La resistencia

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Era tan intenso el miedo que sentían, que la adrenalina los hacía temblar. Sudorosos, se escondían tras un montón de sillas y mesas apiladas al final del callejón. En esa guerra la preponderancia del enemigo alcanzaba niveles globales. Quedaban pocos lugares a donde huir,  y otros menos para esconderse.

      —Tienes que cumplir tu promesa, lo harás sin remordimientos —dijo Paola, luchando contra el castañeteo de sus dientes—. Al primer síntoma que notes, solo dispara.

     Marcos la miraba preocupado. Habían logrado escapar de un tiroteo y Paola sospechaba que había sido inoculada. El enemigo utilizaba armamento sofisticado y en cada batalla la resistencia se veía menguada: no tomaba prisioneros ni mataba, pero contaminaba a sus oponentes por medio de balas que penetraban de forma indolora. Comprobó su arma, le quedaban pocos cartuchos y tres cargadores. No aguantarían mucho con esa munición. Paola sudaba frío y no paraba de hablar. Cada vez que abría la boca, Marcos apretaba fuerte la cacha de la pistola.

      —¡No me mires así! ¡No lo sé! ¡No estoy segura! —dijo Paola, desesperada.

     Marcos exhaló aliviado. Aún no llegaba el momento.

    El equipo de científicos de la resistencia había probado mil y un antídotos para neutralizar la inoculación, sin embargo, sus esfuerzos habían sido inútiles. Una vez detectada la infección, no había vuelta atrás; se propagaba alcanzando cualquier rincón del planeta de manera inexorable. La resistencia peleaba en condiciones inferiores con el poco y rudimentario armamento que poseía.

    Marcos y Paola quedaron petrificados al escuchar a lo lejos, las pisadas del pelotón de avanzada. El enemigo estaba a dos pasos de ellos y eran implacables. Las luces de los leds iluminaron el callejón proyectando una caprichosa sombra en la pared del fondo. El soldado movió la lámpara de un lado a otro y se conformó con el silencio del sensor. Pasaron de largo. La pareja soltó la respiración contenida. Los minutos parecían segundos, el tiempo se deformaba mientras los chicos esperaban a que los soldados enemigos se alejaran lo suficiente. Marcos observó una vez más a Paola: tenía la cabeza baja y estaba más pálida que de costumbre. Ella volteó a mirar a Marcos. Encontró su mirada y dijo:

     —Mi nombre es Paola Pleve, tengo 22 años. Estoy con la resistencia desde hace tres años. Mi función es repartir propaganda para enrolar más voluntarios que ayuden a defender la identidad de nuestro país.

     Marcos escuchaba y miraba el triste camino de las lágrimas de Paola: de sus ojos a sus mejillas. Le hizo una seña para que guardara silencio. Se acomodó para abrazarla, él ya no temblaba. Se quedaron acurrucados hasta que la luz del sol los despertó. Habían descansado un poco,  después del enfrentamiento y la larga persecución. Marcos confiaba en llegar al refugio de la resistencia… «Si es que quedaba alguien», pensó. Vio a Paola estirarse y bostezar. Se dibujó una sonrisa en la carita de la chica. Se pusieron de pie para retomar su marcha.

      —Buen día, Pao. ¿Lista para seguir? —dijo entusiasmado.

      —Yes! —contestó Paola.

      Un balde de agua fría les cayó a ambos cuando escucharon la palabra «yes». Paola se tapaba la boca con una mano mientras iba de un lado a otro. Marcos la había volteado a mirar con la incredulidad colgando de su cara.

     —My name is Paola Pleve, I’m 22 years old. I’ve been in the resistance for three years —continuó diciendo—, my job is to distribute propaganda to enroll more volunteers to help defend our country’s identity.

     Miraba a todos lados tratando de encontrar el lugar de donde salían esas palabras. Su cara reflejaba la desesperación y el pánico por lo que acababa de salir de su boca.

     Marcos la miraba con tristeza.

     Paola había sido inoculada en el tiroteo. Aunque había resistido durante un tiempo, ya estaba presentando síntomas de la infección. Pronto dejaría de recordar quién era, mientras, había perdido una parte importante de su identidad: el idioma.

     Marcos, impasible, contemplaba a Paola deshecha en llanto.

     —Just do it. You promised… —dijo ella, antes de escuchar la detonación.

Por un beso

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La lluvia caía sobre el barrio marginal con la suficiente fuerza para lavar la miseria de las casuchas y de los que sobrevivían en ellas. Pequeños arroyos arrastraban consigo mugre y basura, mas la pobreza se aferraba con todas las uñas: ni tempestades ni terremotos habían podido sacudirla de esas tierras. Esta laceria involuntaria aquejaba a este creciente grupo desde muchas generaciones atrás, dejando nada más valores inmateriales: algunos arraigados, otros desvaídos por el tiempo y violados por la precariedad.

   Sonia corría de un lado a otro para centrar cubetas, botes y cacharros que recolectarían los hilillos de agua que escurrían del techo de lámina, antes de que el piso interior de la chabola se convirtiera en un lodazal. Tenía los pies descalzos y entumidos. Cuando termino su labor de prevención, de un salto subió a la improvisada cama y de inmediato se cubrió con la cobija. Aunque el raído cobertor apestara a una fétida mezcla de baba, orines de su hermano, sudor y a muchos sueños transferidos al tejido, ella se sentía segura y reconfortada.

   Mientras escuchaban el desordenado chapoteo que emitía la caída de agua, Sonia y su hermano, siempre platicaban antes de dormir:

   —Hugo, si pudieras irte de aquí ¿a dónde irías? ¿Qué harías? —dijo Sonia.

   —¡Cállate! Va a venir a pegarnos mi papá si nos oye —contestó en un murmuro Hugo.

   —¡Dime! —insistió Sonia.

—Pues… buscaría un buen trabajo… así podría llevarle flores a mi mamá los domingos.

   Guardaron silencio durante un rato, por encima de la lluvia se escuchaban los ronquidos animales de su papá que eran más soportables que los gemidos ahogados de doña Amparo que a veces se quedaba a dormir con él. Mientras estaban callados, Sonia imaginaba cómo sería tener una fiesta de quince. Un vestido de color pastel, elegantes chambelanes y un alegre vals. Su imaginación vagaba por los pasillos de una escuela con cuadernos nuevos, clases y profesores o practicando algún deporte. Tener amigas y un novio. Volteó a mirar a la mesa sostenida por ladrillos, ahí estaban las cajillas de goma de mascar que la anclaban a la realidad.

   —¿Qué darías porque tu vida cambiara? —dijo mientras con un pie sacudía a Hugo por si ya se hubiese quedado dormido.

   —¡Ya déjame dormir! ¿Qué no ves que no tenemos nada? Ya duérmete que mañana hay que ir a vender.

  Y como cada noche antes de dormir, Sonia luchaba contra los demonios que la sujetaban a su existencia:

   —No tenemos nada, eso es muy cierto. Yo daría todo eso que siento dentro de mí, lo que me pasa cuando veo a una pareja que se toma de la mano o se abrazan en las bancas de los parques. Esas cosas me hacen sentir emocionada —dijo intentando una sonrisa—. No tengo nada que dar a cambio, pero entregaría todo lo que soy… ¡Ay, no sé cómo decirlo! Daría todo por un beso.

   Hugo se quitó la cobija de la cara para ver a Sonia; no sabía nada sobre el defecto congénito de ella, solo recordaba que una vez que hubo una campaña de vacunación en aquella ciudad perdida, escuchó a una enfermera decir que Sonia tenía un defecto orofacial. Sabía que ningún chico se fijaba en ella por eso. Iba a decirle algo cuando escuchó un rugido:

   —¡Pinche coneja, si no te callas y te duermes te voy a romper tu madre!

   Sonia se tapaba la carita y dejaba los tejidos de la cobija impregnados de silenciosos sueños.