noche

Un recuerdo

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Bajó la ventanilla para que el humo del cigarrillo se disipara. Fumaba mientras esperaba en el auto a Mim. Cerró los ojos y dejó salir la bocanada de humo con lentitud.
Una chica de pelo multicolor yacía sobre la cama de un deteriorado motel. La mayoría de los usuarios lo utilizaban para tener sexo sin preámbulos. Hasta el nombre del lugar hacía ironía a su función. La chica estaba muy drogada y no paraba de reír, mientras subía su vestido y dejaba ver su diminuta prenda íntima de encaje verde pastel. Morris sentía que su pene se asfixiaba dentro de su pantalón. Con mucha habilidad la despojó de su ropa y con el pulgar comenzó a estimular a la muchacha. Gemía y se retorcía como posesa.
—¡Cógeme! ¡Hazlo ya! ¡Cógeme! —pedía la mujer.
Morris bajó su cremallera y frotó su glande antes de penetrar. La chica recibió la embestida y ya no gemía, gritaba.    Por su parte, Morris se limpiaba las gotas de sudor con una mano. La excitación hacía que le punzaran los testículos. Se limitaba a pujar y a arremeter con fuerza.
—¡Voy a terminar…! —jadeaba la chica estremeciéndose.
—Espera, aún no —replicó Morris.
Buscaba con su mano derecha algo entre las mugrosas sábanas.
—¡No aguanto más! ¡Ya! ¡Ya…! —gritaba la chica con urgencia.
Un cuchillo afilado cortó su garganta de izquierda a derecha, después se escuchó un gorgoteo y palabras ahogadas en rojo. Morris eyaculaba como una bestia apretando los ojos; escuchando los sonidos guturales e inhalando la mezcla de olores de sangre y sexo.
Abrió los ojos antes de arrojar el cigarrillo por la ventanilla. Mim se acercaba al auto; Morris la veía caminar con su vestido ampón y el pelo balanceándose en cada paso estilizado por los tacones altos. Mim subió al auto.
—¡Son un asco los baños de este lugar! ¿Qué hacías? —espetó Mim acomodando el vuelo de su falda.
—Reviviendo un recuerdo —dijo Morris sonriendo y echando un vistazo a su entrepierna para confirmar que su pene se estaba asfixiando dentro de sus pantalones.
—¿A dónde iremos? —dijo Mim aspirando con vigor el humo de un pequeño cigarrillo que sacó de entre la copa de su vestido.
—A un motel. Te vas a reír cuando sepas el nombre.
Mim ya se estaba riendo.

En la carretera

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Era asombrosa la escena que encontró al bajar de su coche. El cuerpo de una mujer yacía sobre la cinta asfáltica en la solitaria carretera que rodeaba la montaña. Raúl miró en derredor buscando alguna posible explicación de lo que estaba viendo. Por instinto dio un paso hacia atrás cuando advirtió que el cuerpo se movía como si estuviese desperezando. Las luces de los faros del coche iluminaron el rostro de la mujer. La vio contrariada, como si no supiera en dónde estaba.

—¿Estás herida? ¿Qué ha pasado? —preguntó Raúl mientras se acercaba con precaución. La mujer lo miraba e intentaba incorporarse.

—No te muevas, puedes estar lastimada —dijo Raúl.

—Estoy bien —dijo ella—, solo que no sé cómo he llegado aquí.

Raúl calculó que aquella mujer no rebasaba los treinta años. Su piel era pálida, no era gruesa ni delgada y llevaba puestos unos pantalones que no eran de su talla; una camiseta blanca y zapatos deportivos. La ayudó a incorporarse. La condujo para que subiera al asiento del copiloto.

—¿Quieres hacer una llamada? —preguntó Raúl—. Tengo una botella de agua por aquí, si quieres beber. Le ofreció el celular y el agua. La chica miraba desconcertada ambas cosas.

—¿Puedes llevarme? —dijo—, ¿llamar? No lo sé…

Volvió a mirar el celular dudando. Raúl le acomodó el respaldo del asiento, le colocó el cinturón de seguridad y aseguró la puerta.

—Estamos como a 40 minutos del próximo poblado. Puede ser que haya un médico que te revise. ¿Te sientes bien?

Ella asintió. Se recargó en el respaldo cuando Raúl puso en marcha el auto. Su rostro no expresaba alguna emoción. Estuvo en silencio durante algunos minutos. Raúl tampoco la presionó. Estaba consciente que quizá la chica hubiese atravesado por un evento traumático. O quizás estaba drogada. No lo podía saber, sin embargo, no le podía negar la ayuda.

—Bety —dijo ella con un hilo de voz.

—Cómo… —dijo Raúl—. ¿Qué dijiste?

—Soy Bety —repitió.

—Ah, Raúl, Raúl Vázquez —dijo extendiendo la mano—, mucho gusto, Bety.

Ella le tomó la mano. Raúl se estremeció al sentir la baja temperatura corporal. Encendió la calefacción. Pensó que la chica tendría hipotermia. «¿Cuánto tiempo llevaba allí tirada?», se preguntó. Iba a encender la radio a continuación, pero cambio de idea cuando escuchó a Bety hablar:

—En ocasiones dejamos de sentir el paso del tiempo y es porque durante algunos momentos habitamos otra dimensión, aunque estemos en el mismo lugar. Muchos nos catalogan de locos; que no pertenecemos a este mundo. En realidad, no nos entienden, no logran descifrar nuestro lenguaje. Si somos diferentes es porque fue nuestra elección serlo. El mundo es binario, ¿sabes? Es sí, es no. Blanco o negro. El mal y el bien.

Raúl trataba de llevar el hilo de lo que decía Bety. «Está drogada, seguro», pensó.

» Siempre, debes elegir un extremo. Guerra, paz, amigo, enemigo. Odio y amor. Prefiero el amor cuando hay que elegir. Me siento cómoda con esa elección. Me da libertad y me hace sentir satisfecha. No busco otra cosa, solo amar.

Raúl pensaba en las palabras de Bety. Se percató al salir de una curva que a unos cientos de metros iba una ambulancia. Bety también la vio y se enderezó con excesiva curiosidad. El avistamiento del veloz vehículo quebró el monólogo de Bety. Un aviso le hizo saber a Raúl que faltaba poco para llegar al pueblo, agradeció. Llegarían junto con la ambulancia. Pisó el acelerador para acortar distancia, aunque estaba prohibido hacerlo, seguiría a la ambulancia, así no batallaría para encontrar el hospital y dejar a Bety para que le dieran atención. En menos de un minuto Raúl le dio alcance, justo cuando la ambulancia tomaba una salida.

—Creo que ya casi llegamos, Bety. No sé qué decirte, todo ese discurso ¿a qué ha venido? —dijo—. Disculpa que no haya entendido lo que has querido decir. En verdad estoy preocupado por ti.

—No hay cuidado. Eres una buena persona. Me has ayudado y eso te pone de parte de los raros —dijo Bety con seguridad y agregó—:  Ha sido un acto de amor el tuyo.

A poca distancia se podía ver el neón en las letras de «Hospital». Raúl disminuyó la velocidad para aparcar el auto y dijo:

—No tienes que agradecer. Era mi deber no negarte la ayuda

—Gracias por traerme. Ahora voy a reunirme con alguien —dijo Bety y señaló con el mentón hacia la ambulancia. Las puertas traseras estaban abiertas de par en par y los paramédicos bajaban con cuidado la camilla. Raúl miró una primera vez y volteó a ver a Bety, de inmediato regresó su mirada a la camilla y lo que observó le puso la piel de gallina: con un equipo para venoclisis yacía en la camilla una chica idéntica a Bety. Abrió la boca para decir algo, pero no pudo. En el asiento del copiloto ya no había nadie.

La adrenalina le jugaba una mala pasada y decidió esperar a que cesara el temblor de sus manos. Sentía que los vellos de sus brazos no dejaban de estar erizados. El vértigo le hacía cerrar los ojos, quería evitarlo, creía que cuando los abriera estaría Bety ahí otra vez hablándole de los seres diferentes. Sintió pánico cuando recordó que aún le faltaban doscientos kilómetros de carretera para llegar a casa. Iba a ser un largo camino.

Cartas

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Ella despertó sobresaltada, no tanto por el trueno que había partido en dos el silencio de la noche, sino por la pesada angustia que, de tajo, le había arrebatado el sueño. Se levantó para asomarse a la ventana. Miles de gotas se estrellaban contra el cristal y se fugaban como lágrimas en un rostro entristecido. Intentaba, a la distancia, vincular su sentimiento ahogado. Buscaba con la mirada ávida, repasaba lo oscuro del cielo y el relámpago le hacía eco de la tempestad, ahora también presente en el exterior. Rememoraba cada línea de la carta que le había escrito: repasaba cada palabra diciéndola como una suplicada oración. Había escrito la epístola escogiendo palabras que tuvieran fuerza, esperanza y, sobre todo, amor. Con el propósito de que él, al leerla, tuviese ese soporte, ese pequeño alivio que reconfortara durante unos momentos su alma y reafirmara su fe en esos soplos en que las convicciones y valores se tambalean bajo el fuego enemigo. Ella no lograba conectar a la distancia. No podía encontrar ni un rescoldo que pudiera utilizar para encender una llama de paz. La ansiedad la derrotaba y sentía que pedacitos de su alma se arrastraban para escapar por sus ojos. Dio un paso atrás y se dejó caer en la cama. Lloró con los ojos cerrados hasta que no le quedaron mas recuerdos que evocar. Se durmió con la imagen del rostro de su amado frente al de ella, mirándose a los ojos, buscando cada cual, el significado del amor en las pupilas del otro.

   A miles de kilómetros, al pie de la montaña, el día iniciaba en el campamento con el pase de lista y la entrega de la correspondencia. Hubo una carta que no se entregó a su destinatario. El soldado encargado de tal tarea, anotó con descuidada caligrafía, en la lista: «No entregada» y estampó en el reverso del sobre, «Devolver al remitente». Comparó con otra lista y siguiendo la columna con su dedo índice, corroboró los nombres. Puso una marca con su bolígrafo. Dispuso una hoja con membrete militar en el rodillo de la máquina de escribir y con aburrido gesto, comenzó a teclear, de memoria, la redacción de la notificación para los desaparecidos en acción.

Hora 25 — VI

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     El asteroide era una nave nodriza camuflada con materia de un planeta oscuro, ubicado más allá de donde telescopios e instrumentos pudiesen tener alcance para ser detectado. Durante las 24 horas posteriores a su detección en la exósfera terrestre, fue capaz de medir la velocidad de rotación para ir «sembrando» meteoritos que al impactarse en suelo terrestre, registraban la composición química del planeta para hacer de él el alimento a nivel molecular que les mantendría vivos y perpetuaría su existencia por encima de cualquier galaxia conocida. En el primer minuto, posterior al término de los últimos meteoritos impactados, comenzaría la invasión sistemática del planeta azul, una invasión crucial para ambas especies.

     El pelotón del ejército que custodiaba el fragmento caído en la procesadora de alimentos, se puso en alerta cuanto empezaron a oír un zumbido grave, algunas octavas abajo de lo que normalmente se puede escuchar, un sonido bajo que cesó con un sólido crujido, como cuando se pisa una hoja de cristal medianamente gruesa. Se colocaron en formación apuntando sus armas, dispuestos a disparar a la menor percepción de amenaza. No hubo tiempo para reaccionar, inmediato al crujido, una forma irregular semejante a una desmesurada ameba, ondulaba sobre el ambiente, de un color naranja encendido, casi fluorescente, dejó a los soldados atónitos, admirados de contemplar una forma de vida muy diferente a cualquiera de la que se haya tenido registro sobre la tierra. Los segundos posteriores a la desencapsulación, transcurrieron en profundo silencio. El estrépito de las detonaciones, hizo que se descongelara el tiempo. Los impactos de bala de diferentes calibres en aquel ser de plasma, se desintegraban en microscópicas partículas que eran absorbidas inmediatamente por el cuerpo del extraterrestre. Un osado soldado, se aproximó a la criatura y disparó a quemarropa sin causar ningún daño, en cambio, sus compañeros pudieron apreciar como ante sus ojos, el valiente soldado era disminuido a pequeños, pero muy pequeños gránulos que eran literalmente aspirados por el alienígena. Arremetieron con otra descarga de disparos, pero al igual que la primera ráfaga, no disminuían al ahora declarado enemigo. En un movimiento, como si de una secuencia de animación de Tex Avery se tratase, el extraño cuerpo, desintegró en cosa de segundos a un grupo de soldados que ante la rapidez del ataque, ni siquiera comprendieron que estaba pasando. El comandante del pelotón dio la orden de retirada ante el fracasado intento de contener a la criatura. Los soldados acostumbrados a enfrentar a cualquier enemigo, fueron presa de pánico y huyeron de forma desordenada corriendo en medio de las estrechas calles aledañas a la procesadora de alimentos.

     Los neumáticos del bólido se aferraron al asfalto, provocando una espontánea nube apestosa a caucho quemado. Leonardo había aplicado el freno al fondo, el auto coleó un poco y se detuvo al paso de un soldado que le hacía una señal para detenerse. Su cara lucía una expresión inquietante, sin aliento, le dio aviso al conturbado conductor:

     — ¡Váyanse de aquí! ¡Huyan! ¡Amenaza presente, peligro inminente!

     El analista dejó escapar su exhalación muy lentamente. El plazo se había cumplido.

     Aunque Leonardo tenía una mente analítica y se había entrenado para conservar la calma ante cualquier situación que estuviera fuera de los límites de la normalidad, sintió un bloque pesado en su garganta, asfixiante, aplastante y una enorme pesadez en el estómago. Sintió miedo. Héctor miraba hacia el otro lado de la calle, en sentido opuesto a dónde provenía la fuga de los militares. Vio a lo lejos una mancha naranja que poco a poco aumentaba de tamaño conforme avanzaba por la calle iluminada por las luminarias públicas. Ambos hombres contemplaban y especulaban a su manera sobre lo que pasaría cuando el invasor los alcanzara.

     Alrededor del mundo no ocurría nada diferente a lo que se estaba viviendo en la localidad de Leonardo y Héctor; el infortunio cayó como una pesada losa sobre la esperanza de combatir y vencer a los invasores. En la práctica otros ejércitos habían intentado con diferentes armas, con la máxima potencia de fuego, sin resultados a favor. En la tierra no había arma que pudiera detener aquel asalto interestelar. Esta vez no había héroes que descubrieran por accidente como eliminar a aquellas criaturas. A vista de pájaro, los extraterrestres estaban exterminando a la raza humana, de forma metódica, sin cesar . La ola naranja inundaba cada vez más el territorio poblado.

    Leonardo reaccionó y viró el Maverick a la derecha, pisó el acelerador a fondo intentando ganar tiempo poniendo distancia entre ellos y la criatura. Los nudillos se le pusieron blancos por la fuerza que hacía al apretar el volante. Héctor por su parte se sentía acongojado, asustado, desconcertado por lo que acababan de ver: El Ejército de la Nación huyendo. Eso significaba solo una cosa, que pronto iban a morir. El analista echó una mirada a su reloj, habían pasado poco más de 24 horas desde el inicio… desde el inicio del fin. Intentaba decirle algo a Héctor, pero no lograba ordenar sus pensamientos. En la mirada de Héctor, había algo muerto, tanto como sus ganas de hablar. Estaban huyendo pero ¿por cuánto tiempo lo harían?

     Leonardo hundió a tope el acelerador, la calle era un desierto, como pronto lo sería todo el planeta. Haciendo un acto de increíbles reflejos, dio vuelta a la izquierda para esquivar el cuerpo naranja de un invasor, solo para encontrarse a otro a pocos metros, ya sin oportunidad de maniobrar para escapar. Ocurrió en cámara lenta, el cofre del Maverickdesaparecía ante sus ojos, como un castillo de arena que se derrumba grano a grano sobre la playa por acción del agua. Leonardo se despidió de Denisse apretando los párpados y las quijadas, deseándole el menor de los sufrimientos. Héctor por su parte, tuvo un último pensamiento para sus hijos y su esposa. También pensó antes de perderse en el naranja eléctrico: esta película no la había visto.

     Era la hora 25 y la raza humana había sido extinguida.     

Fin

Hora 25 — V

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     Mientras llevaba el motor del Maverick al tope de revoluciones, Leonardo pensaba en la vida de aquel hombre que iba sentado a su lado. Héctor, ese era su nombre. Trataba de encontrar algunas palabras que no le hicieran entrar en pánico o que tuviese una reacción desesperada, después de todo, en los casos de emergencia, siempre son prioridad los más allegados, los hijos, la esposa, la familia.

     —Héctor, debo decirle algo. Las próximas horas serán de mucha presión, quizás ocurra un hecho sin precedentes, quizá no ocurra nada, no lo podemos saber. Lo que sí sabemos es que debemos extremar precauciones, prepararnos para cualquier acto que atente contra nuestra seguridad, tanto personal como a nivel comunitario. —Héctor escuchaba con atención intentando adivinar hacia dónde iba este hombre con sus palabras—. Tómelo con mucha calma, es posible que estemos siendo invadidos por extraterrestres. —dijo Leonardo, mientras buscaba los ojos de Héctor, aventurándose a adivinar la respuesta.

    —Si lo que me está diciendo fuese una broma de mal gusto, le pediría que detuviese el vehículo para bajarme y le recomendaría un  psiquiatra, pero veo en usted una total y alarmante sinceridad. Le creo, no soy una persona escéptica y siempre estuve al margen de que el planeta Tierra no era el único lugar en el vasto universo, que estuviese habitado. —Ahora Leonardo lo miraba de manera atenta, tanto como le permitía el camino sostener la mirada en Héctor—. Supongo que usted sabe todo esto porque trabaja en el observatorio, ¿no es así? —El analista asintió con una leve inclinación de cabeza y un parpadeo alargado—. Por un rato los dos permanecieron sin decir palabra, con la vista fija en el tramo de asfalto que los faros del veloz automóvil iluminaban.

    Esta vez no se trataba de una espectacular e inofensiva lluvia de estrellas, tampoco era final que anunciaban las profecías; no era el caprichoso castigo proveniente de un dios voluble, ni el deseo vehemente de un gobierno por someter a sus políticas al resto del mundo. Esta vez se trataba de algo real que indicaba que los fallidos simulacros de coexistir en un planeta, se verían totalmente descartados por la intervención de seres ajenos. Como había dicho Leonardo, cada minuto elevaba  la presión y como en una olla exprés, llegaría el momento de la necesaria liberación.

    Leonardo tomó el sofisticado aparato instalado en su auto, un teléfono portátil. Por un momento vaciló. A la única persona que podría llamar era a Denisse. Marcó el número con la esperanza de que ella levantase el teléfono. Un tono, dos tonos, tres tonos. No contestó. No estaría en casa. Iba a colocar el auricular en su lugar, en cambio, se lo ofreció a Héctor.

    —Llame a su familia, Héctor —dijo alcanzándole el dispositivo.

   —Claro, muchas gracias. Vaya, este auto tiene más sorpresas que solo una estupenda carrocería —comentó Héctor— Leonardo esbozó una sonrisa. Todos en la oficina admiraba lo bien cuidado y equipado que estaba su auto, sin embargo en ese momento, la tensión demeritaba todo halago hasta convertirlo en futilidad.

   — ¡¿Lucía, amor, cómo están?! —No  esperó la respuesta, continuó con tono apresurado—. Cierren bien puertas y ventanas, dile a Daniela que te ayude, aseguren la casa como si fuésemos a salir de vacaciones. Llegaré en cualquier momento. Por favor, no salgan a la calle, manténgase informados con el televisor o la radio. —Bajó el ritmo de su voz para decir, como una sentencia—: No olviden que los amo. Al otro lado de la línea, Lucía, solo tuvo tiempo para asentir con monosílabos, conocía perfectamente a Héctor y sabía que se trataba de un asunto al que no debería restarle seriedad. Avisó a los chicos  que su padre estaba bien, dio las instrucciones y los tres iniciaron la tarea de aseguramiento. Después de eso, se sentaron a esperar.

    Los neumáticos del bólido se aferraron al asfalto, provocando una espontánea nube apestosa a caucho quemado. Leonardo había aplicado el freno al fondo, el auto coleó un poco y se detuvo al paso de un soldado que le hacía una señal para detenerse. Su cara lucía una expresión inquietante, sin aliento, le dio aviso al conturbado conductor:

   — ¡Váyanse de aquí! ¡Huyan! ¡Amenaza presente, peligro inminente!

   El analista dejó escapar su exhalación muy lentamente. El plazo se había cumplido.

Continuará…

Hora 25 — IV

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     Leonardo se quedó muy pensativo, en un estado en el que no se sabe qué es lo que se siente por el cúmulo de ideas, sensaciones y pensamientos que se manifiestan sin obedecer la línea normal de tiempo. Estaba convencido que la reciente información que había recibido el observatorio, desvelaba en su totalidad y no solo eso, confirmaba sus sospechas. Poco a poco su mente buscaba la palabra exacta que sirviera de título para exponer y confirmar su teoría. Ojalá no hubiese pasado por su cabeza, pero la realidad era ya inaplazable.

     —Invasión. Es una invasión. —pronunciaba las palabras con el énfasis necesario para convencerse a sí mismo de que lo que acababa de decir era una verdad absoluta. La parte racional de su cerebro no podía aceptar tan descabellada afirmación. Nadie en el mundo entero había probado la existencia de vida en otros sistemas de la galaxia, aunque tampoco se había probado que no existieran en el inacabable e inexplorado resto del cosmos. El Dr. Herrera y un auxiliar que se encontraba en la mesa de trabajo, voltearon a mirarlo con gesto de quien no entiende un chiste malo y tiene miedo de volver a preguntar o estallar en risa.

     — ¡Vamos, Leonardo! Creo que no es tiempo para bromas, aunque bien nos vendría relajarnos un poco —dijo de modo condescendiente el director. Miraba a Leonardo y las comisuras de su boca volvían a la posición de seriedad. El auxiliar pasaba de la sonrisa tonta al temblor para mantener la compostura.

     —Están por cumplirse 24 horas desde que inició la caída de meteoritos. No es una lluvia de estrellas como las que acostumbramos a ver en las madrugadas, es una caída planeada. Con base en la densidad de población del lugar, el número de fragmentos aumenta o disminuye. Mire, los datos indican que en zonas montañosas o desérticas no ha caído ningún fragmento, en cambio en las ciudades o en donde sabemos que hay concentración de habitantes, el número de fragmentos es exponencial. En 24 horas va a pasar algo para lo que no estamos preparados. —Hizo una pausa— Si ponemos los reportes sobre coordenadas en el mapa, se dará cuenta de que no es una invención lo que estoy planteando.

     — ¿Por qué 24 horas? ¿Por qué concluye que en ese lapso ocurrirá algo? —preguntó con tartamuda curiosidad el auxiliar.

     —Simple. —respondió Leonardo y comenzó a marcar en rojo los puntos geográficos de los que se tenía reporte hasta ese momento—, el asteroide suelta fragmentos calculando el movimiento de rotación, la fuerza gravitatoria y la altura a la que se encuentra, así como la fricción que se genera al entrar a la atmósfera, eso explica la precisión del aterrizaje. Descartamos que sea coincidencia.

     Sorprendido, el Dr. Herrera aceptaba que era creíble la teoría de Leonardo, solo se escapaba un detalle: los extraterrestres no existen.

     — ¿Invasión? ¿Extraterrestres? ¿Eso estás diciendo, muchacho? No puedo aceptar tu teoría… Haré unas cuantas llamadas para saber cómo va la situación en otros lugares. El Ejército, las Fuerzas Especiales, Seguridad Nacional, alguien ya debe saber  algo acerca de este fenómeno. El Dr. se dirigió a su despacho, casi decepcionado de Leonardo.

     El auxiliar, con menos bases férreas sobre la posibilidad de habitantes de otros planetas, miraba a Leonardo calculando lo que iba a decir:

     —Si es lo que dices, me refiero a la invasión… es decir… ¿qué vamos a hacer?

     —Buena pregunta —contestó Leonardo, sabiendo que la respuesta era, defendernos.

       Más tardó en salir el Dr. Herrera de su oficina que la torturadora jaqueca que le taladraba la cabeza de sien a sien, iniciara. Las llamadas realizadas a los altos mandos, le habían puesto la cabeza hecha un laberinto. Nadie sabía a ciencia cierta cómo debían proceder ante tal episodio. Bien lo decía Leonardo, no estaban preparados.

    Las operaciones militares ya estaban en curso, los pelotones vigilaban el comportamiento de los meteoritos, algunos expertos geólogos analizaban el tipo de elemento, una composición tan oscura que daba miedo tocarla hasta con guantes. No había indicios de radiación ni tampoco de bacterias conocidas o presencia de cuerpos extraños, esto lo habían puntualizado los expertos de la agencia espacial y confirmado con los análisis preliminares de los biólogos. Destacaba la adhesión del material al suelo, parecía haberse fundido con la materia negra, el meteorito estaba totalmente «encajado» al suelo terrestre por lo que los intentos de trasladarlo a un laboratorio habían sido en vano. Las muestras obtenidas presentaban una masa y un peso específico distinto a cualquier materia, una pizca equivalía a muchos gramos de la terrestre. No mostraban indicios de calentamiento por fricción, en resumen, todos los datos recabados eran inauditos.

    Leonardo se servía el tercer cono de agua. Qué desesperantes son estos vasitos cuando uno tiene mucha sed, pensó, dejando de lado por un instante todo lo que le daba vueltas sin parar en la cabeza. Todas las interrogantes no podían ser despejadas: ¿Cómo se le ocurrió lo de la invasión? No se le había ocurrido, no era resultado de conjugar los datos y obtener la respuesta en automático; no, más bien sintió que eso era lo que estaba pasando, un presentimiento encontrado, algo dentro de él mismo le decía que eso pasaría, así, sin más. No era partidario de las historias de ciencia ficción, pero algo le decía que la vida real en ese preciso momento rebasaba cualquier imaginación inventiva. De repente se vio a sí mismo, de una manera tan honesta que le causó vértigo. Solo en el mundo, desde que sus padres fallecieran en un incendio. Se había abierto paso a pulmón como se decía, muchas cosas de la vida dejaron de sorprenderle, mas no la aborrecía. Se sentía satisfecho de lo que había logrado por propia cuenta, eso era meritorio. Buscó entre sus recuerdos, el más bonito que tenía de su exnovia Denisse: aquella tarde en que ella usaba un primaveral vestido blanco, el verde de sus ojos saltando de su cara y su perfecta sonrisa. Denisse ya no estaba. Se fue por su culpa, por darle más tiempo al trabajo y no reservar un poco para ella. Aunque su reputación como analista era incuestionable, las condiciones de su vida privada y amorosa eran deplorables. El Dr. Herrera interrumpió el autoanálisis:

     — ¡Leonardo! He hablado con el ministro de gobernación, debemos irnos de aquí. Hay nuevos datos, hace unos pocos minutos el asteroide ha dejado de tener desprendimientos, no se ha movido de lugar, sin embargo los últimos cayeron a unos kilómetros de donde se registraron los primeros. Creo que el ciclo que mencionaste de 24 horas se ha cumplido. Todas las dependencias están evacuando sus instalaciones. Debemos irnos a casa y esperar los comunicados oficiales. Daré el aviso, espero que no haya ataques de pánico y podamos marcharnos tranquilamente. Estaremos en contacto por teléfono. Avísame si deduces algo más, cualquier cosa, házmela saber. Nos retiramos, este asunto queda en manos de Seguridad Nacional.

    Leonardo no dijo nada, el silencio era elocuente. Se despidió del Dr. con un apretón de manos, el director le dio una palmada en el hombro antes de darse media vuelta y enfilar hacia su oficina. Leonardo se dirigió presuroso al estacionamiento, bajó las escalerillas de a dos peldaños y llegó hasta su automóvil, un Maverick que él mismo había restaurado en sus tiempos libres.

Continuará…

 

Hora 25 — III

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     Héctor no concebía la imposibilidad de que ningún taxi circulara por aquellas calles de la ciudad, aún no entraba en desesperación, pero comenzaba a impacientarse. Miró el reloj de manecillas fluorescentes y se dio cuenta que ya llevaba un rato esperando encontrar el vehículo. Echaba de menos su automóvil, entrañablemente, aunque cada reparación le costara una pequeña fortuna, deseaba en ese momento, estar sentado frente a su sólido volante y relajarse en la frescura de su interior climatizado. Le picaban las axilas y los zapatos empezaban a castigarle a cada paso. No echaría a caminar hasta su casa, estaba aún muy lejos de ella, aunque no descartaba la posibilidad de hacerlo, tenía que estar con los suyos en estos momentos tan inusuales. Deseó también llevar consigo un radio portátil o uno de esos walkman por los que sus hijos enloquecían cada vez que los miraban en algún anuncio, podría escuchar las noticias y pormenores acerca de la sorpresiva caída de meteoritos. No había ni un alma en las calles, pareciese que toda la gente estuviese refugiada en sus casas, tal vez atentas a la pantalla del televisor o a sus receptores de radio con una refrescante bebida en la mano.

    La moneda se le escabulló de los dedos casi cuando la iba a introducir en la ranura. Asombrado escuchó el tono de llamada en la bocina. Aquello solo pasaba en situaciones de emergencia: desastres naturales o cosas así. Marcó el número de su casa y al segundo tono alguien del otro lado de la línea levantó el auricular.

     — ¿Hola? —dijo una voz desmodulada por la preocupación—. ¿Quién llama?

    —Hola amor, soy Héctor, ¿cómo están todos en casa? —Trató de dar a su voz un tono casual, de jovial tranquilidad.

    —Héctor… Amor ¿Por qué tardas tanto? ¿Estás bien? —interrogaba con ansiedad Lucía.

   —El bús, tuvo que detener su corrida, estoy tratando de conseguir un taxi, estoy cerca de… —Volteó a ver a su alrededor y distinguió a unas calles el edificio del observatorio—, del observatorio, pronto estaré en casa, no te preocupes, tarde pero llegaré —intentó infundir una disimulada calma a su esposa.

    —Ten mucho cuidado, hay policías y soldados por todas partes, los vecinos me han dicho que cayó un meteorito en la procesadora de alimentos y en otros sitios de la ciudad y del país ¡y todo es un caos!

   —Sí, amor, tendré cuidado, un beso, llego en un rato.

     Colgó la bocina con lentitud, ahora sí estaba preocupado. Tendría que pensar rápido como llegar a su casa. Se le ocurrió caminar hacia el observatorio, allí habría más afluencia de autos y de personas. Se puso en marcha al paso que le permitían sus pies. Cuando llegó a la explanada, los pies le punzaban, se acomodó en el borde de una jardinera, puso el portafolio a un lado y se quitó los zapatos para darse masaje. Mientras lo hacía, miró en derredor y la explanada estaba igual de desierta que las calles de la ciudad. No te desesperes, pronto pasará un taxi, se repetía mentalmente, como un mantra tranquilizador. Sintió odio hacia sí mismo por haber pensado en la loca fantasía con la becaria, la preocupación que demostró su esposa le causó remordimiento de conciencia. El ruido de motores le llamó la atención hacia la rampa del estacionamiento del edificio, pensó que era posible que alguno de los empleados fuese por el mismo rumbo que él. Apuró a colocarse los zapatos y tomó su inseparable portafolios. Los primeros ocho autos, ni siquiera redujeron la velocidad cuando Héctor les hizo señas para que se detuvieran. El noveno, un Maverick de colección, se detuvo unos cuantos metros adelante.

     — ¿Podría llevarme? Voy hacia el sur, ¿le queda esa dirección? —preguntó sin más rodeos Héctor.

    —Suba, voy hacia ese rumbo. ¿Qué hace por aquí? ¿No ha visto o escuchado las noticias? —interrogó el conductor.

   —No del todo. Escuché sobre el asteroide y los meteoritos, solo un poco, voy saliendo de trabajo y parece que hay un complot en mi contra: calles cerradas, no encontré un taxi, el autobús en el que viajaba tuvo que detenerse… ¡Uf! —exclamaba Héctor, arrellanándose en el asiento del copiloto.

     El conductor lo miró por unos segundos, buscaba la manera más fácil y directa de decirle lo que en realidad pasaba. No lo conocía, sin embargo el sentimiento de solidaridad ante un hecho de tales magnitudes le obligaba a ser un poco más sensible.

    — ¿Tiene familia? —rodeó un poco más, antes de soltar de lleno.

  —Sí, dos chicos, mi esposa, ya sabe…—Héctor sintió como el automóvil cobraba más velocidad, al tiempo que contestaba la pregunta del chófer, quien con la mirada fija en la avenida, se sujetaba al volante y el rostro se tornaba a un gesto solemne y las palabras se escuchaban con misma seriedad:

   —Tenemos que llegar pronto.

Continuará…