitaba estar haciendo algo diferente a molestar a su hermana mayor o hacer macabros planes para torturar y asesinar al amigo de su madre en el sótano de su casa: había ideado dormirlo y llevarlo al sótano para quitarle la piel y asarla para después servirla en el almuerzo a su madre y a su hermana. Era un chico de once años con una gran imaginación.

     Durante el viaje a la tienda, Nathan debatía con su madre a que liga debería incorporarse; era muy chico para la liga 14 y muy grande para la liga 10, por lo que hacía miles de conjeturas acerca de convivir con los púberes de la 14 quienes decía Nathan, tenían las hormonas a tope y, por el contrario, los de la liga 10 serían unos niñitos aburridos.

        El equipo para el entrenamiento exigía un par de espinilleras, un balón del número 4, shorts, medias, un jersey, entre otras cosas. En la tienda, Nathan corría por los pasillos, llevando y trayendo cosas para que su madre les diera el visto bueno. Al momento de escoger el balón llegó la duda: Nathan se preguntaba cuál sería el idóneo. Había decenas de modelos y marcas, colores y logotipos. Se preguntó con qué tipo de pelota iniciarían sus entrenamientos Cristiano Ronaldo o Lionel Messi. No quería equivocarse así que aminoró la velocidad y examinó detenidamente cada uno de los balones.  Repasó las exhibiciones una y otra vez, pero no vio ninguno que le gustara. En su mente le aterrorizaba la idea de no contar con un balón que le ayudase a adquirir superhabilidades como CR7.

     —Mamá, ¿podemos ir a otra tienda? No hay un balón que me atraiga.

     —Nathan, pero si hay muchos balones, hijo, ¿para qué quieres ir a otra tienda?

     —Te apuesto a que Messi no entrenó con ninguno de los que hay aquí para llegar a ser lo que ahora es: ¡Súper Messi! —dijo Nathan levantando los brazos en señal de victoria.

     Su madre solo suspiró mientras miraba hacia arriba entrecerrando los ojos en señal de que le esperaba una larga tarde.

     Casi oscurecía por lo que los exhibidores de la tienda que daban a la calle se iban iluminando. El resplandor de las lámparas de led atrapó por un momento la atención de Nathan y echó un vistazo de último instante a uno de los cristales y lo vio: el balón que le daría superhabilidades estaba colocado al lado de unos maniquíes que llevaban puestos coloridos jerséis.

    —¡Ese! ¡Ese es el que quiero! —dijo Nathan dando un salto. Su madre volteó a ver agradecida por que no tendría que manejar en el tránsito del centro ni recorrer otras tiendas.

    El vendedor de piso dudó cuando solicitaron el balón del exhibidor. Sabía de antemano que era de utilería y que no estaba inventariado. Lo consultó con su supervisor.

   —Señora, lo sentimos, pero ese balón no está a la venta, no forma parte de la mercancía etiquetada por lo que no podemos registrarla en caja —dijo el supervisor acomodando la gorra que formaba parte de su uniforme.

    —¡Por favor! ¡Debe haber alguna manera! ¡No pueden hacer algo semejante con un cliente! Mire, acabo de comprar muchos artículos y estaré comprando constantemente…, ayúdeme y yo los ayudaré.

    El vendedor y el supervisor llegaron a un acuerdo con solo cruzar una mirada. El vendedor se dirigió al exhibidor y extrajo el balón. Era un balón tan común y corriente que no entendía porque el chico se había encaprichado con él. A decir verdad, era un modelo pasado de moda y de una marca que hacía muchos años que había desaparecido del mercado. Tampoco se explicaba cómo era que se encontrara en el exhibidor exterior. Lo ordinario del balón le despertó la codicia al vendedor.

     —Señora, hay un pequeño detalle con este artículo —dijo adornando de persuasión sus palabras—. Debido a que es un objeto de colección y que difícilmente encontrará en otra tienda, (hizo un pequeño movimiento con su dedo sobre la marca impresa a manera que el supervisor lo notara), su precio le parecerá un poco elevado, pero tenga la certeza que será una excelente inversión para la práctica de este futuro campeón —concluyó mirando a Nathan con una sonrisa aprendida en algún manual de mercadotecnia y entregándole el balón. Él lo recibió como quien recibe un raro y valioso tesoro.

     El rostro de la madre de Nathan no cabía en el gesto de estupefacción después de cerrar su cartera: sentía que la habían atracado de una manera que no le quedaba más que dar las gracias amablemente.

      —Todo sea por el soccer, Nathan —dijo con esperanza.

     Nathan abrazaba el balón y tenía en su cara una sonrisa que podría conquistar a la chica que más le gustaba en la clase. Miraba su nuevo balón lo giraba en sus manos viendo como brillaba. Era un balón simple con hexágonos en blanco y negro; ese diseño había sido popular en los años 80. De aquel momento en adelante serían los mejores amigos, así como lo había dicho el entrenador: el balón debe ser para ustedes como el arma es a un soldado: inseparables. Y como en una infame profecía, así fue. Nathan no se separaba de su balón ni un instante. Lo llevaba a cualquier lugar.

     —Tendrás que dejarlo en el auto, Nathan —dijo su madre antes de estacionar.

   —Pero mamá, el entrenador dijo que debemos estar con el balón siempre —replicó Nathan

    —¡Es solo una metáfora, Nathan! Se quedará en el auto y punto.

    La hermana mayor de Nathan veía la discusión aislada por los audífonos que gritaban en sus oídos música de Rihanna manteniéndola al margen de lo que pasaba entre Nathan y su madre. Miró la hora con gesto de enfado, si no terminaba la pelea por el balón, llegarían tarde.

   —Nathan, el personal de seguridad te quitará el balón y nunca lo volverás a ver —Intervino Mo.

    —¿Por qué harían eso? —dijo Nathan con mezcla de sorpresa y pánico en sus ojos.

   —Porque es un cine y no una cancha de fútbol —puntualizó Mo. Su madre la miraba con gesto de agradecimiento.

    El balón de soccer se volvió el centro de todas las discusiones entre Nathan y su madre. Miriam tenía que levantarse por las noches a quitar el balón de la cama de Nathan; dormía con el como si fuese un muñeco de peluche. Y no solo era en la cama, también en la ducha, en la mesa a la hora de comer, todo el tiempo en el auto. Nathan se había transformado en una eterna fotografía en donde siempre aparecía el balón. Una noche, mientras retiraba el balón de la almohada, Miriam miró un mechón de cabello pegado en uno de los tantos hexágonos que formaban el forro del balón. Para ella era el colmo que Nathan rompiera las reglas de limpieza que había impuesto. Debería hablar con él acerca de la higiene y el balón.

   Nathan se destacaba como un buen prospecto para alinear en la temporada del torneo de soccer infantil local. Destacaban sus precisos pases y los tiros libres los convertía en magníficas estampas de gol. El entrenador estaba complacido con ello. Demostraría a los padres de los otros chicos que era un excelente coach. Había un solo detalle: las jugadas buenas Nathan las hacía usando su balón de entrenamiento. Con otro balón, las pinceladas de fútbol, simplemente no aparecían.

   Al regreso del entrenamiento, Miriam decidió mencionar a Nathan sobre lo poco higiénico que era dormir con un balón que rodaba por una cancha de pasto sintético y era pateado por muchos chicos y chicas. Nathan a regañadientes aceptó dejarlo en el piso de su recámara siempre y cuando no se separara mucho de él. Sin embargo, Nathan solo engañó a su madre y aparentaba dejar el balón en el tapete para después subirlo a su cama y ponerlo de manera que no se viera cuando Miriam echaba un vistazo cuando ella creía que ya se había dormido.

   Sucedió una mañana a mitad del verano. Nathan escuchaba los gritos de Miriam y de Mo llamándole. Escuchaba que subían y bajaban las escaleras una y otra vez. Escuchaba que abrían y cerraban puertas. Escuchó más gritos a la distancia como si Mo lo estuviera buscando en el parque que estaba frente a su casa. Nathan no podía hablar, miraba apenas el tapete y el pie de la cama sin poder hablar. Su visión de la habitación era distorsionada, como si estuviese usando un efecto esférico de esos que se aplican a las fotografías.

    —¡Mo! ¡Mamá! ¡Estoy aquí en mi cuarto! —gritó en varias ocasiones, pero sus vociferaciones se escuchaban ahogadas y sordas. Dejó de gritar cuando escuchó un coro de voces con tono elástico.

     —Nunca te escucharán. Ahora serás parte de nosotros. Por toda la eternidad estarás encerrado dentro de este balón de soccer —sentenciaban las voces dentro de la oscuridad en donde se percibía un olor a caucho. Nathan sintió vértigo y se fundió en una loca rotación de la que solo despertó para ver frente a sí la carita triste de Mo que guardaba algunas cosas dentro de una caja de plástico y que destinarían para donación. Miró el balón con mucha tristeza. En ese momento entró Miriam a la habitación y juntas lloraron por la desaparición de Nathan mirando el balón. En sus ojos un océano de lágrimas y en sus corazones una llama de esperanza encendida con la fe de volverlo a encontrar.

* * *

    —Para que te vayas familiarizando con la mercancía de la tienda, hoy me ayudarás con las exhibiciones de los aparadores que dan a la calle —dijo el vendedor de piso a la nueva empleada de la tienda de deportes—. Por favor ve al almacén y trae un par de balones de soccer y algunos jerséis… de los colores que más te gusten.

   Mo acató las instrucciones y de manera ágil se movió entre los aparatos de ejercicio para pasar por la pequeña puerta que conducía al almacén. Encontró los estantes en donde estaban los jerséis impecablemente doblados y protegidos con plástico. Para alcanzar los balones tuvo que subir a una pequeña escalerilla y hacer un esfuerzo para alcanzar el primero. Casi se cae por ponerse de puntillas en el último peldaño de la escalera. Después del susto se quedó inmóvil porque detrás del primer balón estaba otro en color blanco y negro, de hexágonos. Idéntico al que había tenido alguna vez Nathan. Regresó un poco cabizbaja al piso de ventas con los artículos.

    —Creí que ya no teníamos balones de esta marca. ¿Dónde lo has encontrado? —dijo el vendedor de piso con una sonrisa de anticipada satisfacción.

  —En el estante de arriba. Estaba atrás de este —dijo Mo levantando el otro balón multicolor.

   —Bien. Haremos buen negocio con este —dijo el vendedor

  Una vez que quedó lista la exhibición, Mo y el vendedor contemplaban su trabajo satisfechos. No sabían que el brillante balón en blanco y negro los miraba complacido. De nuevo estaba a la vista de todo el que pasara por enfrente del aparador. Aguardaría quieto y silencioso esperando a que un niño buscara el balón perfecto. Ahí estaba junto a un maniquí. Ahí estaba Nathan tan cerca de Mo, encerrado junto con miles de niños oliendo a caucho en la oscuridad.

Continuará.

Espirales

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Colaboración del mes en Salto al reverso.

SALTO AL REVERSO

Espiral

Siempre
Escribiendo cartas a contramano
mirando desde otra perspectiva
cómo gira la vida
en espirales
Leyendo libros escritos
con tinta invisible
ilusiones ópticas personalizadas
de cómo gira la muerte
en espirales
Musitando palabras
sobre pentagramas
invocando demonios
con nombres abstractos
que pretenden enseñar
cómo gira el amor
en espirales
Infinitos, profundos
Siempre en espirales

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Mi encuentro con el suelo

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Aquí viene.

     Estar en las alturas siempre invita a pronunciar la clásica frase «¡Qué hermosa vista!». Y sí, es una hermosa vista. Siempre que las cosas se ven por encima del nivel en el que están nos parecen mejores, admirables o amenazantes. Depende del punto de vista. Es gracioso. Bueno, a veces no, no lo sé, no sé en ocasiones pueda ser gracioso. Lo cierto es que, desde esta posición de supervisión, hasta el aire se respira raro y los signos vitales se alteran. Esto me pone nervioso, pero la delicada corriente de aire llega hasta mí, disminuye la ansiedad.

     Miro hacia arriba y me doy cuenta que no hay final, pero al mirar hacia abajo es inminente un encuentro, una situación finita; un límite. Nunca he sabido respetar los límites, mucho menos reconocerlos.

     Es risible que la gente ponga toda su atención en mí cuando me encuentro acá en lo más alto. Cuando estaba a su nivel no era nadie para nadie y ahora se detienen, se asombran y me miran incrédulos de que haya llegado a esta cima; ahora en cambio, me observan y hasta me gritan cosas. No me importa. Llegué hasta aquí por mí mismo, por mis propias convicciones. Estoy a punto de dar un gran paso. Tomar en cuenta las opiniones de otros significaría retroceder y traicionarme. Me he fortalecido para tomar esta decisión así que nadie ni nada me hará echarme para atrás, más bien, daré ese paso adelante.

     Estoy en un punto en que todos los sonidos pierden claridad; llegan hasta a mí apagados, ensordecidos. Quizá sea el preludio: es un momento tan íntimo que casi se torna sensual. Es algo tan delicado en el sentido de la fragilidad. Quisiera prolongar esta sensación, pero ya es tarde. Debo acudir a mi encuentro.

     Entonces lo sublime se transforma en algo sucio y brusco. Doy un paso adelante y me siento ingrávido, flotante. Antes de que la gravedad haga lo suyo, me despojo de prejuicios, me libero de las ataduras; una vez más me burlo de los límites, y me deshago de todo el bullying que me hacían mis compañeros. El viento es tan fuerte que me sopla la elegancia en el peinado.

     No es la caída, es la velocidad terminal.

     Aquí viene.

Cuando abro los ojos

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Colaboración del mes de julio en Salto al reverso.

SALTO AL REVERSO

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El momento más desesperante de despertar es cuando abro los ojos y aún está oscuro. No solo la oscuridad es lo único que me causa incomodidad; también la parálisis de sueño. He aprendido que debo esperar un poco a que el efecto pase sin más por mi cerebro, abra los ojos de verdad y me pueda mover. Entonces, me relajaré un poco y pensaré en algo bonito. No me viene nada a la mente salvo esta pregunta: ¿así se sentirá estar muerto? Tal vez sea así; ver como abandonas tu cuerpo, mirar cómo estás postrado en la cama y flotas… No, eso de flotar es algo de la metafísica. No creo mucho en eso de los viajes astrales y el hilo de plata. Si pudiera reírme lo haría, pero estoy inmovilizada por un mal funcionamiento de mi cerebro.  Antes tenía pánico de esa enfermedad que aparentaba la muerte, catalepsia, pero…

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Aetherius

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Luego del escándalo en que se vio envuelto el Vaticano y que diluyó por completo la fe de un todo un país, ya no le quedaba mucho por rescatar al país europeo.

A lo largo de toda su historia, el catolicismo se había visto inmiscuido en los más atroces casos, que iban desde la tortura hecha oficio, hasta la fabricación de milagros. Así fue que las tribulaciones alcanzaron el paroxismo cuando la tradición guadalupana se vino abajo después de un engaño que había durado casi quinientos años, hasta que algún clérigo decidió filtrar en internet un video en donde se presentaron pruebas de que el ayate de San Juan Diego en realidad, se había venido restaurando por una facción por sucesión durante casi medio milenio. La teoría no era compleja. El manto nunca tuvo vigilancia estrecha ni siquiera después del atentado de bomba que sufrió en 1921. Una voz en off en el video, relataba grosso modo la manera en que el obispo en turno nombraba en una ceremonia secreta, a los guardianes que debían preservar la integridad del ayate. Este custodio debía nombrar a su vez a un restaurador que debía aprender el arte de su antecesor. Bajo juramento, y con la fe de millones sobre sus hombros, encaraban la difícil misión de conservar viva la tradición guadalupana: uno de los más productivos negocios de la iglesia.

La iglesia católica ya había sobrevivido a las condenas de la Santa Inquisición; a la competencia del protestantismo; a las denuncias por pedofilia y otros escándalos sexuales. Sin embargo, aunque había librado todos los obstáculos tan solo con asumir una postura evasiva y apelando a la misericordia de Dios para alcanzar redención, el obispo no pudo contra la propagación del video. Los especialistas, —incansables detractores—, acechaban la Basílica de Guadalupe, cual si fueran hienas en busca de carroña. Coadyuvó en gran medida la opinión pública y los mismos fieles, inclusive que no dudaban en absoluto de la no autenticidad del milagro.

Las pruebas a las que se sometió el ayate, —esta vez sin oscuros arreglos—, concluyeron que el pigmento y el mismo manto no databan del siglo XVI, sino de unos pocos años atrás. La noticia desquició a todo el mundo católico, no solo a los mexicanos. El papa, desde su balcón en la Basílica de San Pedro, hacía esfuerzos en vano para apaciguar a las masas indignadas ante la magnitud de la tomadura de pelo. Ese año la afluencia de fieles cayó a niveles inauditos. Ya no hubo ese fervor ni devoción para visitar el Tepeyac. Fue un golpe mortal para la iglesia.

En el interior de la basílica, una monja se secaba las lágrimas que escurrían por sus mejillas. Lloraba con el sentimiento que solo la ausencia de un ser amado puede provocar. Apretaba con una mano un pañuelo bordado, en la otra, un rosario, pero en su corazón no podía controlar el desborde de la angustia.

—Padre nuestro… —decía sin poder continuar la plegaria y su voz fenecía en un sollozo. Rompía a llorar. Desde lo más profundo de su ser, emergía la tristeza eclipsando sus sentidos.

Se acercó otra monja con un hábito distinto a los acostumbrados. En sus ojos se veía la compasión. Su piel era muy blanca y bondadosa, le ofrecía sus manos.

La monja recién llegada en un acto de solidaridad se hincó y pasó un brazo por encima del hombro de su abatida compañera. Con la intención de reconfortarla le dijo:

—Hermana…, —hizo una pausa—. La fe es lo único que nos queda y no pasa. Mantengamos viva la llama que el Espíritu Santo ha puesto sobre nosotras; que arda en nuestro corazón y transforme nuestra desolación en lo que Dios quiere para sus hijos: amor.

—¡Me duele tanto, hermana! —dijo la atormentada monja—. No hay otra cosa que mi alma desee que fortalecer mi vocación ante toda esta desventura.

—Encontrarás esa fuerza, hermana, pero no aquí. Este lugar ha sido corrompido por la ambición —dijo volteando a mirar el marco vacío donde una vez estuvo el ayate—. Únete a nuestra orden y reencuéntrate con el amor de una forma distinta y auténtica.

»Él está ahí solo para nosotras. Nunca nos abandonará y se encargará de darnos todo lo necesario para que nuestro espíritu trascienda hasta volver a estar con él, compartiendo su reino y gloria eternos.

—No sé, hermana. Dios me ha de perdonar, —dijo santiguándose—. He pensado en dejar los hábitos, ¡Tengo tantas dudas! No encuentro consuelo sin la bondad de su mirada, sin su suave rostro ni sus manos juntas; toda cubierta con un manto de estrellas.

—De ninguna manera. Apacigua tu espíritu impulsivo. Las bendiciones de nuestro señor te cubrirán como un manto en una noche fría y encontrarás la resurrección prometida —dijo esto levantándose y ofreciendo la mano para ayudar a el alma caída a levantarse.

Viajaron durante tres horas para llegar al convento que se encontraba casi escondido en la espesura del bosque al pie de la montaña. Llegaron por un camino vecinal serpenteante y solitario. Fue un viaje solemne, sin platicas. El silencio se rompía cuando a alguna de las cuatro monjas que viajaban en el vehículo, de le escapaba un amén suspirado.

Las altas paredes lucían carcomidas por el paso del tiempo; del color de la tristeza. A la hora que llegaron, la montaña proyectaba su sombra en la totalidad del convento, dándole un aspecto tétrico como una pintura surrealista. Por encima de un paredón se alcanzaba a ver la cúpula de la capilla, apenas asomándose como un espía. Se abrieron las puertas de arco chirriando de viejas y apolilladas. Una monja pálida les invitó a pasar mostrando una sonrisa fantasmal. Las cuatro monjas entraron intentando acostumbrar su vista a la insondable oscuridad. Daban pasos inseguros y alguna de ellas pegó un brinco cuando las puertas de madera se cerraron con un ruidoso golpe del cerrojo.

* * *

—Y en unos momentos más, tendremos aquí en el estudio al Dr. Braun quien nos platicará sobre las últimas investigaciones acerca de todo lo que rodea a la Secta Etérea. Hay nuevos hallazgos, bastante reveladores. Todo esto después del corte —dijo con entusiasmo fingido el presentador de noticias del horario estelar. Fuera del aire volteó a ver a su productora y sin moverse de su sitio le dijo:

—¿Es en serio? ¿Por qué no lo entrevista alguien más en otro programa? Y, además, en vivo ¡Carajo! —protestaba con el tono ególatra de quien se sabe una estrella de alto rating.

—Solo haz lo que sabes hacer. Si las cosas no van bien cortamos, ¿entendido? —dijo la encargada de la producción con dejo de fastidio.

El jefe de piso hizo la señal para que todo el equipo técnico se pusiera atento. Dio las últimas indicaciones al Dr. Braun y se aseguró de que el presentador tuviera el guion para la entrevista. Todo el estudio guardó silencio, a la cuenta de cinco, el engreído periodista entraría a cuadro.

—¡Buenas noches! Soy Iván Castro, presentando las noticias en Última Edición. Hoy me acompaña el Dr. Jorge Braun, especialista en el tema de las sectas religiosas. Charlaremos con él para conocer su punto de vista acerca del escándalo que está poniendo otra vez en aprietos al Vaticano: la secta de los Etéreos.

»Dr. Braun, le doy la bienvenida a este espacio. Rápidamente descríbanos de qué va este asunto. ¿Cuál es la responsabilidad del Vaticano? ¿Cómo se ha pronunciado el papa? ¿Otra vez negarán todo? ¿Cuál es su opinión profesional?

El Dr. Braun seguía atento la dinámica voz de Iván. Sabía que sería una entrevista difícil por lo inverosímil del tema, mas no se sentiría amedrentado por la chocantería de Iván.

—Señor Castro, —inició el doctor—, mi presencia en este estudio es excluyente a la autoridad del Vaticano. Los estudios antropológicos y teológicos que he realizado son patrocinados por la iniciativa privada. No represento a ninguna religión ni a ninguna ideología política. Los informes son para dar a conocer la verdad.

—Platíquenos la naturaleza de esa verdad, doctor. —dijo Iván rozando el sarcasmo. El doctor Braun, se aclaró la garganta y comenzó la explicación:

—La Secta Etérea o los Etéreos como se les conoce en los medios, tiene su origen en paralelo con el cristianismo, es decir, el fenómeno se presenta —según los escritos apócrifos—, en la fecha aproximada en que nació Jesús, pero en diferentes latitudes y en otro significado teológico: para los cristianos, el nacimiento de Jesús viene a iniciar la profecía del mesías, del redentor, del rey de los judíos. Mientras que, para los etéreos, el advenimiento de Aetherius, no solo representa salvación, sino un nuevo concepto de la fe para sus seguidores.

—Aetherius es el anticristo —declaró Iván.

—No necesariamente. De hecho, no se puede determinar la naturaleza en extremo de esta entidad. Hasta se podría afirmar que su constitución recae en la ambivalencia, en una mezcla homogénea del bien y del mal.

—Según se sabe que la secta practicaba más cosas malas que buenas —apuntó el presentador.

—Lo que se descubrió en el Convento de las Hermanas Piadosas, fue una disyunción del sentido dogmático. Hemos dicho que no todo era bondad en Aetherius, por lo tanto, para sus creyentes no estaba fuera de la normalidad, digamos que era una realidad alterna a la que ahora está viviendo el catolicismo.

—Entonces ¿estos acontecimientos son exclusivos de los católicos? —dijo Iván simulando interés y continuó—: ¿Cómo sabemos que en otras partes del mundo no está pasando lo mismo que en el Convento de las Hermanas Piadosas? O en su defecto, ¿en alguna otra agrupación religiosa, digamos Testigos de Jehová, adventistas, evangélicos, etcétera?

—Es que no hablamos de fusión de cultos. Es una doctrina como cualquier otra, solo que como peculiaridad deben manifestar su conjunto de creencias en cuerpo y alma. En el catolicismo no es otra cosa que la primera de las tres virtudes teologales propuestas por la iglesia. En semejanza a la eucaristía, los etéreos se transustancian de manera física, omitiendo el simbolismo de la oblea y el vino consagrados.

—Pero ¿no esto lo que demerita la religiosidad que pudiera mantener el culto como uno más? —interrumpió Iván. Echaba miradas furtivas a la productora y al jefe de piso.

—Es muy subjetivo, Iván. Cada devoto de cada religión en el mundo tiene su propio concepto al respecto. Los Etéreos no son la excepción. Han practicado el culto durante milenios. Al igual que todas las religiones conocidas.

—Eso no justifica las atrocidades que se han cometido con las monjas —repuso Iván.

—Por supuesto que no. Ningún acto atroz en nombre de un dios es justificable. En muchas religiones se han cometido; ninguna está exenta. Las acciones bacanales en el Convento, fueron como entre muchas otras situaciones a la sombra de las autoridades del Vaticano —dijo Braun, sin querer justificar.

—¿Quién es Aetherius? ¿Hay imágenes como las de Jesús? —inquirió Iván.

—Si pudiéramos expresarlo en términos sencillos, Aetherius es un mal experimento de Dios.

—¡Por favor! Se está saliendo de su contexto científico doctor Braun —dijo Iván mientras buscaba sonrisas de complicidad entre los técnicos del foro ante la declaración del doctor.

—Aetherius domina en una dimensión intermedia; entre lo blanco y lo negro. La parte gris del universo. En las entrevistas que hicimos a las monjas —las que quisieron hablar—, mencionan a un ser asexuado, de una complexión física perfecta. En términos coloquiales, un ángel. Mas no pudieron describir su rostro. Para algunas es la exacerbación de un ser de luz que viene del etéreo; para otras, es un cruento demonio que proviene de un agujero de oscuridad insondable. Todas coinciden en que el encuentro directo con él es una experiencia extática indescriptible.

—Claro. Un alienígena con superpoderes —dijo con tono burlón Iván.

—Señor Iván, no tome esto a la ligera. Está tratando de echar abajo un hecho que es trascendental en la historia de la humanidad. Un suceso que cambiará muchos aspectos en nuestra vida. A nivel histórico establece un punto de referencia…

—¡No me diga! Ahora diremos antes y después de Aetherius —dijo Iván. No quería seguir con la entrevista, sin embargo, el jefe de piso le hacía la típica señal de que alargara.

—Debería sentir un poco de respeto —prosiguió Braun—. Estamos frente a un hecho sin precedentes. Los Etéreos aseguran que no hay otro mesías ni ninguna profecía que pueda demostrar que Aetherius no es el elegido.

—Solo quiero presentar la verdad. Pero veo que nuestras verdades se oponen, doctor Braun. Hasta parece que usted ha caído en la trampa y le han convencido de que esta falacia es una revolución religiosa. Me declaro un escéptico ante todo este asunto —puntualizó Iván con toda la certeza.

—El escepticismo es obsoleto. Vienen grandes cosas y grandes cambios: sociales, económicos y políticos. Ya verá usted que lo que he expuesto aquí tiene una razón. Vendrá un nuevo orden.

—Bien. Muchas gracias al doctor Braun por esta charla paranormal. Buenas noches a todos. Soy Iván Castro y esto fue Última Edición. Hasta mañana.

El doctor Braun se despidió de mano. Iván se portó desdeñoso y no dirigió una palabra más al entrevistado.

—¿Usted tiene fe, señor Castro? —interrogó el doctor Braun. Iván giró para mirarlo de frente y con mirada intimidante contestó:

—Lo voy a parafrasear doctor. La fe es obsoleta. Y eso del nuevo orden, —hizo una pausa de risa burlona— es solo una de esas estúpidas teorías de la conspiración al igual que Aetherius y esas monjas lujuriosas. Con todo respeto, doctor Braun, déjese de pendejadas.

El doctor se quedó inmóvil ante la actitud soez de Iván. No dijo nada más, solo miró cómo se alejaba hacia una oficina desatando el nudo de su fina corbata.

* * *

Las cifras que observaba en la gráfica le alimentaban el ego. Nadie en ninguna cadena de televisión podía vencer su popularidad. Apagó el ordenador. Con la corbata al cuello, cerró la oficina y se dirigió al estacionamiento. Lo esperaba su auto de modelo y marca que solo una estrella como él podría darse el lujo de tener. Balbuceó algo al encargado de la limpieza; no tenía por qué hablar con él. En todo acto de su vida mostraba una personalidad displicente, ególatra y soberbia. El staff lo toleraba solo porque los asuntos del trabajo lo requerían. La opinión en general coincidía en la antipatía de Iván.

Mientras manejaba a su residencia ubicada en una zona exclusiva de la ciudad, meditaba sobre la información generada en el convento: las monjas practicaban un extraño ritual que consistía en alcanzar la catarsis mientras caminaban en círculo en torno a un altar, despojadas de conciencia y de sus hábitos. El informe decía que alcanzaban el punto álgido cuando Aetherius se materializaba en medio de una luz blanquísima que se derramaba en un agujero de oscuridad absoluta y poseía, de manera simultánea los cuerpos de las monjas que buscaban comunión. La reacción de ellas era semejante a un orgasmo múltiple. «¡Vaya pretexto para tener sexo lésbico!» dijo para sí. No creía en ninguna de las declaraciones que intentaban justificar los episodios vividos al interior del convento. Todo parecía una historia de un charlatán investigador paranormal. No obstante, la morbosa necesidad de mantener su fama se mezcló con una descabellada idea para disparar su puntaje de popularidad más allá de lo que la historia televisiva había experimentado. Más audiencia que los Beatles en el show de Ed Sullivan. «Soy un genio», se dijo para premiar su audaz ocurrencia.

La coreografía estaba armada: un par de modelos que hacen cualquier cosa por destacar en el mundillo de la televisión; las tomas de la entrada al convento junto con los quejidos dramáticos de los gonces, iniciaban el reportaje. Iván se lamentaba no poder hacerlo en directo. Desmentiría al doctor Braun y a todos los locos fanáticos que creían en Aetherius. Estaba de moda echar abajo las religiones. Aunque el ambiente en el altar era sobrecogedor a Iván no le afectaba en lo mínimo: en los tiempos en que no era más que un reportero, había sido corresponsal de guerra.

El camarógrafo se ubicó de manera que la toma abarcara en su totalidad el retablo improvisado en el convento; al fondo las modelos interpretaban una frenética danza moviendo sus cuerpos desnudos al compás de una alienante melodía imaginaria.

—Estoy en el Convento de las Hermanas Piadosas —dijo Iván sin aparecer totalmente a cuadro para no estorbar la toma de las supuestas monjas en pleno ritual de adoración—. Hoy desvelaremos el secreto que encierran estas paredes. Llevaré hasta usted la verdad de la secta Etérea.

Las mujeres que danzaban alrededor del altar comenzaron a emitir sonidos de índole sexual. «¡Buenas chicas!» pensó Iván, ufanándose de haber hecho el casting él mismo. Todo estaba resultando a la perfección. El baile improvisado atraía sobremanera, se estaba formando una atmósfera mezclada de lujuria y misticismo.

—No sabemos si las mujeres que están haciendo el ritual hayan tomado algún tipo de droga —continuaba explicando Iván—. Ver estas escenas me recuerda las ceremonias con peyote que hacen algunas tribus del norte de México.  Continuemos observando para saber hasta dónde puede llegar esta falacia.

Los cuerpos de las danzantes brillaban por el sudor provocado por los movimientos. Los débiles gemidos pasaron a ser fuertes expresiones de placer. Ellas tocaban sus cuerpos entre sí. El operador de la cámara miraba asombrado y trataba de indicarle a Iván que tendría que cortar. Iván le hizo una seña para que siguiera grabando. En medio del éxtasis, las chicas se tiraron al suelo besándose y sintiéndose invadidas por una lasciva necesidad sexual.

Un zumbido intenso interrumpió la escena: sobre el altar apareció una luz de un blanco puro, un tono incógnito que lastimaba las pupilas de los presentes. Los gemidos se convirtieron en gritos y los cuerpos de las mujeres se arqueaban como gimnastas. El haz de luz fue absorbido por un agujero de absoluta oscuridad y en una explosión sonora apareció Aetherius.

Iván y el camarógrafo se quedaron en una pieza al observar la figura de la divinidad: enorme, majestuosa y perfecta. Miraba a las modelos que seguían retorciéndose en el suelo. Hizo un pequeño movimiento con sus manos y quedaron inmóviles, parecían maniquís de aparador. Volteo a mirar a Iván. En un movimiento poderoso, lo tomó del brazo y lo atrajo hacia sí. Una parte de él se desmaterializó para penetrar el cuerpo de Iván, sostenido como un muñeco por la mano del dios. Iván sintió la invasión de sus células, mejor dicho, sintió de qué forma fue poseído y explorado hasta el último átomo de su organismo. Después de la experiencia, no podía pensar con claridad, había sido un choque de materia tremendo. El enorme Aetherius volvió a moverse y se escucharon truenos: su mirada fue directa al lente de la cámara, el operador apenas si podía sostenerla y se estremeció aún más cuando escuchó el potente rugido de Aetherius seguido de las proféticas palabras:

—Soy su nuevo Dios. Haz llegar este mensaje a todos. —Giró y se arrojó junto con el cuerpo flácido de Iván al agujero en el suelo en dónde la luz se perdía en una oscuridad insondable.