Más guapa que cualquiera

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Había una vez en el Reino de lo Diferente, una pequeña niña que vivía en el bosque cercano al castillo del Rey. Vivía en una pequeña choza hecha de paja con cinta de aislar, cerca de un estanque donde habitaba un sapo escritor. Su nombre era Rabiola, tenía catorce años, pero por su tamaño parecía de menos. Si bien era feliz, como toda niña tenía sueños y fantasías, pero también vivía una dura realidad, era muy fea.

Era tan fea que tuvo que dejar de asistir a la escuela porque los otros niños se burlaban de ella y la trataban muy mal. En estos tiempos se diría que era víctima de bullying. Aunque su mamá la mandaba todos los días con su loncherita y una liga amarrada a sus orejitas para que creyeran los demás que usaba una máscara de halloween, sus compañeros de clase no tardaron en descubrir su ominosa fealdad.

Todo transcurría de manera normal en el Reino de lo Diferente: los colores serios deseaban ser más alegres; otros colores querían dejar de llorar y otros querían ser multicolor como el arcoíris. Los números pares querían ser nones; las vocales querían ser consonantes; la letra H quería expresarse de una vez por todas y Rabiola quería ser bonita.

Más allá de La Cúpula del Trueno, en un sistema de cavernas olvidado, la Bruja del Reino maldecía frente al Espejo Mágico Polarizado.

—¡Mugrosa escuincla! Quiere ser bonita como yo, eso no lo voy a permitir, de ninguna manera.

—La solución ama, es matar a todas las Hadas del bosque, así no podrá pedirles que le concedan el deseo de ser hermosa como tú —decía el Espejo con tono plano.

—Prepararé algo para esos insectos con alas y brillitos —dijo la Bruja acercándose al caldero a mezclar un veneno para las hadas.

El Espejo la siguió hasta el caldero, con mirada indiferente; ya se había acostumbrado a reflejar su delineado cuerpo y su hermoso rostro.

La Bruja terminó de mezclar los ingredientes y se deslizó entre las sombras de una noche sin luna hasta el bosque donde esparció el veneno que mataría a las hadas.

Era una mañana fresca y Rabiola corrió al estanque, se acercó a la orilla tímidamente, temerosa como siempre de ver su reflejo en el agua.

—¿Por qué no soy bonita? —se preguntaba a sí misma mientras miraba el ondulante reflejo en las aguas del estanque.

—Si quieres ser bonita busca a un hada del bosque y pídele un deseo —dijo el Sapo Escritor desde su posición en una piedra mientras tomaba el sol.

Rabiola pegó un salto del susto: no había advertido la presencia del Sapo en perfecta mimetización.

—¿Dónde la encontraría? Hace mucho no veo una y no sabía que pudiese pedirles un deseo —dijo con un color de desesperanza pintando su delgada voz infantil.

—Busca más allá de los abetos, en los arbustos de huele de noche, ahí les gusta reunirse —apuntó el Sapo dándole la pista.

Rabiola hizo una mueca que en realidad era su sonrisa, pero debido a su fealdad se parecía más a un gesto agrio.

Para cuando llegó a los abetos, el sol ya estaba rebasando el cenit. Encontró los arbustos de huele de noche, pero como era de día, no olían a nada. Precavida, Rabiola miraba a un lado y a otro fijándose en cada claroscuro entre los matorrales y cuidando sus pasos para no ahuyentar a las hadas. Pasaron muchos minutos antes de que con el rabillo del ojo notara un débil brillo entre un tronco seco y una piedra desprendida del terraplén; era un leve resplandor ámbar, como el de un chorreado candil en la mesa de un desconocido poeta. Parecía palpitar a un ritmo lento, pesado.

—¡Oh cielos! —dijo Rabiola cuando miro más de cerca y encontró a un hada, de color azul pálido. Resplandecía a nivel muy bajo y tenía sus pequeñas alas opacas, casi lechosas. Respiraba débilmente y dejaba escapar en un lamento apenas audible, su petición de ayuda.

—A..yú..da..me…

Rabiola con toda precaución levantó el cuerpecito con sus dos manos y tiernamente la acercó a su regazo. Ojalá el hada soportara el camino de regreso, estaba muy mal.

—Te llevaré a mi casa y te cuidaré hasta que te mejores, sí.

En el momento justo que dijo esto, un minúsculo pájaro azul, levantó el vuelo en dirección a la Cúpula del Trueno, más específicamente a las cuevas donde vivía la Bruja.

—¡Mugrosa escuincla! ¿Cómo pudo haber un hada sobreviviente? ¿Es de fiar esa información? ¿Quién te lo ha dicho Espejo? —La bruja estaba fuera de sí.

—Me lo ha dicho un pajarito llamado Tweet, lo ha confirmado y ya se filtró la información a Wikileaks.

—¡Voy en busca de esa mugrosa! Acabaré con ella y con el hada y así no habrá mujer más hermosa en este reino, ¡solo yo!

La Bruja reptó a través de todo el bosque buscando rastros de Rabiola y el hada. Convertida en serpiente se movía a una velocidad enfurecida.

Llegó hasta los matorrales de huele de noche, pero ya no encontró a sus presas, tuvo que hacer uso de sentido del olfato para hallar algún indicio. Casi oscurecía cuando a lo lejos alcanzó a mirar la figura de Rabiola, con la velocidad de un látigo se acercó a unos metros de los pequeños pies de la niña quien con ojos desmesurados contempló la mirada maligna de la Bruja. La Bruja a su vez titubeó un poco al ver la horrenda expresión en la cara de la niña que era digna de haber sido extraída de alguna pesadilla delirante de Clive Barker.

Rabiola pegó un grito que despertó al hada de su sopor, escuchaba la respiración agitada de la niña.

—¿Qué pasa? —dijo el hada.

—-¡Nos persigue la Bruja de las cuevas! —contestó muerta de miedo Rabiola.

—¡Maldita Bruja! Acabó con todas las hadas del bosque y ahora quiere rematarme. Corre hacia el roble grande, ahí le esperará una sorpresa.

Rabiola enfiló hacia el árbol de tronco enorme, pero la Bruja le pisaba los talones. En un esfuerzo, el hada, lanzó un hechizo y en el terraplén se abrió una entrada que dejó pasar a la niña y se cerró de inmediato. Eso les dio algo de tiempo, mientras la Bruja rodeaba algunos peñascos. Rabiola respiraba agotada, estaba asustada. Del otro lado del terraplén se veía el camino de salida del bosque.

—Estoy agotada nena, pero haré un último hechizo para salvarnos —Se le acercó al oído para contarle del plan.

Rabiola asentía con la cabeza mientras el hada le daba las indicaciones, en un momento la niña se volteó a mirarla con una expresión de duda

—Sólo así funcionará el plan, debemos correr el riesgo.

—Está bien —contestó.

La dejó sobre una raíz saliente en el terraplén, y se fue alejando poco a poco sin darle la espalda. En ese momento un crujir de ramas les advirtió que la Bruja ya se encontraba cerca. Rápidamente Rabiola se apresuró a llegar al camino de salida del bosque a tomar su posición como le había dicho el hada. De frente miraba al hada preocupada, se veía bastante mal, casi sin fuerzas, decaída pero decidida a enfrentarse a la Bruja.
No tardó en aparecer, siseaba y se enroscaba de una manera morbosa e insultante. Miró en un extremo a Rabiola y astuta volteó hacia el hada del lado opuesto.

—¡Estúpidas! ¿Pretenden engañarme? Soy más lista que ustedes. Las haré sufrir lo indecible. Haré cosas atroces con ustedes y cuando me cansé las mataré lentamente —concluyó y se abalanzó con toda su fuerza sobre Rabiola quien solo cerró los ojos y se cubrió con sus manos la fea carita.

En ese momento el hada hizo acopio de todas las fuerzas que aún le quedaban y lanzó el hechizo

—Chin pum pan tortillas papas digui di badi di bú —A continuación, se desmayó.

Como perros encadenados, media docena de trampas mágicas para oso marca ACME se lanzaron a lo largo del cuerpo transformado de la Bruja, cerrando sus potentes quijadas sobre ella sin darle oportunidad de alcanzar a la pobre Rabiola que temblaba arrodillada esperando el ataque. Un bufido le hizo mirar, la vio prensada entre las fauces metálicas, tenía una trampa mordiéndole justo abajo de la respingada nariz y el mentón evitando que pudiera decir algún conjuro. Ahí quedó haciendo movimientos convulsivos queriendo escapar de la presión de los mordiscos.

Rabiola se levantó y avanzó con pasos vacilantes junto al cuerpo de la Bruja, corrió a buscar a su amiga que yacía inconsciente en un montoncito de hojarascas, levantó el cuerpecito inmóvil y vio que aun respiraba. Se dirigió hacia la salida del bosque no sin echar una última mirada a la Bruja.

Llegó rápidamente a la choza donde su mamá la esperaba preocupada. Ya estaba oscuro y se intrigó más al ver que de entre sus dedos se escapaba un leve resplandor ámbar.

—Pero niña ¿Ahora que traes ahí?

—Es un hada mamá, ayúdame, está muy mal casi muere por un veneno.

La mamá puso en la estufa una cacerola y comenzó a agregar ingredientes para hacer una infusión. Cuando estuvo lista, vertió un poco en un jarro autentico de Tlaquepaque y con un gotero le fueron administrando el té.

—¿Mejorará? —preguntaba a su madre.

—Si hija, se pondrá bien.

Trece días después el hada volaba divertida, perseguida por Rabiola cerca del estanque del Sapo Escritor.

—Hay algo que quiero pedirte —dijo Rabiola al hada, tímidamente.

—¿Qué es amiguita? Dime.

—¿Me concederás un deseo?

—Me salvaste la vida, considero que es justo. ¿Ya pensaste bien qué es lo que quieres?

—Sí —respondió y se le iluminó el feo rostro—. Quiero ser muy guapa —El hada la miró con una mezcla de ternura y «haré lo que pueda, no prometo mucho» y dijo las palabras mágicas:
—Chin pum pan tortillas papas digui di badi di bú…

Pero no pasó nada. El hada sabía que sus poderes no eran tan grandes ante la extrema fealdad de la niña así, que resultó mucho más fácil hacer que todos los pobladores del Reino de lo Diferente se hicieran más feos que Rabiola, así ella sería más guapa que cualquiera.

Epílogo

El hada se retiró y ahora vende comida en un café de carretera. Engordó tanto debido a los efectos secundarios del veneno que sus alas ya no la aguantaban para volar.

El Sapo Escritor ganó una fortuna al vender los derechos de autor de la crónica de las últimas horas de la Bruja en donde narra con detalle como los animales del bosque en venganza, hicieron cosas innombrables con ella antes de que las criaturas carroñeras de la noche la devoraran cuando aún estaba con vida. Pronto se estrenará la película.

El pajarillo azul llamado Tweet, es ahora millonario con su red social Twitter.

El Espejo Mágico hasta hoy sigue haciendo reflexiones.

Rabiola ha ganado los últimos tres años consecutivos el concurso de Reina de las Fiestas de Primavera del Reino de lo Diferente. No tiene oponente.

La H nunca se expresó.

Fin

 

5 de octubre

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Esto ocurrió hace algunos años.

Sí, lo recuerdo bien, era de noche y estaba lloviendo. ¡Ah!, esa noche del 5 de octubre del 97, ¡qué noche la de aquél día! Mientras caminaba por la calle principal, sumido en mis pensamientos, algunos extraños ruidos procedentes de mi estómago me obligaron a dejar de lado mis profundas conjeturas acerca de lo que había vivido en las últimas 17 horas; hasta ese momento me percaté que no había probado alimento alguno desde que saliera de mi casa. Levanté la mirada hacia el cielo poco estrellado y nublado, lo recuerdo muy bien, dije:

   —¡Oh cielos, cuanta hambre tengo!, ¡Dios por favor, haz que encuentre una taquería lo más pronto posible!

   Me dolían los pies, y empezaba a sentir mis dedos como cubos de hielo que ansían sumergirse en alguna etílica bebida. Mi mirada buscaba afanosamente alguna luz amarillenta en algún lugar concurrido por personas y perros; eso me indicaría que ahí estaría el Sagrado Alimento. Mis pasos retumbaban en mis oídos y el rugir de mis tripas también. Al doblar la calle, ahí estaba una mugrosa taquería que me aliviaría este suplicio.

  Me acerqué percibiendo el olor característico de la grasosa carne y las insalubres salsas contenidas en recipientes un tanto mugrientos, así como el olor de los limones y el calorcillo del fuego en donde se cocían las carnes lentamente. Con mi boca transformándose en agua, inseguro de qué era lo que debía degustar esa noche del 5 de octubre del 97, titubeé un poco mientras el taquero me clavaba su mirada inquisitiva e insinuante que me decía: «apúrate a pedir güero». No recuerdo qué fue lo que ordené, pero en un parpadeo, ya tenía frente a mí un plato de plástico colmado de tortillas con carne, cilantro mal picado y olorosa cebolla.

   Decidí rápidamente ponerle salsa verde y un poco de limón por aquello de las tifoideas. Llevé el taco a mi boca y en un momento el intenso sabor agridulce me lastimó salvajemente las papilas gustativas, de inmediato noté que el taquero me miraba haciendo gestos, mentándome la madre y quizás también se burlaba un poco de mí. Me giré hacia otra parte mientras ya degustaba de otro suculento taco.

     Sentía como iban apaciguando su furia mis intestinos. Bajé un poco la mirada y vi a un perro callejero que con la cabeza de lado me veía suplicante, le tiré un trozo de carne para que comiera, pensé que al igual que yo estaba hambriento, pero inusualmente el perro retrocedió y se sentó sobre sus patas traseras volviendo a mirar con un dejo de tristeza, de nostalgia, de profunda pena. Con el pie volví a acercarle el trozo de carne y volvió a tomar la misma actitud. Por el otro lado un pequeño gato se me había acercado restregando su lomo contra una de mis pantorrillas, me agaché un poco para ver más de cerca al perro y cuando lo tuve lo bastante próximo, abrió su hocico y me dijo:

      —¡Te estás comiendo a mi hermano, hijo de la chingada!

    No había terminado de decirlo cuando aventé el plato con lo que quedaba y corrí desesperado unas 15 calles, me detuve en el quicio de un portal, atrás de mí, el gato que andaba merodeando por el puesto, llegaba también presuroso y con el lomo erizado.

   Intentaba estabilizar mi respiración y mis pensamientos. Totalmente desconcertado, volví a repasar lo que había ocurrido con el perro, se me erizo la piel de inmediato, bajé la mirada y el gato que se relamía los bigotes junto a mis pies, me miró a los ojos y me dijo:

     —Qué pinche susto nos pegó ese pinche perro, ¿verdad?

    Después de esto no recuerdo más, creo que me desmayé y recobré el sentido en la Cruz Roja. Cuando me interrogaron que había pasado, los paramédicos y enfermeras me miraban con bastante incredulidad, salieron del lugar y me quedé dormido. Cuando desperté dos tipos intentaban ponerme una camisa de fuerza.

     Me encerraron en un manicomio. Ahora todos los días el terapeuta me repite muchas veces con su voz suave y casi afeminada: «los perros y los gatos no hablan, sólo son mascotas». Yo me quedo pensando, casi me convence, pero me hace dudar todo el tiempo un ratón que sale debajo de la mesita de noche y con voz chillona me dice:

     —No le hagas caso, te quiere terapear.

Llámame antes de dormir

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—No olvides tomar tu medicamento antes de dormir.

—Mamá ya no soy un niño, pero gracias por preocuparte.

—Nunca dejarás de ser mi bebé.

—Adiós mamá, linda noche.

—Adiós, mi amor.

Se durmió experimentando un poco de culpabilidad y remordimiento por seguirle la corriente a su mamá.

Realmente se había distanciado de ella por cortar el cordón umbilical que lo ataba, aunque su madre era toda bondad, en ocasiones era exasperante su forma de brindar atención, sobreprotectora y casi encimosa.

Luis intentó apartar esos pensamientos e intentar dormir sin ayuda del medicamento que le recetaran para controlar sus crisis nerviosas y las largas noches en que permanecía despierto revolviéndose en la cama o mirando el televisor hasta el amanecer.

Sintió que se sumergía en un sueño tranquilo y relajado que fue interrumpido por un ruido extraño; ya se estaba acostumbrando a los ruidos nocturnos de aquel piso alquilado, pero éste le había parecido diferente. Sintió un poco de enojo por la interrupción de su tan anhelado sueño.

Se reacomodó en la mullida cama dispuesto a no dejarse secuestrar por su antiguo y muy bien conocido enemigo el insomnio. No tardó en sentir el sopor del sueño reparador cuando nuevamente escucho un sonido de chapoteo y algo parecido a pisadas.

Se irguió un poco sobre la cama pensando que algún animal callejero hubiese entrado por alguna razón al interior del piso, pero el ruido cesó. Prácticamente se dejó caer maldiciendo su suerte por querer conciliar el sueño sin éxito.

-¡Diablos! —exclamó salpicando fastidio.

Su enojo fue mayor al mirar que el reloj de la mesita de noche, burlonamente le decía con sus brillantes números rojos, que apenas habían pasado siete minutos desde que había terminado la llamada con su madre.

Se levantó aventando furiosamente el edredón, revisó la cocinita, el corredor de la entrada y el pequeño baño sin encontrar nada anormal. Un momento. Un movimiento apenas imperceptible en el agua del inodoro coloreada de azul por la pastilla desodorizante. Un movimiento ondulatorio muy leve.

Pudiera ser cualquier cosa en el drenaje, esa sería la explicación al chapoteo. Ratas, algo en la tubería.

Regresó a su habitación, echó un vistazo alrededor, recogió el edredón y se dejó caer sobre la cama. Sintió la calidez de la cobija y lentamente empezó a perder conciencia.

Como una voz lejana que pronuncia un nombre, Luis escuchaba apenas, indeciso de despertar o seguir dormido, poco a poco involuntariamente regresaba de una profunda etapa del sueño, como en un filme en cámara inversa, recobraba la conciencia y de golpe abrió los ojos solo para ver como la criatura ferozmente se abalanzaba hambrienta  hacia él.

Su madre en ese momento despertaba con sobresalto y lo primero que pudo pronunciar fue el nombre de su hijo

-¡Luis!

El reloj mudo, sobre la mesita de noche, con sus números en color rojo, indicaba que apenas habían pasado 10 minutos desde que habían terminado la llamada.

La singular historia de cómo y por qué me enamoré de ti.

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Esto le ocurrió al amigo de un amigo que me lo contó solo por pasar el rato en una lluviosa tarde en el otoño de 2011…

CAPITULO 1

De cómo empezó todo.

La recuerdo caminando con paso tranquilo, con un especial brillo en la mirada, serena, casi aristocrática. Buscaba verme a lo lejos, yo disimulado hice como que no la veía mientras el corazón se me escapaba. Cuando la miré de frente, todo alrededor ya no tuvo color, solo su espléndida sonrisa iluminaba todo el lugar; a las puertas de un pequeño café el destino una vez más iniciaba un nuevo hilo en nuestras vidas. Fue un abrazo nervioso, cálido, pero temeroso de dudas.

La conversación fue de aquí allá, mientras disfrutábamos de un té helado, que en nuestras manos iba ganando grados de temperatura. Quizás las señales eran inequívocas: al rozar su cara con mis dedos ella estalló en una explosión de un rojo inocente. Yo tartamudeé cuando de sus labios se desprendieron dos palabras que fueron como un terremoto por su contundencia “Me gustas” y la marejada fue inevitable.

Tratando de evadir el ataque tan directo, retomamos la conversación con los temas más triviales que puedan haber, mientras ella mordisqueaba un popote, sus ojos no susurraban, ni siquiera hablaban, gritaban con urgencia “bésame”. El mensaje llegó hasta mí y nuevamente una sacudida me recorrió el cuerpo. Aquella tarde del sábado 16 de abril, me armé de valor y cerrando los ojos busqué el camino más corto hasta sus delineados labios. Era su olor, que me embriagó y me hizo sentir vértigo mientras la química se encargaba de la reacción de nuestras bocas juntas, después de eso  la magia del amor hizo el resto.

El lugar era demasiado pequeño para nuestras emociones y tuvimos que salir a buscar dimensión y espacio en el exterior, caminamos hacia un lugar no premeditado, hubo que pedir permiso para tomarnos las manos y caminar a la par. Como dos adolescentes fuimos de aquí para allá.

Hasta ese momento ella me había parecido un personaje extraído de alguna historia fantástica, resultaba una mujer increíble, fuera de su belleza física, el interior detrás de esa pose de diva era sumamente hermoso, una mujer práctica, rebelde, sin tapujos, acostumbrada a decir lo que sentía sin disfraces ni medias tintas, entregada y muy segura de sí.

Solo en mi mente podía existir una mujer tan perfecta para mí; esperaba ese momento en que alguien que no conoces se acerca y te dice “sonríe es una broma, la cámara está allá, saluda” pero no llegó ese momento. La lluvia se empezaba a anunciar coloreando el azul con un color plomizo típico de alguna canción de Serrat. Subimos a su auto. Esa sencillez fue un acierto más para empezar a adorar a esa criatura de lindísimos ojos claros. Me sentí muy cómodo mientras ella apurada me propuso poner música en el estéreo: un tipo de música que no es lo usual que escuche la gente común. El ambiente en el auto se tornó místico. Lo lounge de la música con la presencia de aquel ser de luz me transportó a otra dimensión, a un lugar en donde nunca había estado antes y del que no quería regresar.

Se movía hábilmente entre el tráfico de ese sábado por la tarde, indudablemente supe que es una mujer valiente, paramos en un lugar donde pudimos platicar más íntimamente, ahí en ese instante, en el auto, ella percibió mis miedos, mi tristeza, mi pesar, mis lastres. Me aconsejó, me dio fuerza para enfrentar las cosas que no podía cambiar, pero sobre todo me dio algo que hacía tiempo estaba perdido para mí: la esperanza.

Me despedí de ella esa tarde-noche con la lluvia incipiente como fondo de una escena de una secuencia en donde la tormenta se avecinaba con su fuerza inminente, para dar paso a la serena calma. Me despedí pensando en que no la volvería a ver, como cuando ocurren sucesos sobrenaturales y que difícilmente se puede volver a ser testigo de ellos.

CAPITULO 2

De cómo el amor te invade.

Las siguientes semanas fueron pasajes de risa, muchos besos salpicados de vino tinto y en ocasiones de cerveza y agua salada que no viene del mar. El difícil proceso de volver a creer en el amor pasaba factura para ambos; Ella me impulsaba a liberarme de mis lastres y yo me liberé de ellos con el único fin de hacerla feliz a toda costa. No fue fácil aceptar esa incursión de los sentimientos, esa exploración precavida, como la de los animales que se miran fijamente y se mantienen alertas y al acecho.

La peculiaridad de la relación es que no estaba basada en la cuestión sexual, se mantenía al margen del placer que se experimenta al contacto de una piel. El amor era manifiesto en todo momento, la consideración de un verdadero amor era todo presente entre ambos. Esto daba pie a cimentar una relación basada en la honestidad y en la única verdad que resulta después de amarse.

La personalidad de ella siempre juegó un papel importante; su naturaleza rebelde y de ir en contra de lo establecido es lo que fomentó la variedad en la relación, eso la hace ser única y auténtica. Pocas personas en el mundo tienen estas características en su forma de ser. Yo no me considero tonto, he visto ésto y muchas otras cosas más en ella que me hacen valorarla, tanto como pareja, como ser humano y me inducen a amarla cada día más.

De pronto me despojé de los miedos que me impedían ser feliz y me entregue totalmente a ella y a sentir y experimentar como nunca lo había hecho, un amor honesto e inusual.

Ella es violenta, es suave, es tierna, no piensa en el amor eterno pero si en la entrega total como si el fin del mundo estuviese a la vuelta de la esquina. Es traviesa, alegre, divertida, irreverente, natural y espontánea. Todo junto en una sola persona. Es una mujer intensa.

Esos detalles fueron los que hicieron que me enamorara de ella, aparte de su belleza física, porque realmente es una mujer hermosa, sus características emocionales fueron las que me cautivaron  y caí como un lobo en la trampa de sus ojos. Esa atrapante manera de ser, el olor que la identifica aun cuando no estoy  cerca, la forma en que estalla su risa con mis tonterías, la manera tan sutil que tiene de amarme, porque a pesar de toda esa montaña rusa emocional, ella me ama.

CAPITULO 3

De cómo ella me ha enseñado que la vida te pone pruebas.

Dice un dicho que si las cosas que verdaderamente valen la pena fueran fáciles, cualquiera las haría. Bajo esta norma ha sido esta historia, no ha sido fácil mantener una relación tan intensa, hemos tenido altas y bajas, momentos sumamente brillantes y otros completamente grises; ha habido de todo en estos 254 días que hemos estado juntos. No me arrepiento ni un minuto de ello, cuando está en juego la felicidad haces cualquier cosa por alcanzarla.

Un día tuve un sueño donde Dios me llamaba a presentarme frente a él, yo acudía al llamado, no era una oficina ni un trono de un salón real, era solo un lugar lleno de naturaleza y escuchaba su voz diciéndome: “Tu misión es aceptarla tal cual es, cuidarla y darle todo ese amor del que ella está ávida, te va a costar mucho, pero al final tendrás la recompensa de su amor”.

¿Qué mortal no querría tener el amor de tan singular criatura? No dudé ni un momento en cumplir la misión que Dios me ha encomendado. Hay tal grado de conexión entre ella y yo, que siento cuando ella siente, que puedo adivinar lo que piensa y soy tan de ella como se puede ser. La amo.

No es tan simple ni sencillo, es complejo, enredado, laborioso y lleno de retos. Pero ella vale la pena desde el punto de vista donde se mire, aunque en muchas ocasiones me tenga que volver a diseñar las respuestas a preguntas de las que ya tenía una solución. Es impredecible. Es un alma libre, es el vuelo de una singular ave, es mi unicornio personal, es mitología, no es alguien perfecto pero si se aproxima a lo que siempre he soñado.

Bien vale cualquier prueba que pueda poner la vida, al final como me lo dijo Dios, tendré la recompensa de su amor.

Conclusión

Todo esto ocurrió a partir de que un día navegando en internet, en una página yo mirara una carita feliz.

Dios tiene métodos tan extraños.

Gracias Dios.