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El balón de soccer I

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Nathan no paró de hablar durante todo el trayecto en auto hasta la tienda de deportes. Su madre había previsto anotarlo en el equipo local de fútbol soccer con la esperanza de pasar un verano más tranquilo sin el enorme derroche de energía de Nathan; el chico era muy inquieto y necesitaba estar haciendo algo diferente a molestar a su hermana mayor o hacer macabros planes para torturar y asesinar al amigo de su madre en el sótano de su casa: había ideado dormirlo y llevarlo al sótano para quitarle la piel y asarla para después servirla en el almuerzo a su madre y a su hermana. Era un chico de once años con una gran imaginación.

     Durante el viaje a la tienda, Nathan debatía con su madre a que liga debería incorporarse; era muy chico para la liga 14 y muy grande para la liga 10, por lo que hacía miles de conjeturas acerca de convivir con los púberes de la 14 quienes decía Nathan, tenían las hormonas a tope y, por el contrario, los de la liga 10 serían unos niñitos aburridos.

        El equipo para el entrenamiento exigía un par de espinilleras, un balón del número 4, shorts, medias, un jersey, entre otras cosas. En la tienda, Nathan corría por los pasillos, llevando y trayendo cosas para que su madre les diera el visto bueno. Al momento de escoger el balón llegó la duda: Nathan se preguntaba cuál sería el idóneo. Había decenas de modelos y marcas, colores y logotipos. Se preguntó con qué tipo de pelota iniciarían sus entrenamientos Cristiano Ronaldo o Lionel Messi. No quería equivocarse así que aminoró la velocidad y examinó detenidamente cada uno de los balones.  Repasó las exhibiciones una y otra vez, pero no vio ninguno que le gustara. En su mente le aterrorizaba la idea de no contar con un balón que le ayudase a adquirir superhabilidades como CR7.

     —Mamá, ¿podemos ir a otra tienda? No hay un balón que me atraiga.

     —Nathan, pero si hay muchos balones, hijo, ¿para qué quieres ir a otra tienda?

     —Te apuesto a que Messi no entrenó con ninguno de los que hay aquí para llegar a ser lo que ahora es: ¡Súper Messi! —dijo Nathan levantando los brazos en señal de victoria.

     Su madre solo suspiró mientras miraba hacia arriba entrecerrando los ojos en señal de que le esperaba una larga tarde.

     Casi oscurecía por lo que los exhibidores de la tienda que daban a la calle se iban iluminando. El resplandor de las lámparas de led atrapó por un momento la atención de Nathan y echó un vistazo de último instante a uno de los cristales y lo vio: el balón que le daría superhabilidades estaba colocado al lado de unos maniquíes que llevaban puestos coloridos jerséis.

    —¡Ese! ¡Ese es el que quiero! —dijo Nathan dando un salto. Su madre volteó a ver agradecida por que no tendría que manejar en el tránsito del centro ni recorrer otras tiendas.

    El vendedor de piso dudó cuando solicitaron el balón del exhibidor. Sabía de antemano que era de utilería y que no estaba inventariado. Lo consultó con su supervisor.

   —Señora, lo sentimos, pero ese balón no está a la venta, no forma parte de la mercancía etiquetada por lo que no podemos registrarla en caja —dijo el supervisor acomodando la gorra que formaba parte de su uniforme.

    —¡Por favor! ¡Debe haber alguna manera! ¡No pueden hacer algo semejante con un cliente! Mire, acabo de comprar muchos artículos y estaré comprando constantemente…, ayúdeme y yo los ayudaré.

    El vendedor y el supervisor llegaron a un acuerdo con solo cruzar una mirada. El vendedor se dirigió al exhibidor y extrajo el balón. Era un balón tan común y corriente que no entendía porque el chico se había encaprichado con él. A decir verdad, era un modelo pasado de moda y de una marca que hacía muchos años que había desaparecido del mercado. Tampoco se explicaba cómo era que se encontrara en el exhibidor exterior. Lo ordinario del balón le despertó la codicia al vendedor.

     —Señora, hay un pequeño detalle con este artículo —dijo adornando de persuasión sus palabras—. Debido a que es un objeto de colección y que difícilmente encontrará en otra tienda, (hizo un pequeño movimiento con su dedo sobre la marca impresa a manera que el supervisor lo notara), su precio le parecerá un poco elevado, pero tenga la certeza que será una excelente inversión para la práctica de este futuro campeón —concluyó mirando a Nathan con una sonrisa aprendida en algún manual de mercadotecnia y entregándole el balón. Él lo recibió como quien recibe un raro y valioso tesoro.

     El rostro de la madre de Nathan no cabía en el gesto de estupefacción después de cerrar su cartera: sentía que la habían atracado de una manera que no le quedaba más que dar las gracias amablemente.

      —Todo sea por el soccer, Nathan —dijo con esperanza.

     Nathan abrazaba el balón y tenía en su cara una sonrisa que podría conquistar a la chica que más le gustaba en la clase. Miraba su nuevo balón lo giraba en sus manos viendo como brillaba. Era un balón simple con hexágonos en blanco y negro; ese diseño había sido popular en los años 80. De aquel momento en adelante serían los mejores amigos, así como lo había dicho el entrenador: el balón debe ser para ustedes como el arma es a un soldado: inseparables. Y como en una infame profecía, así fue. Nathan no se separaba de su balón ni un instante. Lo llevaba a cualquier lugar.

     —Tendrás que dejarlo en el auto, Nathan —dijo su madre antes de estacionar.

   —Pero mamá, el entrenador dijo que debemos estar con el balón siempre —replicó Nathan

    —¡Es solo una metáfora, Nathan! Se quedará en el auto y punto.

    La hermana mayor de Nathan veía la discusión aislada por los audífonos que gritaban en sus oídos música de Rihanna manteniéndola al margen de lo que pasaba entre Nathan y su madre. Miró la hora con gesto de enfado, si no terminaba la pelea por el balón, llegarían tarde.

   —Nathan, el personal de seguridad te quitará el balón y nunca lo volverás a ver —Intervino Mo.

    —¿Por qué harían eso? —dijo Nathan con mezcla de sorpresa y pánico en sus ojos.

   —Porque es un cine y no una cancha de fútbol —puntualizó Mo. Su madre la miraba con gesto de agradecimiento.

    El balón de soccer se volvió el centro de todas las discusiones entre Nathan y su madre. Miriam tenía que levantarse por las noches a quitar el balón de la cama de Nathan; dormía con el como si fuese un muñeco de peluche. Y no solo era en la cama, también en la ducha, en la mesa a la hora de comer, todo el tiempo en el auto. Nathan se había transformado en una eterna fotografía en donde siempre aparecía el balón. Una noche, mientras retiraba el balón de la almohada, Miriam miró un mechón de cabello pegado en uno de los tantos hexágonos que formaban el forro del balón. Para ella era el colmo que Nathan rompiera las reglas de limpieza que había impuesto. Debería hablar con él acerca de la higiene y el balón.

   Nathan se destacaba como un buen prospecto para alinear en la temporada del torneo de soccer infantil local. Destacaban sus precisos pases y los tiros libres los convertía en magníficas estampas de gol. El entrenador estaba complacido con ello. Demostraría a los padres de los otros chicos que era un excelente coach. Había un solo detalle: las jugadas buenas Nathan las hacía usando su balón de entrenamiento. Con otro balón, las pinceladas de fútbol, simplemente no aparecían.

   Al regreso del entrenamiento, Miriam decidió mencionar a Nathan sobre lo poco higiénico que era dormir con un balón que rodaba por una cancha de pasto sintético y era pateado por muchos chicos y chicas. Nathan a regañadientes aceptó dejarlo en el piso de su recámara siempre y cuando no se separara mucho de él. Sin embargo, Nathan solo engañó a su madre y aparentaba dejar el balón en el tapete para después subirlo a su cama y ponerlo de manera que no se viera cuando Miriam echaba un vistazo cuando ella creía que ya se había dormido.

   Sucedió una mañana a mitad del verano. Nathan escuchaba los gritos de Miriam y de Mo llamándole. Escuchaba que subían y bajaban las escaleras una y otra vez. Escuchaba que abrían y cerraban puertas. Escuchó más gritos a la distancia como si Mo lo estuviera buscando en el parque que estaba frente a su casa. Nathan no podía hablar, miraba apenas el tapete y el pie de la cama sin poder hablar. Su visión de la habitación era distorsionada, como si estuviese usando un efecto esférico de esos que se aplican a las fotografías.

    —¡Mo! ¡Mamá! ¡Estoy aquí en mi cuarto! —gritó en varias ocasiones, pero sus vociferaciones se escuchaban ahogadas y sordas. Dejó de gritar cuando escuchó un coro de voces con tono elástico.

     —Nunca te escucharán. Ahora serás parte de nosotros. Por toda la eternidad estarás encerrado dentro de este balón de soccer —sentenciaban las voces dentro de la oscuridad en donde se percibía un olor a caucho. Nathan sintió vértigo y se fundió en una loca rotación de la que solo despertó para ver frente a sí la carita triste de Mo que guardaba algunas cosas dentro de una caja de plástico y que destinarían para donación. Miró el balón con mucha tristeza. En ese momento entró Miriam a la habitación y juntas lloraron por la desaparición de Nathan mirando el balón. En sus ojos un océano de lágrimas y en sus corazones una llama de esperanza encendida con la fe de volverlo a encontrar.

* * *

    —Para que te vayas familiarizando con la mercancía de la tienda, hoy me ayudarás con las exhibiciones de los aparadores que dan a la calle —dijo el vendedor de piso a la nueva empleada de la tienda de deportes—. Por favor ve al almacén y trae un par de balones de soccer y algunos jerséis… de los colores que más te gusten.

   Mo acató las instrucciones y de manera ágil se movió entre los aparatos de ejercicio para pasar por la pequeña puerta que conducía al almacén. Encontró los estantes en donde estaban los jerséis impecablemente doblados y protegidos con plástico. Para alcanzar los balones tuvo que subir a una pequeña escalerilla y hacer un esfuerzo para alcanzar el primero. Casi se cae por ponerse de puntillas en el último peldaño de la escalera. Después del susto se quedó inmóvil porque detrás del primer balón estaba otro en color blanco y negro, de hexágonos. Idéntico al que había tenido alguna vez Nathan. Regresó un poco cabizbaja al piso de ventas con los artículos.

    —Creí que ya no teníamos balones de esta marca. ¿Dónde lo has encontrado? —dijo el vendedor de piso con una sonrisa de anticipada satisfacción.

  —En el estante de arriba. Estaba atrás de este —dijo Mo levantando el otro balón multicolor.

   —Bien. Haremos buen negocio con este —dijo el vendedor

  Una vez que quedó lista la exhibición, Mo y el vendedor contemplaban su trabajo satisfechos. No sabían que el brillante balón en blanco y negro los miraba complacido. De nuevo estaba a la vista de todo el que pasara por enfrente del aparador. Aguardaría quieto y silencioso esperando a que un niño buscara el balón perfecto. Ahí estaba junto a un maniquí. Ahí estaba Nathan tan cerca de Mo, encerrado junto con miles de niños oliendo a caucho en la oscuridad.

Continuará.