relato

Mi encuentro con el suelo

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Aquí viene.

     Estar en las alturas siempre invita a pronunciar la clásica frase «¡Qué hermosa vista!». Y sí, es una hermosa vista. Siempre que las cosas se ven por encima del nivel en el que están nos parecen mejores, admirables o amenazantes. Depende del punto de vista. Es gracioso. Bueno, a veces no, no lo sé, no sé en ocasiones pueda ser gracioso. Lo cierto es que, desde esta posición de supervisión, hasta el aire se respira raro y los signos vitales se alteran. Esto me pone nervioso, pero la delicada corriente de aire llega hasta mí, disminuye la ansiedad.

     Miro hacia arriba y me doy cuenta que no hay final, pero al mirar hacia abajo es inminente un encuentro, una situación finita; un límite. Nunca he sabido respetar los límites, mucho menos reconocerlos.

     Es risible que la gente ponga toda su atención en mí cuando me encuentro acá en lo más alto. Cuando estaba a su nivel no era nadie para nadie y ahora se detienen, se asombran y me miran incrédulos de que haya llegado a esta cima; ahora en cambio, me observan y hasta me gritan cosas. No me importa. Llegué hasta aquí por mí mismo, por mis propias convicciones. Estoy a punto de dar un gran paso. Tomar en cuenta las opiniones de otros significaría retroceder y traicionarme. Me he fortalecido para tomar esta decisión así que nadie ni nada me hará echarme para atrás, más bien, daré ese paso adelante.

     Estoy en un punto en que todos los sonidos pierden claridad; llegan hasta a mí apagados, ensordecidos. Quizá sea el preludio: es un momento tan íntimo que casi se torna sensual. Es algo tan delicado en el sentido de la fragilidad. Quisiera prolongar esta sensación, pero ya es tarde. Debo acudir a mi encuentro.

     Entonces lo sublime se transforma en algo sucio y brusco. Doy un paso adelante y me siento ingrávido, flotante. Antes de que la gravedad haga lo suyo, me despojo de prejuicios, me libero de las ataduras; una vez más me burlo de los límites, y me deshago de todo el bullying que me hacían mis compañeros. El viento es tan fuerte que me sopla la elegancia en el peinado.

     No es la caída, es la velocidad terminal.

     Aquí viene.

La resistencia

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Era tan intenso el miedo que sentían, que la adrenalina los hacía temblar. Sudorosos, se escondían tras un montón de sillas y mesas apiladas al final del callejón. En esa guerra la preponderancia del enemigo alcanzaba niveles globales. Quedaban pocos lugares a donde huir,  y otros menos para esconderse.

      —Tienes que cumplir tu promesa, lo harás sin remordimientos —dijo Paola, luchando contra el castañeteo de sus dientes—. Al primer síntoma que notes, solo dispara.

     Marcos la miraba preocupado. Habían logrado escapar de un tiroteo y Paola sospechaba que había sido inoculada. El enemigo utilizaba armamento sofisticado y en cada batalla la resistencia se veía menguada: no tomaba prisioneros ni mataba, pero contaminaba a sus oponentes por medio de balas que penetraban de forma indolora. Comprobó su arma, le quedaban pocos cartuchos y tres cargadores. No aguantarían mucho con esa munición. Paola sudaba frío y no paraba de hablar. Cada vez que abría la boca, Marcos apretaba fuerte la cacha de la pistola.

      —¡No me mires así! ¡No lo sé! ¡No estoy segura! —dijo Paola, desesperada.

     Marcos exhaló aliviado. Aún no llegaba el momento.

    El equipo de científicos de la resistencia había probado mil y un antídotos para neutralizar la inoculación, sin embargo, sus esfuerzos habían sido inútiles. Una vez detectada la infección, no había vuelta atrás; se propagaba alcanzando cualquier rincón del planeta de manera inexorable. La resistencia peleaba en condiciones inferiores con el poco y rudimentario armamento que poseía.

    Marcos y Paola quedaron petrificados al escuchar a lo lejos, las pisadas del pelotón de avanzada. El enemigo estaba a dos pasos de ellos y eran implacables. Las luces de los leds iluminaron el callejón proyectando una caprichosa sombra en la pared del fondo. El soldado movió la lámpara de un lado a otro y se conformó con el silencio del sensor. Pasaron de largo. La pareja soltó la respiración contenida. Los minutos parecían segundos, el tiempo se deformaba mientras los chicos esperaban a que los soldados enemigos se alejaran lo suficiente. Marcos observó una vez más a Paola: tenía la cabeza baja y estaba más pálida que de costumbre. Ella volteó a mirar a Marcos. Encontró su mirada y dijo:

     —Mi nombre es Paola Pleve, tengo 22 años. Estoy con la resistencia desde hace tres años. Mi función es repartir propaganda para enrolar más voluntarios que ayuden a defender la identidad de nuestro país.

     Marcos escuchaba y miraba el triste camino de las lágrimas de Paola: de sus ojos a sus mejillas. Le hizo una seña para que guardara silencio. Se acomodó para abrazarla, él ya no temblaba. Se quedaron acurrucados hasta que la luz del sol los despertó. Habían descansado un poco,  después del enfrentamiento y la larga persecución. Marcos confiaba en llegar al refugio de la resistencia… «Si es que quedaba alguien», pensó. Vio a Paola estirarse y bostezar. Se dibujó una sonrisa en la carita de la chica. Se pusieron de pie para retomar su marcha.

      —Buen día, Pao. ¿Lista para seguir? —dijo entusiasmado.

      —Yes! —contestó Paola.

      Un balde de agua fría les cayó a ambos cuando escucharon la palabra «yes». Paola se tapaba la boca con una mano mientras iba de un lado a otro. Marcos la había volteado a mirar con la incredulidad colgando de su cara.

     —My name is Paola Pleve, I’m 22 years old. I’ve been in the resistance for three years —continuó diciendo—, my job is to distribute propaganda to enroll more volunteers to help defend our country’s identity.

     Miraba a todos lados tratando de encontrar el lugar de donde salían esas palabras. Su cara reflejaba la desesperación y el pánico por lo que acababa de salir de su boca.

     Marcos la miraba con tristeza.

     Paola había sido inoculada en el tiroteo. Aunque había resistido durante un tiempo, ya estaba presentando síntomas de la infección. Pronto dejaría de recordar quién era, mientras, había perdido una parte importante de su identidad: el idioma.

     Marcos, impasible, contemplaba a Paola deshecha en llanto.

     —Just do it. You promised… —dijo ella, antes de escuchar la detonación.

En la carretera

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Era asombrosa la escena que encontró al bajar de su coche. El cuerpo de una mujer yacía sobre la cinta asfáltica en la solitaria carretera que rodeaba la montaña. Raúl miró en derredor buscando alguna posible explicación de lo que estaba viendo. Por instinto dio un paso hacia atrás cuando advirtió que el cuerpo se movía como si estuviese desperezando. Las luces de los faros del coche iluminaron el rostro de la mujer. La vio contrariada, como si no supiera en dónde estaba.

—¿Estás herida? ¿Qué ha pasado? —preguntó Raúl mientras se acercaba con precaución. La mujer lo miraba e intentaba incorporarse.

—No te muevas, puedes estar lastimada —dijo Raúl.

—Estoy bien —dijo ella—, solo que no sé cómo he llegado aquí.

Raúl calculó que aquella mujer no rebasaba los treinta años. Su piel era pálida, no era gruesa ni delgada y llevaba puestos unos pantalones que no eran de su talla; una camiseta blanca y zapatos deportivos. La ayudó a incorporarse. La condujo para que subiera al asiento del copiloto.

—¿Quieres hacer una llamada? —preguntó Raúl—. Tengo una botella de agua por aquí, si quieres beber. Le ofreció el celular y el agua. La chica miraba desconcertada ambas cosas.

—¿Puedes llevarme? —dijo—, ¿llamar? No lo sé…

Volvió a mirar el celular dudando. Raúl le acomodó el respaldo del asiento, le colocó el cinturón de seguridad y aseguró la puerta.

—Estamos como a 40 minutos del próximo poblado. Puede ser que haya un médico que te revise. ¿Te sientes bien?

Ella asintió. Se recargó en el respaldo cuando Raúl puso en marcha el auto. Su rostro no expresaba alguna emoción. Estuvo en silencio durante algunos minutos. Raúl tampoco la presionó. Estaba consciente que quizá la chica hubiese atravesado por un evento traumático. O quizás estaba drogada. No lo podía saber, sin embargo, no le podía negar la ayuda.

—Bety —dijo ella con un hilo de voz.

—Cómo… —dijo Raúl—. ¿Qué dijiste?

—Soy Bety —repitió.

—Ah, Raúl, Raúl Vázquez —dijo extendiendo la mano—, mucho gusto, Bety.

Ella le tomó la mano. Raúl se estremeció al sentir la baja temperatura corporal. Encendió la calefacción. Pensó que la chica tendría hipotermia. «¿Cuánto tiempo llevaba allí tirada?», se preguntó. Iba a encender la radio a continuación, pero cambio de idea cuando escuchó a Bety hablar:

—En ocasiones dejamos de sentir el paso del tiempo y es porque durante algunos momentos habitamos otra dimensión, aunque estemos en el mismo lugar. Muchos nos catalogan de locos; que no pertenecemos a este mundo. En realidad, no nos entienden, no logran descifrar nuestro lenguaje. Si somos diferentes es porque fue nuestra elección serlo. El mundo es binario, ¿sabes? Es sí, es no. Blanco o negro. El mal y el bien.

Raúl trataba de llevar el hilo de lo que decía Bety. «Está drogada, seguro», pensó.

» Siempre, debes elegir un extremo. Guerra, paz, amigo, enemigo. Odio y amor. Prefiero el amor cuando hay que elegir. Me siento cómoda con esa elección. Me da libertad y me hace sentir satisfecha. No busco otra cosa, solo amar.

Raúl pensaba en las palabras de Bety. Se percató al salir de una curva que a unos cientos de metros iba una ambulancia. Bety también la vio y se enderezó con excesiva curiosidad. El avistamiento del veloz vehículo quebró el monólogo de Bety. Un aviso le hizo saber a Raúl que faltaba poco para llegar al pueblo, agradeció. Llegarían junto con la ambulancia. Pisó el acelerador para acortar distancia, aunque estaba prohibido hacerlo, seguiría a la ambulancia, así no batallaría para encontrar el hospital y dejar a Bety para que le dieran atención. En menos de un minuto Raúl le dio alcance, justo cuando la ambulancia tomaba una salida.

—Creo que ya casi llegamos, Bety. No sé qué decirte, todo ese discurso ¿a qué ha venido? —dijo—. Disculpa que no haya entendido lo que has querido decir. En verdad estoy preocupado por ti.

—No hay cuidado. Eres una buena persona. Me has ayudado y eso te pone de parte de los raros —dijo Bety con seguridad y agregó—:  Ha sido un acto de amor el tuyo.

A poca distancia se podía ver el neón en las letras de «Hospital». Raúl disminuyó la velocidad para aparcar el auto y dijo:

—No tienes que agradecer. Era mi deber no negarte la ayuda

—Gracias por traerme. Ahora voy a reunirme con alguien —dijo Bety y señaló con el mentón hacia la ambulancia. Las puertas traseras estaban abiertas de par en par y los paramédicos bajaban con cuidado la camilla. Raúl miró una primera vez y volteó a ver a Bety, de inmediato regresó su mirada a la camilla y lo que observó le puso la piel de gallina: con un equipo para venoclisis yacía en la camilla una chica idéntica a Bety. Abrió la boca para decir algo, pero no pudo. En el asiento del copiloto ya no había nadie.

La adrenalina le jugaba una mala pasada y decidió esperar a que cesara el temblor de sus manos. Sentía que los vellos de sus brazos no dejaban de estar erizados. El vértigo le hacía cerrar los ojos, quería evitarlo, creía que cuando los abriera estaría Bety ahí otra vez hablándole de los seres diferentes. Sintió pánico cuando recordó que aún le faltaban doscientos kilómetros de carretera para llegar a casa. Iba a ser un largo camino.

Cartas

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Ella despertó sobresaltada, no tanto por el trueno que había partido en dos el silencio de la noche, sino por la pesada angustia que, de tajo, le había arrebatado el sueño. Se levantó para asomarse a la ventana. Miles de gotas se estrellaban contra el cristal y se fugaban como lágrimas en un rostro entristecido. Intentaba, a la distancia, vincular su sentimiento ahogado. Buscaba con la mirada ávida, repasaba lo oscuro del cielo y el relámpago le hacía eco de la tempestad, ahora también presente en el exterior. Rememoraba cada línea de la carta que le había escrito: repasaba cada palabra diciéndola como una suplicada oración. Había escrito la epístola escogiendo palabras que tuvieran fuerza, esperanza y, sobre todo, amor. Con el propósito de que él, al leerla, tuviese ese soporte, ese pequeño alivio que reconfortara durante unos momentos su alma y reafirmara su fe en esos soplos en que las convicciones y valores se tambalean bajo el fuego enemigo. Ella no lograba conectar a la distancia. No podía encontrar ni un rescoldo que pudiera utilizar para encender una llama de paz. La ansiedad la derrotaba y sentía que pedacitos de su alma se arrastraban para escapar por sus ojos. Dio un paso atrás y se dejó caer en la cama. Lloró con los ojos cerrados hasta que no le quedaron mas recuerdos que evocar. Se durmió con la imagen del rostro de su amado frente al de ella, mirándose a los ojos, buscando cada cual, el significado del amor en las pupilas del otro.

   A miles de kilómetros, al pie de la montaña, el día iniciaba en el campamento con el pase de lista y la entrega de la correspondencia. Hubo una carta que no se entregó a su destinatario. El soldado encargado de tal tarea, anotó con descuidada caligrafía, en la lista: «No entregada» y estampó en el reverso del sobre, «Devolver al remitente». Comparó con otra lista y siguiendo la columna con su dedo índice, corroboró los nombres. Puso una marca con su bolígrafo. Dispuso una hoja con membrete militar en el rodillo de la máquina de escribir y con aburrido gesto, comenzó a teclear, de memoria, la redacción de la notificación para los desaparecidos en acción.