Dos veces uno

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Participación para la convocatoria «Recuerdo» de Salto al reverso.

SALTO AL REVERSO

De repente todo le pareció tan familiar: el dolor en los hombros, el ardor en las muñecas, el olor a orín y polvo. Quiso hablar, pero la cinta americana le impedía hacerlo. Tenía cubiertos los ojos y sentía la textura de una tela burda y tiesa en sus dedos. Tampoco podía mover las piernas, estaba atada de los pies. Todo le resultaba en un recuerdo; no como un dèjá vu que ofrece el beneficio de la duda, sino como algo ya vivido, algo que había estado oculto en su memoria y regresaba en ese momento. Quiso abrir la boca de manera que la cinta se despegara, pero fue en vano; tenía varias capas que se lo impidieron. Intentaba jalar más aire, sentía una de sus fosas nasales tapada. El terror le acometió cuando escuchó una voz. Esa voz que odiaba porque tenía el control sobre ella y no por mandato…

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El balón de soccer II

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A Mo le inquietaba mirar en la vitrina, durante el tiempo que pasaba en la tienda, un balón idéntico al de su hermano. La inquietud se transformaba en un peso que le oprimía el pecho. Sentía que no había sido una buena idea donar el balón de Nathan. El viernes por la tarde, cuando recibió su pago, compró el balón; lo llevaría de vuelta al cuarto de Nathan. Era más un sentimiento concreto que un impulso emocional. Al llegar a casa, subió muy rápido a dejar el balón: no quería que su madre se diera cuenta; no quería seguir alimentando su dolor con tan tristes recuerdos.

    Mo iniciaba su rutina después del trabajo: sentarse frente a la computadora y consultar páginas de alertas de personas extraviadas, además de, seguir compartiendo en sus redes sociales la foto de Nathan con la esperanza aferrada a su corazón. Hacía búsquedas en Google para encontrar sitios web en donde publicar la petición de ayuda. Fue una de esas búsquedas la que la llevó a un encabezado que decía: «Niños perdidos, objetos y leyendas — Creepypastas». Mo frunció el ceño y dudó un poco antes de dar clic en el enlace. El navegador cargó la página con el artículo, sus lindos ojos se pasearon por el texto y estuvo a punto de cerrar la ventana si no es porque vio la palabra «juguetes». Comenzó a leer con detenimiento:

    «Hay cientos de leyendas que se relacionan en mayor medida con objetos de uso común y hechos sobrenaturales, para ejemplo basta un botón: la industria cinematográfica ha sacado provecho de ello atribuyéndole poderes malignos a muñecas y muñecos, inocentes juguetes que alojan en su interior despiadados espíritus y que a la menor provocación hacen daño a sus dueños solo por venganza. Existen muchas leyendas acerca de otros juguetes con estas características. Esta creepypasta, como muchas otras, ha pasado de boca en boca y se ha dispersado por el mundo haciendo temblar a muchos niños puesto que se relaciona con un balón de fútbol y su extraño origen». Mo abrió los ojos más de lo normal, los vellos de su nuca se erizaron y sintió un escalofrío incontrolable. Continuó leyendo.

    » «Cuenta la leyenda que la historia se origina en España durante la copa mundial de fútbol en 1982. Había un hombre de extraña apariencia que vivía solo en un apartamento. Los vecinos suponían que era jubilado porque no salía a trabajar ni tampoco se veía enfermo, solo lucía raro y siempre estaba solo. No hablaba con nadie ni soportaba que los niños jugaran soccer en el pequeño patio; siempre les gritaba “que se largaran de ahí”, a lo que los niños respondían con burlas. Un día, aquel hombre salió con un balón reluciente en las manos, era exactamente como el reglamentario de la Copa del Mundo. Dijo a los chicos que, si se iban a jugar a otro lugar, les regalaría el balón. Ellos aceptaron y se movieron a otro de los patios. El grupo se fue vitoreando por el obsequio y el hombre entró a su apartamento; en su cara se podía ver una línea maliciosa dibujando su sonrisa. Cerró la puerta tras de sí. A partir de ese momento, en el conjunto de apartamentos, hubo muchas desgracias. Para empezar, el día que el grupo de chiquillos obtuvo el balón, atropellaron a uno de ellos que quiso alcanzar la pelota sin advertir que estaba en medio de la calle; el chofer no pudo frenar y lo embistió matándolo. Otro chico tuvo un accidente doméstico derramándose aceite caliente en la cara. No murió, pero quedó ciego. Otro de los chicos cayó desde la ventana del apartamento en el quinto piso; uno más resbaló en las escaleras lesionándose la columna y quedando parapléjico. Todos estos acontecimientos tenían algo en común: todos habían jugado con el balón que les había regalado el extraño hombre. Nadie notó este detalle. El balón se mantenía intacto por cada desgracia que ocurría en el grupo de chicos, era como si se renovara con cada muerte. El balón se extravió por mucho tiempo y cuando volvió a aparecer, lo hizo en América. Dicen que el balón está poseído por las almas de los niños que murieron en España y que, con el paso del tiempo, devora las almas de los niños que escoge para que formen parte de su interior».

 

    Mo estaba atónita por lo que acababa de leer. Juntó las palmas de sus manos a la altura de su boca, como si estuviera diciendo una oración en silencio. Tomó la laptop y fue corriendo a donde estaba su madre. Miriam leyó una y otra vez el texto. Eran demasiadas coincidencias, era algo inaudito, pero albergaba alguna esperanza. En el cuarto de Nathan, ambas revisaban el balón: lo miraban centímetro a centímetro con el anhelo de encontrar una señal. Después de un rato, sentadas en el piso del cuarto, en silencio, no dejaban de pensar en lo que decía el texto: un balón maldito, almas, niños… Miriam miraba cada cosa que había en el cuarto de Nathan: unos guantes de Batman, algún animalito de peluche, la puertita del compartimento en la parte baja de la cama donde Nathan solía jugar, la guitarra. Tomó la guitarra y se sentó en la cama. Rasgó algunos acordes y las lágrimas se dejaron venir sin sujeción, de su corazón hasta sus ojos. Mo estaba cabizbaja, escuchando los melancólicos acordes que tocaba su madre. Reconoció la tonada y al principio en voz baja, comenzó a cantar la canción:

Little brother

I remember you first came home

Then came another

Little brother of our own

Even when you break my toys

You will always be my

Little brothers

Cause you’re younger

We’re related

And you are boys

Even when you making too much noise

You we’re always be my

Little brothers

Cause you’re younger

We’re related

And you are boys

Little brothers, little brothers, little brothers…

    Al terminar la canción se abrazaron sollozando. Madre e hija compartiendo el mismo dolor, extrañando con todas sus fuerzas a Nathan.

    —¿Mamá? ¿Mo? —Se escuchó una voz ahogada como encerrada en algún lugar—. ¿Mamá? ¿Mo? —dijo la voz por segunda ocasión. Miriam y Mo desconcertadas miraban en el cuarto tratando de localizar de dónde venía la voz.

  —¡Nathan! ¡Nathan! ¿Dónde estás? —dijo con nerviosismo Miriam. Mo miraba horrorizada el balón. Voltearon al mismo tiempo cuando unos golpecitos se escucharon en la pequeña puerta del compartimento debajo de la cama de Nathan. Miriam corrió a abrir la puerta y en cuanto la luz penetró vio la figura de Nathan sentado en el interior. Llevaba puesto un pijama y parpadeaba por la intensidad de la luz. Miriam lo sacó del lugar y lo abrazó con todas sus fuerzas. Mo no lo podía creer, su pequeño hermano estaba de vuelta. Lo habían echado tanto de menos y ahora los tres se volvían a abrazar. Un acto de amor siempre estará por encima de cualquier maldad.

***

    —Aquí está bien —dijo Miriam, deteniendo el auto. Se estacionaron en el arcén en un paraje desértico. Bajaron los tres y caminaron unos cuantos metros. Pusieron el balón en el suelo arenoso y lo rociaron con líquido inflamable, del que se usa para encender leña para los asados. Juntos contemplaron como las llamas iban consumiendo el material sintético del balón. Nunca volvería a hacer daño a nadie.

    Cuando quedó reducido a una masa negruzca y empezó a humear Nathan dijo:

    —Se acabó. ¿Qué tal si vamos por una hamburguesa con doble carne?

    Miriam y Mo se echaron a reír. Los tres subieron al auto y regresaron a la ciudad felices, con el sol a sus espaldas.

El balón de soccer I

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Nathan no paró de hablar durante todo el trayecto en auto hasta la tienda de deportes. Su madre había previsto anotarlo en el equipo local de fútbol soccer con la esperanza de pasar un verano más tranquilo sin el enorme derroche de energía de Nathan; el chico era muy inquieto y necesitaba estar haciendo algo diferente a molestar a su hermana mayor o hacer macabros planes para torturar y asesinar al amigo de su madre en el sótano de su casa: había ideado dormirlo y llevarlo al sótano para quitarle la piel y asarla para después servirla en el almuerzo a su madre y a su hermana. Era un chico de once años con una gran imaginación.

     Durante el viaje a la tienda, Nathan debatía con su madre a que liga debería incorporarse; era muy chico para la liga 14 y muy grande para la liga 10, por lo que hacía miles de conjeturas acerca de convivir con los púberes de la 14 quienes decía Nathan, tenían las hormonas a tope y, por el contrario, los de la liga 10 serían unos niñitos aburridos.

        El equipo para el entrenamiento exigía un par de espinilleras, un balón del número 4, shorts, medias, un jersey, entre otras cosas. En la tienda, Nathan corría por los pasillos, llevando y trayendo cosas para que su madre les diera el visto bueno. Al momento de escoger el balón llegó la duda: Nathan se preguntaba cuál sería el idóneo. Había decenas de modelos y marcas, colores y logotipos. Se preguntó con qué tipo de pelota iniciarían sus entrenamientos Cristiano Ronaldo o Lionel Messi. No quería equivocarse así que aminoró la velocidad y examinó detenidamente cada uno de los balones.  Repasó las exhibiciones una y otra vez, pero no vio ninguno que le gustara. En su mente le aterrorizaba la idea de no contar con un balón que le ayudase a adquirir superhabilidades como CR7.

     —Mamá, ¿podemos ir a otra tienda? No hay un balón que me atraiga.

     —Nathan, pero si hay muchos balones, hijo, ¿para qué quieres ir a otra tienda?

     —Te apuesto a que Messi no entrenó con ninguno de los que hay aquí para llegar a ser lo que ahora es: ¡Súper Messi! —dijo Nathan levantando los brazos en señal de victoria.

     Su madre solo suspiró mientras miraba hacia arriba entrecerrando los ojos en señal de que le esperaba una larga tarde.

     Casi oscurecía por lo que los exhibidores de la tienda que daban a la calle se iban iluminando. El resplandor de las lámparas de led atrapó por un momento la atención de Nathan y echó un vistazo de último instante a uno de los cristales y lo vio: el balón que le daría superhabilidades estaba colocado al lado de unos maniquíes que llevaban puestos coloridos jerséis.

    —¡Ese! ¡Ese es el que quiero! —dijo Nathan dando un salto. Su madre volteó a ver agradecida por que no tendría que manejar en el tránsito del centro ni recorrer otras tiendas.

    El vendedor de piso dudó cuando solicitaron el balón del exhibidor. Sabía de antemano que era de utilería y que no estaba inventariado. Lo consultó con su supervisor.

   —Señora, lo sentimos, pero ese balón no está a la venta, no forma parte de la mercancía etiquetada por lo que no podemos registrarla en caja —dijo el supervisor acomodando la gorra que formaba parte de su uniforme.

    —¡Por favor! ¡Debe haber alguna manera! ¡No pueden hacer algo semejante con un cliente! Mire, acabo de comprar muchos artículos y estaré comprando constantemente…, ayúdeme y yo los ayudaré.

    El vendedor y el supervisor llegaron a un acuerdo con solo cruzar una mirada. El vendedor se dirigió al exhibidor y extrajo el balón. Era un balón tan común y corriente que no entendía porque el chico se había encaprichado con él. A decir verdad, era un modelo pasado de moda y de una marca que hacía muchos años que había desaparecido del mercado. Tampoco se explicaba cómo era que se encontrara en el exhibidor exterior. Lo ordinario del balón le despertó la codicia al vendedor.

     —Señora, hay un pequeño detalle con este artículo —dijo adornando de persuasión sus palabras—. Debido a que es un objeto de colección y que difícilmente encontrará en otra tienda, (hizo un pequeño movimiento con su dedo sobre la marca impresa a manera que el supervisor lo notara), su precio le parecerá un poco elevado, pero tenga la certeza que será una excelente inversión para la práctica de este futuro campeón —concluyó mirando a Nathan con una sonrisa aprendida en algún manual de mercadotecnia y entregándole el balón. Él lo recibió como quien recibe un raro y valioso tesoro.

     El rostro de la madre de Nathan no cabía en el gesto de estupefacción después de cerrar su cartera: sentía que la habían atracado de una manera que no le quedaba más que dar las gracias amablemente.

      —Todo sea por el soccer, Nathan —dijo con esperanza.

     Nathan abrazaba el balón y tenía en su cara una sonrisa que podría conquistar a la chica que más le gustaba en la clase. Miraba su nuevo balón lo giraba en sus manos viendo como brillaba. Era un balón simple con hexágonos en blanco y negro; ese diseño había sido popular en los años 80. De aquel momento en adelante serían los mejores amigos, así como lo había dicho el entrenador: el balón debe ser para ustedes como el arma es a un soldado: inseparables. Y como en una infame profecía, así fue. Nathan no se separaba de su balón ni un instante. Lo llevaba a cualquier lugar.

     —Tendrás que dejarlo en el auto, Nathan —dijo su madre antes de estacionar.

   —Pero mamá, el entrenador dijo que debemos estar con el balón siempre —replicó Nathan

    —¡Es solo una metáfora, Nathan! Se quedará en el auto y punto.

    La hermana mayor de Nathan veía la discusión aislada por los audífonos que gritaban en sus oídos música de Rihanna manteniéndola al margen de lo que pasaba entre Nathan y su madre. Miró la hora con gesto de enfado, si no terminaba la pelea por el balón, llegarían tarde.

   —Nathan, el personal de seguridad te quitará el balón y nunca lo volverás a ver —Intervino Mo.

    —¿Por qué harían eso? —dijo Nathan con mezcla de sorpresa y pánico en sus ojos.

   —Porque es un cine y no una cancha de fútbol —puntualizó Mo. Su madre la miraba con gesto de agradecimiento.

    El balón de soccer se volvió el centro de todas las discusiones entre Nathan y su madre. Miriam tenía que levantarse por las noches a quitar el balón de la cama de Nathan; dormía con el como si fuese un muñeco de peluche. Y no solo era en la cama, también en la ducha, en la mesa a la hora de comer, todo el tiempo en el auto. Nathan se había transformado en una eterna fotografía en donde siempre aparecía el balón. Una noche, mientras retiraba el balón de la almohada, Miriam miró un mechón de cabello pegado en uno de los tantos hexágonos que formaban el forro del balón. Para ella era el colmo que Nathan rompiera las reglas de limpieza que había impuesto. Debería hablar con él acerca de la higiene y el balón.

   Nathan se destacaba como un buen prospecto para alinear en la temporada del torneo de soccer infantil local. Destacaban sus precisos pases y los tiros libres los convertía en magníficas estampas de gol. El entrenador estaba complacido con ello. Demostraría a los padres de los otros chicos que era un excelente coach. Había un solo detalle: las jugadas buenas Nathan las hacía usando su balón de entrenamiento. Con otro balón, las pinceladas de fútbol, simplemente no aparecían.

   Al regreso del entrenamiento, Miriam decidió mencionar a Nathan sobre lo poco higiénico que era dormir con un balón que rodaba por una cancha de pasto sintético y era pateado por muchos chicos y chicas. Nathan a regañadientes aceptó dejarlo en el piso de su recámara siempre y cuando no se separara mucho de él. Sin embargo, Nathan solo engañó a su madre y aparentaba dejar el balón en el tapete para después subirlo a su cama y ponerlo de manera que no se viera cuando Miriam echaba un vistazo cuando ella creía que ya se había dormido.

   Sucedió una mañana a mitad del verano. Nathan escuchaba los gritos de Miriam y de Mo llamándole. Escuchaba que subían y bajaban las escaleras una y otra vez. Escuchaba que abrían y cerraban puertas. Escuchó más gritos a la distancia como si Mo lo estuviera buscando en el parque que estaba frente a su casa. Nathan no podía hablar, miraba apenas el tapete y el pie de la cama sin poder hablar. Su visión de la habitación era distorsionada, como si estuviese usando un efecto esférico de esos que se aplican a las fotografías.

    —¡Mo! ¡Mamá! ¡Estoy aquí en mi cuarto! —gritó en varias ocasiones, pero sus vociferaciones se escuchaban ahogadas y sordas. Dejó de gritar cuando escuchó un coro de voces con tono elástico.

     —Nunca te escucharán. Ahora serás parte de nosotros. Por toda la eternidad estarás encerrado dentro de este balón de soccer —sentenciaban las voces dentro de la oscuridad en donde se percibía un olor a caucho. Nathan sintió vértigo y se fundió en una loca rotación de la que solo despertó para ver frente a sí la carita triste de Mo que guardaba algunas cosas dentro de una caja de plástico y que destinarían para donación. Miró el balón con mucha tristeza. En ese momento entró Miriam a la habitación y juntas lloraron por la desaparición de Nathan mirando el balón. En sus ojos un océano de lágrimas y en sus corazones una llama de esperanza encendida con la fe de volverlo a encontrar.

* * *

    —Para que te vayas familiarizando con la mercancía de la tienda, hoy me ayudarás con las exhibiciones de los aparadores que dan a la calle —dijo el vendedor de piso a la nueva empleada de la tienda de deportes—. Por favor ve al almacén y trae un par de balones de soccer y algunos jerséis… de los colores que más te gusten.

   Mo acató las instrucciones y de manera ágil se movió entre los aparatos de ejercicio para pasar por la pequeña puerta que conducía al almacén. Encontró los estantes en donde estaban los jerséis impecablemente doblados y protegidos con plástico. Para alcanzar los balones tuvo que subir a una pequeña escalerilla y hacer un esfuerzo para alcanzar el primero. Casi se cae por ponerse de puntillas en el último peldaño de la escalera. Después del susto se quedó inmóvil porque detrás del primer balón estaba otro en color blanco y negro, de hexágonos. Idéntico al que había tenido alguna vez Nathan. Regresó un poco cabizbaja al piso de ventas con los artículos.

    —Creí que ya no teníamos balones de esta marca. ¿Dónde lo has encontrado? —dijo el vendedor de piso con una sonrisa de anticipada satisfacción.

  —En el estante de arriba. Estaba atrás de este —dijo Mo levantando el otro balón multicolor.

   —Bien. Haremos buen negocio con este —dijo el vendedor

  Una vez que quedó lista la exhibición, Mo y el vendedor contemplaban su trabajo satisfechos. No sabían que el brillante balón en blanco y negro los miraba complacido. De nuevo estaba a la vista de todo el que pasara por enfrente del aparador. Aguardaría quieto y silencioso esperando a que un niño buscara el balón perfecto. Ahí estaba junto a un maniquí. Ahí estaba Nathan tan cerca de Mo, encerrado junto con miles de niños oliendo a caucho en la oscuridad.

Continuará.

Espirales

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Colaboración del mes en Salto al reverso.

SALTO AL REVERSO

Espiral

Siempre
Escribiendo cartas a contramano
mirando desde otra perspectiva
cómo gira la vida
en espirales
Leyendo libros escritos
con tinta invisible
ilusiones ópticas personalizadas
de cómo gira la muerte
en espirales
Musitando palabras
sobre pentagramas
invocando demonios
con nombres abstractos
que pretenden enseñar
cómo gira el amor
en espirales
Infinitos, profundos
Siempre en espirales

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Mi encuentro con el suelo

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Aquí viene.

     Estar en las alturas siempre invita a pronunciar la clásica frase «¡Qué hermosa vista!». Y sí, es una hermosa vista. Siempre que las cosas se ven por encima del nivel en el que están nos parecen mejores, admirables o amenazantes. Depende del punto de vista. Es gracioso. Bueno, a veces no, no lo sé, no sé en ocasiones pueda ser gracioso. Lo cierto es que, desde esta posición de supervisión, hasta el aire se respira raro y los signos vitales se alteran. Esto me pone nervioso, pero la delicada corriente de aire llega hasta mí, disminuye la ansiedad.

     Miro hacia arriba y me doy cuenta que no hay final, pero al mirar hacia abajo es inminente un encuentro, una situación finita; un límite. Nunca he sabido respetar los límites, mucho menos reconocerlos.

     Es risible que la gente ponga toda su atención en mí cuando me encuentro acá en lo más alto. Cuando estaba a su nivel no era nadie para nadie y ahora se detienen, se asombran y me miran incrédulos de que haya llegado a esta cima; ahora en cambio, me observan y hasta me gritan cosas. No me importa. Llegué hasta aquí por mí mismo, por mis propias convicciones. Estoy a punto de dar un gran paso. Tomar en cuenta las opiniones de otros significaría retroceder y traicionarme. Me he fortalecido para tomar esta decisión así que nadie ni nada me hará echarme para atrás, más bien, daré ese paso adelante.

     Estoy en un punto en que todos los sonidos pierden claridad; llegan hasta a mí apagados, ensordecidos. Quizá sea el preludio: es un momento tan íntimo que casi se torna sensual. Es algo tan delicado en el sentido de la fragilidad. Quisiera prolongar esta sensación, pero ya es tarde. Debo acudir a mi encuentro.

     Entonces lo sublime se transforma en algo sucio y brusco. Doy un paso adelante y me siento ingrávido, flotante. Antes de que la gravedad haga lo suyo, me despojo de prejuicios, me libero de las ataduras; una vez más me burlo de los límites, y me deshago de todo el bullying que me hacían mis compañeros. El viento es tan fuerte que me sopla la elegancia en el peinado.

     No es la caída, es la velocidad terminal.

     Aquí viene.

Cuando abro los ojos

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Colaboración del mes de julio en Salto al reverso.

SALTO AL REVERSO

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El momento más desesperante de despertar es cuando abro los ojos y aún está oscuro. No solo la oscuridad es lo único que me causa incomodidad; también la parálisis de sueño. He aprendido que debo esperar un poco a que el efecto pase sin más por mi cerebro, abra los ojos de verdad y me pueda mover. Entonces, me relajaré un poco y pensaré en algo bonito. No me viene nada a la mente salvo esta pregunta: ¿así se sentirá estar muerto? Tal vez sea así; ver como abandonas tu cuerpo, mirar cómo estás postrado en la cama y flotas… No, eso de flotar es algo de la metafísica. No creo mucho en eso de los viajes astrales y el hilo de plata. Si pudiera reírme lo haría, pero estoy inmovilizada por un mal funcionamiento de mi cerebro.  Antes tenía pánico de esa enfermedad que aparentaba la muerte, catalepsia, pero…

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Ayúdanos a elegir el segundo tema especial de la antología

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SALTO AL REVERSO

Imagen por Angelina Litvin (Unplash).

¡Hola a todos!

En la segunda mitad del año, realizaremos una dinámica temática similar a la que hicimos en el primer semestre con «#SaltoEtéreo» y «Etéreo». Siguiendo el tema especial, recibiremos a consideración obras para incluir en la nuestra próxima antología, que será publicada a principios de 2018. Para ello realizaremos actividades en el blog y en las redes sociales en su debido momento.

Entonces, necesitamos su participación para elegir el segundo tema especial de la antología. Por favor sugieran temas que cumplan con estas características:

  • Que tengan una sola palabra.
  • Que puedan ser abordados mediante obras de poesía, relato y artes plásticas.
  • Que no sean temas ya abordados en las revistas.

La fecha límite para estas sugerencias es el lunes 17 de julio. Llenen el formulario a continuación (algunos formularios o encuestas no aparecen en la app de WordPress, favor…

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