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El balón de soccer II

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A Mo le inquietaba mirar en la vitrina, durante el tiempo que pasaba en la tienda, un balón idéntico al de su hermano. La inquietud se transformaba en un peso que le oprimía el pecho. Sentía que no había sido una buena idea donar el balón de Nathan. El viernes por la tarde, cuando recibió su pago, compró el balón; lo llevaría de vuelta al cuarto de Nathan. Era más un sentimiento concreto que un impulso emocional. Al llegar a casa, subió muy rápido a dejar el balón: no quería que su madre se diera cuenta; no quería seguir alimentando su dolor con tan tristes recuerdos.

    Mo iniciaba su rutina después del trabajo: sentarse frente a la computadora y consultar páginas de alertas de personas extraviadas, además de, seguir compartiendo en sus redes sociales la foto de Nathan con la esperanza aferrada a su corazón. Hacía búsquedas en Google para encontrar sitios web en donde publicar la petición de ayuda. Fue una de esas búsquedas la que la llevó a un encabezado que decía: «Niños perdidos, objetos y leyendas — Creepypastas». Mo frunció el ceño y dudó un poco antes de dar clic en el enlace. El navegador cargó la página con el artículo, sus lindos ojos se pasearon por el texto y estuvo a punto de cerrar la ventana si no es porque vio la palabra «juguetes». Comenzó a leer con detenimiento:

    «Hay cientos de leyendas que se relacionan en mayor medida con objetos de uso común y hechos sobrenaturales, para ejemplo basta un botón: la industria cinematográfica ha sacado provecho de ello atribuyéndole poderes malignos a muñecas y muñecos, inocentes juguetes que alojan en su interior despiadados espíritus y que a la menor provocación hacen daño a sus dueños solo por venganza. Existen muchas leyendas acerca de otros juguetes con estas características. Esta creepypasta, como muchas otras, ha pasado de boca en boca y se ha dispersado por el mundo haciendo temblar a muchos niños puesto que se relaciona con un balón de fútbol y su extraño origen». Mo abrió los ojos más de lo normal, los vellos de su nuca se erizaron y sintió un escalofrío incontrolable. Continuó leyendo.

    » «Cuenta la leyenda que la historia se origina en España durante la copa mundial de fútbol en 1982. Había un hombre de extraña apariencia que vivía solo en un apartamento. Los vecinos suponían que era jubilado porque no salía a trabajar ni tampoco se veía enfermo, solo lucía raro y siempre estaba solo. No hablaba con nadie ni soportaba que los niños jugaran soccer en el pequeño patio; siempre les gritaba “que se largaran de ahí”, a lo que los niños respondían con burlas. Un día, aquel hombre salió con un balón reluciente en las manos, era exactamente como el reglamentario de la Copa del Mundo. Dijo a los chicos que, si se iban a jugar a otro lugar, les regalaría el balón. Ellos aceptaron y se movieron a otro de los patios. El grupo se fue vitoreando por el obsequio y el hombre entró a su apartamento; en su cara se podía ver una línea maliciosa dibujando su sonrisa. Cerró la puerta tras de sí. A partir de ese momento, en el conjunto de apartamentos, hubo muchas desgracias. Para empezar, el día que el grupo de chiquillos obtuvo el balón, atropellaron a uno de ellos que quiso alcanzar la pelota sin advertir que estaba en medio de la calle; el chofer no pudo frenar y lo embistió matándolo. Otro chico tuvo un accidente doméstico derramándose aceite caliente en la cara. No murió, pero quedó ciego. Otro de los chicos cayó desde la ventana del apartamento en el quinto piso; uno más resbaló en las escaleras lesionándose la columna y quedando parapléjico. Todos estos acontecimientos tenían algo en común: todos habían jugado con el balón que les había regalado el extraño hombre. Nadie notó este detalle. El balón se mantenía intacto por cada desgracia que ocurría en el grupo de chicos, era como si se renovara con cada muerte. El balón se extravió por mucho tiempo y cuando volvió a aparecer, lo hizo en América. Dicen que el balón está poseído por las almas de los niños que murieron en España y que, con el paso del tiempo, devora las almas de los niños que escoge para que formen parte de su interior».

 

    Mo estaba atónita por lo que acababa de leer. Juntó las palmas de sus manos a la altura de su boca, como si estuviera diciendo una oración en silencio. Tomó la laptop y fue corriendo a donde estaba su madre. Miriam leyó una y otra vez el texto. Eran demasiadas coincidencias, era algo inaudito, pero albergaba alguna esperanza. En el cuarto de Nathan, ambas revisaban el balón: lo miraban centímetro a centímetro con el anhelo de encontrar una señal. Después de un rato, sentadas en el piso del cuarto, en silencio, no dejaban de pensar en lo que decía el texto: un balón maldito, almas, niños… Miriam miraba cada cosa que había en el cuarto de Nathan: unos guantes de Batman, algún animalito de peluche, la puertita del compartimento en la parte baja de la cama donde Nathan solía jugar, la guitarra. Tomó la guitarra y se sentó en la cama. Rasgó algunos acordes y las lágrimas se dejaron venir sin sujeción, de su corazón hasta sus ojos. Mo estaba cabizbaja, escuchando los melancólicos acordes que tocaba su madre. Reconoció la tonada y al principio en voz baja, comenzó a cantar la canción:

Little brother

I remember you first came home

Then came another

Little brother of our own

Even when you break my toys

You will always be my

Little brothers

Cause you’re younger

We’re related

And you are boys

Even when you making too much noise

You we’re always be my

Little brothers

Cause you’re younger

We’re related

And you are boys

Little brothers, little brothers, little brothers…

    Al terminar la canción se abrazaron sollozando. Madre e hija compartiendo el mismo dolor, extrañando con todas sus fuerzas a Nathan.

    —¿Mamá? ¿Mo? —Se escuchó una voz ahogada como encerrada en algún lugar—. ¿Mamá? ¿Mo? —dijo la voz por segunda ocasión. Miriam y Mo desconcertadas miraban en el cuarto tratando de localizar de dónde venía la voz.

  —¡Nathan! ¡Nathan! ¿Dónde estás? —dijo con nerviosismo Miriam. Mo miraba horrorizada el balón. Voltearon al mismo tiempo cuando unos golpecitos se escucharon en la pequeña puerta del compartimento debajo de la cama de Nathan. Miriam corrió a abrir la puerta y en cuanto la luz penetró vio la figura de Nathan sentado en el interior. Llevaba puesto un pijama y parpadeaba por la intensidad de la luz. Miriam lo sacó del lugar y lo abrazó con todas sus fuerzas. Mo no lo podía creer, su pequeño hermano estaba de vuelta. Lo habían echado tanto de menos y ahora los tres se volvían a abrazar. Un acto de amor siempre estará por encima de cualquier maldad.

***

    —Aquí está bien —dijo Miriam, deteniendo el auto. Se estacionaron en el arcén en un paraje desértico. Bajaron los tres y caminaron unos cuantos metros. Pusieron el balón en el suelo arenoso y lo rociaron con líquido inflamable, del que se usa para encender leña para los asados. Juntos contemplaron como las llamas iban consumiendo el material sintético del balón. Nunca volvería a hacer daño a nadie.

    Cuando quedó reducido a una masa negruzca y empezó a humear Nathan dijo:

    —Se acabó. ¿Qué tal si vamos por una hamburguesa con doble carne?

    Miriam y Mo se echaron a reír. Los tres subieron al auto y regresaron a la ciudad felices, con el sol a sus espaldas.