Un corazón cualquiera

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No sería fácil describir la gigantesca oleada de sensaciones que experimentaban sus sentidos; inmerso en ellas, canturreaba una cancioncilla pegajosa mientras a su alrededor se bosquejaba el entorno en intensos colores neón que lastimaban eléctricamente el estreno de esa noche.

Se acercaba alegre al punto de encuentro con su amada. Sí, ella. Esa persona que era como un caleidoscopio que le hacía ver las cosas de una forma diferente y colorida.

Al acercase al lugar se le aceleraba el corazón y le sudaban las manos, se sentía tan nervioso como un amante primerizo. Todo el amor que sentía por ella le hacía sonreír por fuera y carcajearse como un loco por dentro.

Miró las manecillas de su reloj que perezosas se arrastraban como caracoles al sol hasta el minuto, hasta el segundo exacto: la vería acercarse despacio y mirando al frente sin gesticular ni parpadear siquiera; caminando entre la gente, como tantas otras veces la había visto. Esperaba encontrar su mirada. Debido a los nervios no sabía si la reconocería por su andar o por su cabello revolviéndose en el viento.

Cerró los ojos para retener esa imagen mental y guardarla en su archivo de recuerdos gratos. Al abrirlos se encontró con el rostro de sus sueños, ¡a unos cuantos metros de él!

Tenía un extraño brillo en los ojos que nunca había percibido antes. En los labios una rápida sonrisa destellante y colmada de complicidad. Por sus ojos cruzaba una fugaz sombra de duda que fue remplazada por un flamazo de satisfacción.

Él parpadeó repetidas veces, en una sucesión de viñetas estroboscópicas, alcanzó a mirar como aparecía una sonrisa henchida en el rostro de su amada y en sus pupilas ardía una llama intensa, al tiempo que tendía su mano para ser estrechada con suavidad, pero con ansiosa pasión.

Intentó caminar hacia donde estaba ella; quizá hablarle, quizá hasta gritarle, pero sus piernas y las palabras se negaban a obedecer. Se limitó a ver la última escena, la culminación de esa extraña película donde él no era el héroe que salvaba a la chica. En cambio, vio como ella caminaba dándole la espalda y abrazando al antagonista mientras el viento le revolvía el cabello.

Clavado al piso, inmóvil, con la mente en blanco como cuando se va la señal en el televisor, fue sacudido por un destello del cielo junto con un estrepitoso ruido que se confundía con lo que se le estaba derrumbando dentro de sí. El agua empezaba a escurrirle el rostro; no distinguía si era agua del cielo, pero tenía un gusto muy salado. Llovía.

Cuando al fin pudo moverse, se dio la vuelta y caminando calle abajo, temblaba quizá de frío; llevaba una mano en el bolsillo apretando la promesa de volver al otro día, y con la otra arrastraba entre los charcos, un corazón partido.

El mismo día

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00:01

En el primer minuto de aquel día, justo después de presionar el botón “END” del móvil, sintió como un agujero negro empezaba a devorar su universo desde el mismo punto de su cuerpo en donde antes se ubicaba un corazón. El vórtice absorbía todo a su alrededor, que era inevitable escapar de la dominante sensación de náuseas y la desquiciante idea de que en cualquier momento el pecho alcanzaría un punto máximo de dilatación antes de explotar. Intentó dar algunos pasos, pero ya la espiral se iba cerrando en un movimiento enloquecedor.

Los gritos solo se escucharon en su espacio interior del mismo modo que se escucha una nota musical, yendo desde su vibración más alta a cero. Después un silencio que más que incómodo, era de muerte.

El alma se le estaba escapando en forma de granos de sal de consistencia liquida, uno a uno caían lentamente como un reloj de arena, sin amontonarse, se esparcían, se evaporaban, regresaban a otro cielo.

De alguna parte del  gris, se elevaban diminutas estampas salpicadas de colores con un número de seis dígitos grabado en cada una. Desplegaban sus alas y remontaban el viento antes de extraviarse en un borroso horizonte.

Clips de vídeo parecían rebobinarse eternamente mientras el control vertical desfilaba de abajo hacia arriba en una desordenada sucesión de trailers sin banda sonora ni una advertencia de discreción o clasificación; iban del blanco y negro al colorido de una tarde de verano en el bosque.
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No muchas horas después el cadáver fue encontrado en la vía pública, pero solo eran despojos, vestigios y escoria de aquello que en algún momento fue un corazón que se enamoró al ritmo apacible de una melodía de Josh Groban y que amó de forma tan intensa como se escucha una canción de Nightwish.

Todos estaban muriendo

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Ambulance in motion by Benjamin Ellis    

    El ulular de la sirena penetraba el viento, la velocidad del vehículo de terapia intensiva pulverizaba las frías gotas de lluvia que azotaban contra la recién encerada pintura blanca.

La escena era típica de una ciudad que poco a poco iba tomando un ritmo de vida acelerado; el tipo cayó al intentar abordar el bus en marcha y fue arrollado por un automóvil que rebasaba por la derecha. Cuando los paramédicos llegaron al lugar, la sangre derramada se diluía con el agua de lluvia que lavaba el asfalto y hacía un río de color tinto hasta perderse en la rejilla de la alcantarilla.

El tipo se encontraba muy mal, ambos paramédicos se echaron una mirada que lo decía todo: no lo logrará. Aún así procedieron a hacer su rutina de primeros auxilios, notaron que difícilmente podía respirar debido a que las costillas rotas, habían perforado los pulmones, lo movieron rápidamente a la camilla. Antes de subir, preguntaron a la muchedumbre que permanecía en corro alrededor de la escena del accidente, si había algún familiar o alguien que le conociese, pero nadie dijo nada, sólo se escuchaban murmullos apagados por la lluvia que arreciaba.

El agua de lluvia le picaba los ojos, hacía un esfuerzo por fijar su vista, pero todo le daba vueltas como en un juego mecánico del parque de diversiones, intentó mover la mano derecha e inmediatamente sintió un aguijón en su costado.

—Quédate quieto, empeorarás las cosas, no te muevas o dañarás más tus pulmones —le decía el paramédico.

Trató de entender aquellos sonidos pero por algo que no sabía, escuchaba la voz como un disco en un tornamesa antiguo al que se le ha puesto una velocidad diferente a la indicada.  Advirtió que traía una mascarilla de oxígeno y de golpe recordó.

Era el hombre que amaba a una hermosa mujer; que le procuraba amor; que le entendía en todo momento; que comprendía sus días de luz y aguardaba sereno en los días de oscuridad.

Era aquel que siempre fue paciente; que no hablaba de más; que solo decía lo que tenía que decir cuando era prudente; era el niño que jugueteaba con sus manos; que besaba sus dedos siempre que podía; era aquel que masajeaba sus pies en una tarde de sábado sentados en el sofá; era quien le hacía reír con sus disparates hasta en el momento más romántico.

Fue el que entendió su música desde el primer momento; quién le dejaba ser quien verdaderamente era, sin poses, sin modelos. Era aquel hombre que no cerraba los ojos durante la noche solo para verla dormir.

Era el hombre que disfrutaba pasar horas enteras sin hacer nada, solo conversando o tomando un café en algún estacionamiento de la ciudad; quien la tomaba de la mano y sentía que el mundo era pequeño.

Era el que en esa tarde lluviosa se había perdido en el laberinto de sus ojos claros, como un presagio, como un presentimiento de no volverlos a ver, era a final de cuentas todo lo que ella había querido, todo lo que ella había imaginado, todo aquello por lo que lo había amado.

Era aquel hombre que había llegado a ser uno y tantos a la vez.

Y todos se estaban muriendo.

—Apaga la sirena. Declarado muerto a las 19:41. No hay pulso. Dejó de respirar —dijo el paramédico las palabras como la línea de un guion.

Aquel tipo en breves instantes se convirtió en ausencia de vida, en relleno para una fosa común.

La ambulancia disminuyó la velocidad, la lluvia no dejaba de caer, era una tarde triste, demasiado triste para morir.

Foto cortesía de Benjamin Ellis, Ambulance in Motion recuperada de flickr.com  Atribución 2.0 Genérica (CC BY 2.0)

Dreams

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Era un detalle mínimo que estropeaba aquella noche perfecta, como fondo de la conversación se dejaba oír el rock sutil de Fleetwood Mac con la melodiosa voz de Stevie Nicks cantando Dreams, proveniente del estéreo del auto, las luces de la ciudad parpadeaban a lo lejos, en el final de aquella calle, el diseñador de espacios urbanos había decidido que un mirador vendría perfecto al borde de la cañada.

En la estrechez del auto compacto, compartían sendos vasos de merlot, esperando que alguno rompiera el silencio.

—¿Qué es lo que piensas acerca del amor? desde un punto de vista testigo de lo que estámos viviendo en estos momentos —Él se atragantó un poco con el planteamiento de aquella pregunta, era un momento etílico en donde no se podía pensar tan aceleradamente para dar una respuesta concreta. Sacudió algunas gotas del tinto que quedaron sobre la manga de su chamarra.

—Estoy consciente que lo que está ocurriendo entre los dos es algo fuera de lo común; en un estándar, si pudiese medirse el estado de enamoramiento, podríamos decir que en términos estadísticos que somos una pareja en un millón, quizá más, el gusto por las cosas comunes, la afinidad, el acoplamiento, el no disentir en opiniones y conceptos, no es cotidiano ni usual, pero tampoco podemos acudir a modelos arquetipicos para ejemplificar o equiparar una relación tan especial como esta.

—Tienes razón, es cuestión de liberar miedos, decidirse a renunciar a paradigmas y sentir auténticamente toda y cada una de esas experiencias sensoriales, que para serte honesta es la primera vez que he logrado experimentar plenamente con una persona.

-¡Dios! eso que me dices eleva mi autoestima a altitudes insospechadas, pero es recíproco —comentó él mientras apuraba el último sorbo de vino y se preparaba a servir un trago más.

—Demasiado rebuscado su lenguaje señor, ¿Por qué no ejemplifica lo que me acaba de decir?

Él la miro con ternura, dejó a un lado el vaso y se dispuso a besarla de una forma tal que no pudiese distinguir si era aire lo que respiraba o el aliento de aquella hermosa mujer.

Ella se separó de sus labios solo para decirle con los ojos entrecerrados:

—Te amo.

Él, incrédulo, volvió a besarla. De manera inefable le respondió con la misma frase.

Despertaron ambos en lugares diferentes, a muchos kilómetros de distancia, él tarareaba una cancioncilla que no podía reconocer y que fue lo primero que le vino a la mente, ella por su parte, despertó contenta, con una alegría y una luz diferente a otras mañanas. Ambos despertaban de un placentero sueño en donde conocían a su alma gemela, a su mitad exacta. Quizás no deberían conocerse, pero el destino omite alternativas. Se levantaron ambos de sus respectivas camas, en su mente al mismo tiempo, un sentimiento de convencimiento de que sólo había sido un sueño individual.

Más guapa que cualquiera

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Había una vez en el Reino de lo Diferente, una pequeña niña que vivía en el bosque cercano al castillo del Rey. Vivía en una pequeña choza hecha de paja con cinta de aislar, cerca de un estanque donde habitaba un sapo escritor. Su nombre era Rabiola, tenía catorce años, pero por su tamaño parecía de menos. Si bien era feliz, como toda niña tenía sueños y fantasías, pero también vivía una dura realidad, era muy fea.

Era tan fea que tuvo que dejar de asistir a la escuela porque los otros niños se burlaban de ella y la trataban muy mal. En estos tiempos se diría que era víctima de bullying. Aunque su mamá la mandaba todos los días con su loncherita y una liga amarrada a sus orejitas para que creyeran los demás que usaba una máscara de halloween, sus compañeros de clase no tardaron en descubrir su ominosa fealdad.

Todo transcurría de manera normal en el Reino de lo Diferente: los colores serios deseaban ser más alegres; otros colores querían dejar de llorar y otros querían ser multicolor como el arcoíris. Los números pares querían ser nones; las vocales querían ser consonantes; la letra H quería expresarse de una vez por todas y Rabiola quería ser bonita.

Más allá de La Cúpula del Trueno, en un sistema de cavernas olvidado, la Bruja del Reino maldecía frente al Espejo Mágico Polarizado.

—¡Mugrosa escuincla! Quiere ser bonita como yo, eso no lo voy a permitir, de ninguna manera.

—La solución ama, es matar a todas las Hadas del bosque, así no podrá pedirles que le concedan el deseo de ser hermosa como tú —decía el Espejo con tono plano.

—Prepararé algo para esos insectos con alas y brillitos —dijo la Bruja acercándose al caldero a mezclar un veneno para las hadas.

El Espejo la siguió hasta el caldero, con mirada indiferente; ya se había acostumbrado a reflejar su delineado cuerpo y su hermoso rostro.

La Bruja terminó de mezclar los ingredientes y se deslizó entre las sombras de una noche sin luna hasta el bosque donde esparció el veneno que mataría a las hadas.

Era una mañana fresca y Rabiola corrió al estanque, se acercó a la orilla tímidamente, temerosa como siempre de ver su reflejo en el agua.

—¿Por qué no soy bonita? —se preguntaba a sí misma mientras miraba el ondulante reflejo en las aguas del estanque.

—Si quieres ser bonita busca a un hada del bosque y pídele un deseo —dijo el Sapo Escritor desde su posición en una piedra mientras tomaba el sol.

Rabiola pegó un salto del susto: no había advertido la presencia del Sapo en perfecta mimetización.

—¿Dónde la encontraría? Hace mucho no veo una y no sabía que pudiese pedirles un deseo —dijo con un color de desesperanza pintando su delgada voz infantil.

—Busca más allá de los abetos, en los arbustos de huele de noche, ahí les gusta reunirse —apuntó el Sapo dándole la pista.

Rabiola hizo una mueca que en realidad era su sonrisa, pero debido a su fealdad se parecía más a un gesto agrio.

Para cuando llegó a los abetos, el sol ya estaba rebasando el cenit. Encontró los arbustos de huele de noche, pero como era de día, no olían a nada. Precavida, Rabiola miraba a un lado y a otro fijándose en cada claroscuro entre los matorrales y cuidando sus pasos para no ahuyentar a las hadas. Pasaron muchos minutos antes de que con el rabillo del ojo notara un débil brillo entre un tronco seco y una piedra desprendida del terraplén; era un leve resplandor ámbar, como el de un chorreado candil en la mesa de un desconocido poeta. Parecía palpitar a un ritmo lento, pesado.

—¡Oh cielos! —dijo Rabiola cuando miro más de cerca y encontró a un hada, de color azul pálido. Resplandecía a nivel muy bajo y tenía sus pequeñas alas opacas, casi lechosas. Respiraba débilmente y dejaba escapar en un lamento apenas audible, su petición de ayuda.

—A..yú..da..me…

Rabiola con toda precaución levantó el cuerpecito con sus dos manos y tiernamente la acercó a su regazo. Ojalá el hada soportara el camino de regreso, estaba muy mal.

—Te llevaré a mi casa y te cuidaré hasta que te mejores, sí.

En el momento justo que dijo esto, un minúsculo pájaro azul, levantó el vuelo en dirección a la Cúpula del Trueno, más específicamente a las cuevas donde vivía la Bruja.

—¡Mugrosa escuincla! ¿Cómo pudo haber un hada sobreviviente? ¿Es de fiar esa información? ¿Quién te lo ha dicho Espejo? —La bruja estaba fuera de sí.

—Me lo ha dicho un pajarito llamado Tweet, lo ha confirmado y ya se filtró la información a Wikileaks.

—¡Voy en busca de esa mugrosa! Acabaré con ella y con el hada y así no habrá mujer más hermosa en este reino, ¡solo yo!

La Bruja reptó a través de todo el bosque buscando rastros de Rabiola y el hada. Convertida en serpiente se movía a una velocidad enfurecida.

Llegó hasta los matorrales de huele de noche, pero ya no encontró a sus presas, tuvo que hacer uso de sentido del olfato para hallar algún indicio. Casi oscurecía cuando a lo lejos alcanzó a mirar la figura de Rabiola, con la velocidad de un látigo se acercó a unos metros de los pequeños pies de la niña quien con ojos desmesurados contempló la mirada maligna de la Bruja. La Bruja a su vez titubeó un poco al ver la horrenda expresión en la cara de la niña que era digna de haber sido extraída de alguna pesadilla delirante de Clive Barker.

Rabiola pegó un grito que despertó al hada de su sopor, escuchaba la respiración agitada de la niña.

—¿Qué pasa? —dijo el hada.

—-¡Nos persigue la Bruja de las cuevas! —contestó muerta de miedo Rabiola.

—¡Maldita Bruja! Acabó con todas las hadas del bosque y ahora quiere rematarme. Corre hacia el roble grande, ahí le esperará una sorpresa.

Rabiola enfiló hacia el árbol de tronco enorme, pero la Bruja le pisaba los talones. En un esfuerzo, el hada, lanzó un hechizo y en el terraplén se abrió una entrada que dejó pasar a la niña y se cerró de inmediato. Eso les dio algo de tiempo, mientras la Bruja rodeaba algunos peñascos. Rabiola respiraba agotada, estaba asustada. Del otro lado del terraplén se veía el camino de salida del bosque.

—Estoy agotada nena, pero haré un último hechizo para salvarnos —Se le acercó al oído para contarle del plan.

Rabiola asentía con la cabeza mientras el hada le daba las indicaciones, en un momento la niña se volteó a mirarla con una expresión de duda

—Sólo así funcionará el plan, debemos correr el riesgo.

—Está bien —contestó.

La dejó sobre una raíz saliente en el terraplén, y se fue alejando poco a poco sin darle la espalda. En ese momento un crujir de ramas les advirtió que la Bruja ya se encontraba cerca. Rápidamente Rabiola se apresuró a llegar al camino de salida del bosque a tomar su posición como le había dicho el hada. De frente miraba al hada preocupada, se veía bastante mal, casi sin fuerzas, decaída pero decidida a enfrentarse a la Bruja.
No tardó en aparecer, siseaba y se enroscaba de una manera morbosa e insultante. Miró en un extremo a Rabiola y astuta volteó hacia el hada del lado opuesto.

—¡Estúpidas! ¿Pretenden engañarme? Soy más lista que ustedes. Las haré sufrir lo indecible. Haré cosas atroces con ustedes y cuando me cansé las mataré lentamente —concluyó y se abalanzó con toda su fuerza sobre Rabiola quien solo cerró los ojos y se cubrió con sus manos la fea carita.

En ese momento el hada hizo acopio de todas las fuerzas que aún le quedaban y lanzó el hechizo

—Chin pum pan tortillas papas digui di badi di bú —A continuación, se desmayó.

Como perros encadenados, media docena de trampas mágicas para oso marca ACME se lanzaron a lo largo del cuerpo transformado de la Bruja, cerrando sus potentes quijadas sobre ella sin darle oportunidad de alcanzar a la pobre Rabiola que temblaba arrodillada esperando el ataque. Un bufido le hizo mirar, la vio prensada entre las fauces metálicas, tenía una trampa mordiéndole justo abajo de la respingada nariz y el mentón evitando que pudiera decir algún conjuro. Ahí quedó haciendo movimientos convulsivos queriendo escapar de la presión de los mordiscos.

Rabiola se levantó y avanzó con pasos vacilantes junto al cuerpo de la Bruja, corrió a buscar a su amiga que yacía inconsciente en un montoncito de hojarascas, levantó el cuerpecito inmóvil y vio que aun respiraba. Se dirigió hacia la salida del bosque no sin echar una última mirada a la Bruja.

Llegó rápidamente a la choza donde su mamá la esperaba preocupada. Ya estaba oscuro y se intrigó más al ver que de entre sus dedos se escapaba un leve resplandor ámbar.

—Pero niña ¿Ahora que traes ahí?

—Es un hada mamá, ayúdame, está muy mal casi muere por un veneno.

La mamá puso en la estufa una cacerola y comenzó a agregar ingredientes para hacer una infusión. Cuando estuvo lista, vertió un poco en un jarro autentico de Tlaquepaque y con un gotero le fueron administrando el té.

—¿Mejorará? —preguntaba a su madre.

—Si hija, se pondrá bien.

Trece días después el hada volaba divertida, perseguida por Rabiola cerca del estanque del Sapo Escritor.

—Hay algo que quiero pedirte —dijo Rabiola al hada, tímidamente.

—¿Qué es amiguita? Dime.

—¿Me concederás un deseo?

—Me salvaste la vida, considero que es justo. ¿Ya pensaste bien qué es lo que quieres?

—Sí —respondió y se le iluminó el feo rostro—. Quiero ser muy guapa —El hada la miró con una mezcla de ternura y «haré lo que pueda, no prometo mucho» y dijo las palabras mágicas:
—Chin pum pan tortillas papas digui di badi di bú…

Pero no pasó nada. El hada sabía que sus poderes no eran tan grandes ante la extrema fealdad de la niña así, que resultó mucho más fácil hacer que todos los pobladores del Reino de lo Diferente se hicieran más feos que Rabiola, así ella sería más guapa que cualquiera.

Epílogo

El hada se retiró y ahora vende comida en un café de carretera. Engordó tanto debido a los efectos secundarios del veneno que sus alas ya no la aguantaban para volar.

El Sapo Escritor ganó una fortuna al vender los derechos de autor de la crónica de las últimas horas de la Bruja en donde narra con detalle como los animales del bosque en venganza, hicieron cosas innombrables con ella antes de que las criaturas carroñeras de la noche la devoraran cuando aún estaba con vida. Pronto se estrenará la película.

El pajarillo azul llamado Tweet, es ahora millonario con su red social Twitter.

El Espejo Mágico hasta hoy sigue haciendo reflexiones.

Rabiola ha ganado los últimos tres años consecutivos el concurso de Reina de las Fiestas de Primavera del Reino de lo Diferente. No tiene oponente.

La H nunca se expresó.

Fin

 

5 de octubre

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Esto ocurrió hace algunos años.

Sí, lo recuerdo bien, era de noche y estaba lloviendo. ¡Ah!, esa noche del 5 de octubre del 97, ¡qué noche la de aquél día! Mientras caminaba por la calle principal, sumido en mis pensamientos, algunos extraños ruidos procedentes de mi estómago me obligaron a dejar de lado mis profundas conjeturas acerca de lo que había vivido en las últimas 17 horas; hasta ese momento me percaté que no había probado alimento alguno desde que saliera de mi casa. Levanté la mirada hacia el cielo poco estrellado y nublado, lo recuerdo muy bien, dije:

   —¡Oh cielos, cuanta hambre tengo!, ¡Dios por favor, haz que encuentre una taquería lo más pronto posible!

   Me dolían los pies, y empezaba a sentir mis dedos como cubos de hielo que ansían sumergirse en alguna etílica bebida. Mi mirada buscaba afanosamente alguna luz amarillenta en algún lugar concurrido por personas y perros; eso me indicaría que ahí estaría el Sagrado Alimento. Mis pasos retumbaban en mis oídos y el rugir de mis tripas también. Al doblar la calle, ahí estaba una mugrosa taquería que me aliviaría este suplicio.

  Me acerqué percibiendo el olor característico de la grasosa carne y las insalubres salsas contenidas en recipientes un tanto mugrientos, así como el olor de los limones y el calorcillo del fuego en donde se cocían las carnes lentamente. Con mi boca transformándose en agua, inseguro de qué era lo que debía degustar esa noche del 5 de octubre del 97, titubeé un poco mientras el taquero me clavaba su mirada inquisitiva e insinuante que me decía: «apúrate a pedir güero». No recuerdo qué fue lo que ordené, pero en un parpadeo, ya tenía frente a mí un plato de plástico colmado de tortillas con carne, cilantro mal picado y olorosa cebolla.

   Decidí rápidamente ponerle salsa verde y un poco de limón por aquello de las tifoideas. Llevé el taco a mi boca y en un momento el intenso sabor agridulce me lastimó salvajemente las papilas gustativas, de inmediato noté que el taquero me miraba haciendo gestos, mentándome la madre y quizás también se burlaba un poco de mí. Me giré hacia otra parte mientras ya degustaba de otro suculento taco.

     Sentía como iban apaciguando su furia mis intestinos. Bajé un poco la mirada y vi a un perro callejero que con la cabeza de lado me veía suplicante, le tiré un trozo de carne para que comiera, pensé que al igual que yo estaba hambriento, pero inusualmente el perro retrocedió y se sentó sobre sus patas traseras volviendo a mirar con un dejo de tristeza, de nostalgia, de profunda pena. Con el pie volví a acercarle el trozo de carne y volvió a tomar la misma actitud. Por el otro lado un pequeño gato se me había acercado restregando su lomo contra una de mis pantorrillas, me agaché un poco para ver más de cerca al perro y cuando lo tuve lo bastante próximo, abrió su hocico y me dijo:

      —¡Te estás comiendo a mi hermano, hijo de la chingada!

    No había terminado de decirlo cuando aventé el plato con lo que quedaba y corrí desesperado unas 15 calles, me detuve en el quicio de un portal, atrás de mí, el gato que andaba merodeando por el puesto, llegaba también presuroso y con el lomo erizado.

   Intentaba estabilizar mi respiración y mis pensamientos. Totalmente desconcertado, volví a repasar lo que había ocurrido con el perro, se me erizo la piel de inmediato, bajé la mirada y el gato que se relamía los bigotes junto a mis pies, me miró a los ojos y me dijo:

     —Qué pinche susto nos pegó ese pinche perro, ¿verdad?

    Después de esto no recuerdo más, creo que me desmayé y recobré el sentido en la Cruz Roja. Cuando me interrogaron que había pasado, los paramédicos y enfermeras me miraban con bastante incredulidad, salieron del lugar y me quedé dormido. Cuando desperté dos tipos intentaban ponerme una camisa de fuerza.

     Me encerraron en un manicomio. Ahora todos los días el terapeuta me repite muchas veces con su voz suave y casi afeminada: «los perros y los gatos no hablan, sólo son mascotas». Yo me quedo pensando, casi me convence, pero me hace dudar todo el tiempo un ratón que sale debajo de la mesita de noche y con voz chillona me dice:

     —No le hagas caso, te quiere terapear.

Llámame antes de dormir

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—No olvides tomar tu medicamento antes de dormir.

—Mamá ya no soy un niño, pero gracias por preocuparte.

—Nunca dejarás de ser mi bebé.

—Adiós mamá, linda noche.

—Adiós, mi amor.

Se durmió experimentando un poco de culpabilidad y remordimiento por seguirle la corriente a su mamá.

Realmente se había distanciado de ella por cortar el cordón umbilical que lo ataba, aunque su madre era toda bondad, en ocasiones era exasperante su forma de brindar atención, sobreprotectora y casi encimosa.

Luis intentó apartar esos pensamientos e intentar dormir sin ayuda del medicamento que le recetaran para controlar sus crisis nerviosas y las largas noches en que permanecía despierto revolviéndose en la cama o mirando el televisor hasta el amanecer.

Sintió que se sumergía en un sueño tranquilo y relajado que fue interrumpido por un ruido extraño; ya se estaba acostumbrando a los ruidos nocturnos de aquel piso alquilado, pero éste le había parecido diferente. Sintió un poco de enojo por la interrupción de su tan anhelado sueño.

Se reacomodó en la mullida cama dispuesto a no dejarse secuestrar por su antiguo y muy bien conocido enemigo el insomnio. No tardó en sentir el sopor del sueño reparador cuando nuevamente escucho un sonido de chapoteo y algo parecido a pisadas.

Se irguió un poco sobre la cama pensando que algún animal callejero hubiese entrado por alguna razón al interior del piso, pero el ruido cesó. Prácticamente se dejó caer maldiciendo su suerte por querer conciliar el sueño sin éxito.

-¡Diablos! —exclamó salpicando fastidio.

Su enojo fue mayor al mirar que el reloj de la mesita de noche, burlonamente le decía con sus brillantes números rojos, que apenas habían pasado siete minutos desde que había terminado la llamada con su madre.

Se levantó aventando furiosamente el edredón, revisó la cocinita, el corredor de la entrada y el pequeño baño sin encontrar nada anormal. Un momento. Un movimiento apenas imperceptible en el agua del inodoro coloreada de azul por la pastilla desodorizante. Un movimiento ondulatorio muy leve.

Pudiera ser cualquier cosa en el drenaje, esa sería la explicación al chapoteo. Ratas, algo en la tubería.

Regresó a su habitación, echó un vistazo alrededor, recogió el edredón y se dejó caer sobre la cama. Sintió la calidez de la cobija y lentamente empezó a perder conciencia.

Como una voz lejana que pronuncia un nombre, Luis escuchaba apenas, indeciso de despertar o seguir dormido, poco a poco involuntariamente regresaba de una profunda etapa del sueño, como en un filme en cámara inversa, recobraba la conciencia y de golpe abrió los ojos solo para ver como la criatura ferozmente se abalanzaba hambrienta  hacia él.

Su madre en ese momento despertaba con sobresalto y lo primero que pudo pronunciar fue el nombre de su hijo

-¡Luis!

El reloj mudo, sobre la mesita de noche, con sus números en color rojo, indicaba que apenas habían pasado 10 minutos desde que habían terminado la llamada.